Gustavo ColoradoDicen que no se puede luchar durante mucho tiempo  contra un  rival poderoso, sin  terminar pareciéndose a él.  Tal vez  por  eso la otra parte de nuestra sociedad  parece paralizada por el miedo a Uribe  y lo que este representa.

Por: Gustavo Colorado

Quienes luchamos por una sociedad donde las nociones de respeto y decencia tengan algún sentido despertamos a oscuras después de las elecciones presidenciales del domingo 25 de  mayo.

Como las razones  son muchas, trataré de sintetizar. El estadista liberal Darío Echandía afirmó alguna vez que un partido político  es un proyecto de sociedad en movimiento. Al desaparecer los partidos para convertirse en lucrativas empresas familiares, gremiales o abiertamente mafiosas quedó una sociedad en caos, es decir, a merced de los instintos  más primarios. Uno de esos instintos, clave para  la  conservación de la vida, es el miedo. Por eso cualquier discurso, ya sea de índole religiosa o ideológica, que apunte en esa dirección, tiene asegurado un porcentaje alto del favor de aquellos sectores de la sociedad poco afectos al pensamiento crítico y a las decisiones autónomas.

Durante los meses previos a las elecciones de 2002, la parte de la sociedad colombiana representada por el  hoy  electo  senador  Álvaro Uribe Vélez respondió con creces -es decir, con votos- a los temores materializados para la época en la guerrilla de las Farc tras el fracaso de las negociaciones de paz en el Caguán. Gracias a un hábil manejo de la propaganda y de la caja de resonancia de los medios de comunicación, el actual ideólogo del Centro Democrático (en la práctica, un movimiento de extrema derecha) se entronizó como el salvador de su país ante la arremetida de las fuerzas del mal.

Doce años después, aprovechando las fisuras del gobierno del presidente Santos, reaparece el mismo discurso, aunque encarnado en cuerpo ajeno: la figura de Óscar Iván Zuluaga, ganador en la primera vuelta del 25 de mayo. Pero existen diferencias sustanciales. Al contrario de hace  12 años, cuando el monstruo parecía real, hoy la guerrilla no representa ni el 10% de los  factores de violencia en el país, según lo reconocen las mismas autoridades. Con todo, el uribismo logró hilvanar un sugestivo discurso, al menos para sus adeptos. Aunque si uno se detiene un poco empiezan a surgir las paradojas. Para empezar, el mismo hombre que se consagró durante su gobierno  a descalificar cualquier tipo de disidencia acusándola de terrorista y de ir en contra de la Historia, pues el comunismo estaba muerto,  resolvió desenterrar ese cadáver, ahora bajo la etiqueta  de “Castro- Chavismo”, sin detenerse en el detalle de que ese modelo agoniza aquí nada más, al otro lado de la frontera, y difícilmente puede constituir opción para nadie. Pero muchos cayeron en el ardid y votaron contra la mera posibilidad de  ese fantasma.

Aparejado con este último viene el temor a la abolición de la propiedad privada, uno de los factores que llevaron al desplome del comunismo. Sin embargo, Uribe y todos sus aúlicos le hicieron creer a la gente que  ese es uno de los puntos de  negociación en La Habana. Nada más lejano a la realidad. Detrás de esos temores se esconde en últimas la resistencia a la restitución de las tierras  robadas a los campesinos por distintos grupos armados. Muchas de ellas quedaron en manos de los  terratenientes tradicionales. A ese intento de justicia elemental se le llama amenaza a la propiedad privada.

Y aquí aparece lo grave de la actual encrucijada. Dicen que no se puede luchar durante mucho tiempo contra un rival poderoso, sin terminar pareciéndose a él. Tal vez  por  eso la otra parte de nuestra sociedad parece paralizada por el miedo a Uribe  y lo que este representa. Si seguimos en esa tónica, nuestro siempre aplazado proyecto de sociedad se diluirá en medio de la bravuconada, la maledicencia y la bajeza. Pero como lo bueno de andar a oscuras es la posibilidad de encontrar la claridad,  creo que todavía estamos a tiempo. De aquí a la segunda vuelta podemos poner a  funcionar  la cabeza. Con Martha Lucía Ramírez está claro que es una de las cartas del uribismo. Pero al Partido Verde y al Polo Democrático les asiste una responsabilidad que va más allá de su condición de opositores profesionales. Y no pueden eludirla dejando a sus electores en libertad  para que voten en blanco  o se abstengan de hacerlo. De ellos depende en buena medida si caminamos en busca de la claridad o seguimos en las tinieblas. Por mi lado seré pragmático por primera vez en mi vida: votaré por Santos.