MIGUEL ÁNGEL RUBIO OSPINA¡Qué payasada!, que se haga la victima el hoy victimario más peligroso que tiene esta banana republic, pero ahí sigue el país, odiándonos sin saber por qué, matándonos sin saber por qué, sin rumbo sin saber por qué, uribizado sin saber por qué.

Por: Miguel Ángel Rubio Ospina

Y ya no fue lo mismo, obviamente, su persona pasó a ser una diapositiva más de la colección nefasta de foticos, de presidentes en los libros de historia, esos pétreos ladrillos, atestados de información inútil y farragosa, que regularmente la gente, pasa las páginas y ve las fotos, o los pie de foto. Muchos han aprendido pie de historia de este modo.

Y su voz ya no atruena en los micrófonos, por desgracia se le ve viejo y un poco senil, trata de conservar la elocuencia de otros días, aquella que encantaba serpientes y procuradores, magistrados, y guerrilleros, pobres y ricos, una elocuencia que lo mantuvo en humo, sus últimos días fueron trágicos, fueron lóbregos.

Casa peleas, insulta, niega, tapa, acusa, intimida, atarvanea, desprestigia, muestra su odio como una bondad, su bondad como  inteligencia, su inteligencia como lo que justifica su “ética” vocifera, es un nostálgico de poder, de mando, de órdenes, siente temblar la justicia en sus tobillos, siente que se está quedando solo y sus lugartenientes lo siguen porque son más cómplices que seguidores.

¿A quién hace daño realmente? ¿A un país al que poco le importa su dignidad? ¿Al presidente de turno, quien con diplomacia y elegancia  lo desacata, y lo traiciona? ¿A los objetivos militares de su odio, el que durante ocho años volvió currículo cotidiano de esta sociedad?  ¿A quién realmente afecta lo que dice, lo que hace, lo que piensa, lo que añora?

Sus dotes de político de comarca no le dan para ser el caudillo que aspira. Su verborrea, parece más un discurso de Cantinflas, que de un estadista, su prodigiosa memoria no le permite recordar sus propias miserias y masacres, su inusitada altanería lo delata, lo pone en evidencia.

¡Qué culpa tenemos! De seguirlo oyendo, escuchando, de seguirle preguntando cosas que no va a contestar, y que al no hacerlo las acepta por consecuencia, que ridiculez, gastarle un almuerzo al medio día frente un menticiero (digo noticiero)  y, sin embargo, podemos hacer toda una disertación sobre sus “importantes declaraciones”. ¡Qué payasada!, que se haga la victima el hoy victimario más peligroso que tiene esta banana republic, pero ahí sigue el país, odiándonos sin saber por qué, matándonos sin saber por qué, sin rumbo sin saber por qué, uribizado sin saber por qué.

Los medios son los principales culpables de que Álvaro Uribe Vélez siga diciendo lo que dice, son los medios los que aún le llaman presidente, le dan media hora en la pantalla chica, le dedican columnas de opinión acusándolo de paramilitarismo sin cesar, son los medios los que propician su debacle, su decadencia, su propia horca, pero la historia del país parece ser menos importante que una pataleta de un aprendiz de dictador, que perdió la lección y reprobó materias.

¿Y qué pasa si ignoramos lo que dice? ¿Si lo desapareciéramos del lenguaje, de los pensamientos, de nuestros resentimientos? ¿Qué pasaría? ¿No sería una derrota más dura que el odio, otorgarle lo único que merece:  olvido?