Réplica a Sergio Ocampo Madrid, profesor de la Pontificia Universidad Javeriana, a raíz de una publicación que este hizo en redes sociales avergonzado por haber sido profesor de Victoria Eugenia Dávila, mejor conocida como la periodista Vicky Dávila, a raíz de su reciente columna en la revista Semana.

 

 Por Wilmar Vera Zapata

No, profesor Sergio Ocampo Madrid: Vicky Dávila es excelente ejemplo de lo que usted sembró. Y me explico. Hace dos décadas lo conocimos en la redacción de El Colombiano, cuando llegaron dos directivas procedentes de Bogotá y los presentaron como la actualización que un medio local y regional necesitaba para estar al nivel de los grandes avances de la prensa (léase bogotana, solamente).

Durante su paso por la jefatura de redacción, la historia del equipo de profesionales de la información de ese diario cambió de forma definitiva. Cambió para mal, aclaro.

Hasta su llegada, el ambiente de la redacción era de camaradería y cercanía entre periodistas, reporteros gráficos y diseñadores. Contábamos con un jefe estricto, pero respetuoso. El jefe que usted reemplazó tenía la capacidad de corregir a sus redactores de forma firme pero respetuosa. Uno aprendía con él, además porque tenía la ciudad, la región y el país en la cabeza. Contaba con autoridad y dignidad para reenfocar los textos y mostrar los errores antes de ser publicados, no como ocurrió con ustedes que se corregía sobre el diario ya impreso, lo que horadó la credibilidad del periódico.

Con la dirección suya –y de su reemplazo tras su fugaz figuración– se implantó el “modelo rolo” de trabajo y así lo identificamos quienes lo padecimos: la redacción se dividió entre los amigos de los jefes y los demás. Para los primeros, abundó el trato amable y diferenciado, con socarronería y compinchería. Para los demás, persecución y autoritarismo.

No escribo desde mis recuerdos lejanos. Para este texto consulté con varios colegas que están o pasaron por el “diario leer de los antioqueños” y coincidimos en su mal ejemplo. Hubo destellos de amabilidad, no se lo negaré, todos tenemos aspectos de claridad y oscuridad en la vida, pero en general el consenso es que usted como periodista –y quien lo reemplazó– con el silencio cómplice de la dirección y los dueños del diario, comenzaron a dañar el ambiente laboral. Daño que, como buena siembra, persiste hoy.

Lamenta usted que la joven Vicky no hubiera aprovechado sus clases y por eso se equivoca como líder de opinión, que desde la trinchera de los medios masivos difunde errores que poco o nada ayudan a construir una mejor sociedad. ¿Olvida, profesor Ocampo, que ese gusto por dividir tal vez lo vio reflejado en usted? Su posición desde la oficina de jefatura de redacción, cuando salía a la puerta, brazos en jarra, y con mirada complaciente veía la redacción trabajando como sus esclavos. No éramos sus colegas ni sus redactores. Nos sentíamos como esclavos. Muchos temían acercársele porque una llamada suya no era para elogiar o corregir con respeto sino para amenazar y humillar.

Tomado del Facebook de Sergio Ocampo Madrid.

¿Olvida, profesor Ocampo, cuando pedía la cabeza de los periodistas o reporteros gráficos que no le gustaban, porque para usted cometían errores imperdonables, sin siquiera el derecho a la defensa?

¿Olvida, profesor Ocampo, que un jefe de redacción también es un maestro en el oficio, algo que no se logra con alzar la voz y exigir que las notas se escribieran como a usted le gustaban sin probabilidad de discusión o acuerdos era autoritario y abusivo?

¿Olvida, profesor Ocampo, que el periodismo es para darle voz a los miembros de la sociedad menos afortunados y no ser –como siguió con su sucesor– áulico y alcahueta del poder, sin necesidad de confrontarlo o poner en duda porque se unió con ellos?

¿Olvida, profesor Ocampo, que el ejemplo es clave en la docencia y quien no es buena gente no puede ser buen periodista, como escribió el maestro Kapuscinski?

Con su llegada –y la de su reemplazo– se acabó la amistad. Ya no se salía a compartir luego de una larga jornada. Ni se podía hablar o criticar al medio, pues la confianza en el otro se perdió. Era mejor estar callado.

“El concepto de periodismo que él aplicó fue el del garrote. Una especie de que ‘la verdad soy yo’. Fue un totalitarismo”, comentó un colega consultado.

Así las cosas, profesor Sergio Ocampo Madrid, su alumna no tergiversó el ejemplo que tuvo. En mi condición de doble colega suyo (soy periodista y docente formador de periodistas) le puedo decir que esa manera de trabajar en la que me considero el portador de la verdad absoluta, de maltratar a la gente que clasifico de inferiores, de dividir entre los buenos porque piensan como yo y los malos que se oponen irracionalmente, según usted, donde el poder lo uso para destruir a los demás, que el periodismo es un trampolín para mi beneficio personal y de los poderosos que me contrataron, etc., algo que aplica su exalumna con creces y por lo cual merece nota meritoria.

No, profesor Ocampo, por su ejemplo y actuar, Vicky fue una buena alumna suya.