Tal vez el germen de la violencia está en ser colombiano, en cierta construcción cultural e histórica que impide un giro de tuerca. Por el camino se van construyendo los discursos que pretenden legitimar esa violencia.

 

Giussepe Ramirez (col)Por: Giussepe Ramírez

El lugar común dirá que todos los radicalismos son malos. Pero entonces uno se pregunta si ser un pacifista radical es malo, o si un acto de violencia revestiría una buena acción. ¿Por qué sería reprochable que alguien quiera anular el mínimo acto violento? Y, además, ¿hasta qué punto una reacción no violenta es acertada y eficiente, por ejemplo, en un país donde se entrega el monopolio de las armas pero este no funciona como debería? ¿Existe alguna tara en la inacción, digamos física y violenta, ante un acto de barbarie contra otro? ¿La palabra es suficiente para detener la violencia? Y si una acción violenta salvara muchas vidas, ¿estaríamos dispuestos a perpetrarla? A esta última pregunta muchos responderían que sí, en situaciones donde seres cercanos estuvieran involucrados. Pero la pregunta es más general y no pone en la balanza los sentimientos. Es una pregunta ética.

Estos cuestionamientos surgieron después de leer la que para mí, hasta el momento, es la mejor crónica sobre guerra. Fue escrita por Andrés Pachón Arbeláez. Gerhard Thyben era un teniente nazi al cual, en su última misión, le encargaron hacer el vuelo a la rendición de Alemania ante los aliados en la Segunda guerra mundial. Debía volar a Flensburg. Subió al avión y emprendió el viaje hacia la ubicación indicada. Volaba sobre el Báltico. En medio del trayecto observó veintiséis barcos, “que contó con ligereza”, navegando hacia occidente. Iban cargados de lituanos y alemanes que huían de las tropas bárbaras formadas por Stalin. Kilómetros después se encontró con un avión soviético. A pesar de volar hacia la capitulación, Thyben decidió atacarlo. El avión soviético chocó contra el mar y fue el “penúltimo derribo de la guerra”. Veintisiete años después Thyben se enteró, por un libro escrito por un par de rusos, que el avión que él había derribado esa mañana iba con la misión de hundir los veintiséis barcos que vio kilómetros antes. En total salvó, de manera violenta e inconsciente, treinta y nueve mil vidas. (De la guerra lo único bueno es que surgen relatos memorables).

En Colombia ser pacifista no es un seguro contra la violencia. A veces, incluso, es prácticamente sentencia de muerte. Tenemos ejemplos de periodistas, activistas, gente que jamás habría empuñado un arma, que jamás empuñó una, pero que terminó asesinada. Y, cuesta aceptarlo, tal vez estas personas que usaron como arma únicamente la palabra hubieran salvado más vidas si daban muerte a los violentos. Precisamente es el argumento de los grupos armados ilegales para tomar la vía armada y combatir las injusticias. Toda una paradoja.

Tal vez el germen de la violencia está en ser colombiano, en cierta construcción cultural e histórica que impide un giro de tuerca. Por el camino se van construyendo los discursos que pretenden legitimar esa violencia.

Todo indica que en poco tiempo Colombia dejará de tener una de sus tantas guerras. Porque es una falacia el fin de la “Guerra” con mayúsculas. Si nos remontamos al pasado y la evidencia encontramos que aquí siempre han existido excusas para matar, asesinatos que desatan guerras encarnizadas. Hemos tenido guerras chiquitas y guerras grandes; guerras de décadas y guerras de días. Por eso me permito la desesperanza y la desconfianza ante el histórico anuncio. No tanto por la impunidad y esas cuestiones manidas que esgrime un sector político, sino por el estado natural de este país, que es, en más de doscientos años de independencia, la guerra, el dolor y la muerte. Tendría que desestimar el argumento del destino en las naciones, pero en Colombia hay uno establecido porque los hechos viven repitiéndose con distintos actores.

El obstáculo del pacifismo radical es que todos deben coincidir en esa idea para erradicar la violencia, o para que al menos la violencia no sea un hecho cotidiano. Para causar dolor, para matar, para ser violentos no se necesitan dos, se necesita uno. Y en Colombia siempre va a existir ese uno.