Obedeciendo a las necesidades de ese momento, comencé a buscar trabajo. Recordé que una de mis amigas trabajaba en un almacén de ropa, de esos donde las prendas son algo costosas, todo es ordenado, limpio, blanco, las chicas que atienden parecen contentas con sus pelos perfectamente peinados y sus caras bien maquilladas y, además, el ambiente parece afable.

 

Por: Diana Carolina Gómez Aguilar

Corría abril de 2014 cuando regresé de Argentina con los sueños ahogados, los bolsillos deprimidos y el orgullo golpeado por la realidad: vivir en ese país era mi sueño, y aunque lo había cumplido, todo había resultado color de rosa muerta.

Al llegar el panorama económico era desalentador: el valor del semestre en la universidad donde antes estudiaba aumentaba a la misma velocidad que las deudas de mis papás y no tenía ya posibilidad de matricularme.

Obedeciendo a las necesidades de ese momento, comencé a busca trabajo. Recordé que una de mis amigas trabajaba en un almacén de ropa, de esos donde las prendas son algo costosas, todo es ordenado, limpio, blanco, las chicas que atienden parecen contentas con sus pelos perfectamente peinados y sus caras bien maquilladas y, además, el ambiente parece afable.

Por supuesto envié mi hoja de vida a la dirección que ella me indicó y a los pocos días ya estaba, nerviosa y ansiosa, en mi primera entrevista de trabajo. Después de pasar por las pruebas psicotécnicas y de responder las cientos de preguntas que hacen para recabar en información personal que dé cuenta de cuántas posibilidades existen de que uno les dé problemas después de ser contratado; era oficialmente, una más de las chicas que atienden y parecen contentas con sus pelos perfectamente peinados y sus caras bien maquilladas.

Todo mal. Trabajé fines de semana y días festivos. Parada, sin recostarme contra nada porque se ve feo, con la cara bien sonriente a pesar de mi descontento, las mejillas ruborizadas, y el uniforme bien acomodado: camisa fucsia fluorescente de manga larga, jeans sin bolsillos y zapatos tipo alpargatas dorados y brillantes. La empresa me expresó que “no se pagan horas extra, porque la idea es no generarlas”.

Todos los días debía quedarme después del cierre una, dos, tres o cuantas horas fuesen necesarias para volver a dejar la tienda perfecta como yo la había visto desde afuera, que no significaba otra cosa que: barrida, a veces hasta trapeada y con las prendas debidamente planchadas y organizada de acuerdo a la categorización por colecciones que se maneja. No se pueden dejar ‘huecos’ de los artículos vendidos durante la jornada, ni la ‘ropa despeinada’ lo que quiere decir que cada cosa debe estar alineada sin señas de que alguien estuvo por ahí pasando su mano como un huracán salvaje. Ahora padecía eso que me era tan atractivo porque estaba ordenado, limpio y blanco.

Ni hablar de fechas como ‘el día de la madre’. Los pies hinchados y ampollados, el horario extendido un par de horas más y las horas extra después de cerrar. Todo eso, para recibir en una quincena escasos doscientos mil pesos. Solo pensaba que, por amor a la vida, no me cogiera diciembre en las mismas circunstancias.

Dos meses de páseme una tallita más que esto viene como reducido. Esta me quedó muy apretada. Señora no se puede llevar todas las prendas al vestier. Esta me gusta pero mi marido no me deja ponérmela. Niña ayúdeme con el cierre de este pantalón. Qué otros colores tiene, mire en la bodega qué le queda. Entre, salga, cuelgue, planche, busque la referencia en el sistema. Esa viene sin accesorio. La promoción era hasta ayer. Tiene 30 días para cambios. No señora no se hacen rebajas, son precios fijos. Niña no le quitó el chip de seguridad. Buenas tardes mi nombre es Carolina en qué la puedo asesorar. Tic tac, tic tac, faltan cuatro horas para cerrar la tienda; tic tic, tic tac, tic tac, tic tac, faltan tres horas y cincuenta minutos. Dos meses de doscientos mil en la quincena.

Dos meses bastaron para sentirme decidida a hacer lo que fuese necesario para continuar mi carrera universitaria. Empezó otro calvario. En este país los hijos de los ricos que quieren estudiar, lo hacen en la capital o en el exterior y los pobres que no se ven obligados a trabajar desde temprana edad, acceden al SENA, reciben becas o, en el peor de los casos, se endeudan con el Icetex. Pero en el caso de la clase media, las alternativas son más exiguas.

Por fortuna, con ayuda de la universidad y de muchos que quisieron aportar a la causa, regresé a la academia, siendo ya otra persona. Ahora no puedo dejar de preguntarme cada día qué sería de la vida de todas esas chicas con las que trabajé allí, si tuvieran la misma oportunidad que yo. Qué será de la vida de aquellos que logran acceder a la educación superior, pero que después de graduarse, apenas si les alcanzan sus sueldos para pagar los descarados créditos educativos que nos ofrece el Estado.

Lo único que considero una certeza ahora, en este momento de mi vida donde todo es incierto, es que no hay peor manera de vivir la juventud que siendo un trabajador infeliz que ve pasar la vida por la ventana de cualquier lugar donde trabaje insatisfecho. Un trabajador infeliz que solo es espectador de las vidas de los otros que pasan afuera del cristal. Y que, lo peor de todo, es que así como casi todas las chicas que conocí en aquel empleo, la mayoría de jóvenes en algún momento (como yo) o a lo largo de la vida, no tienen otra opción.