Toda esta vagabundería se entronizó en Colombia, pero como somos un pueblo fariseo, decimos que no existe y afirmamos con vehemencia que para evitarla están los organismos de control .Y como a tales ÍAS las acoge la incredulidad ciudadana…

 

Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal

Todos los que han hecho campañas electorales para ser elegidos, del Presidente hasta el más humilde concejal, saben que en este país desde cuando le pusieron límite legal a los aportes que se pueden hacer a las campañas, el flujo de caja para montarlas viene en efectivo; no se declara y les ha permitido triunfar a los que más han recibido de esas platas por debajo de la mesa.

Todos los que hoy ejercen el poder ejecutivo, del presidente para abajo hasta el más miserable de los alcaldes pueblerinos, saben que para poder que el Congreso, las Asambleas o los Concejos pasen las leyes, ordenanzas o acuerdos, es necesario repartir cupos indicativos del presupuesto para que los aprobantes entreguen a los contratistas amigos y así reciban de ellos el impulsito que les permite redondear la rentabilidad de las curules.

Esos mismos personajes saben que las campañas electorales son patrocinadas casi que totalmente por contratistas que ya no aportan, prestan la plata para las campañas (por encima o por debajo de la mesa) y garantizan su reintegro con contratos entregados a dedo, sin licitación. Al contratista, entonces, a más de ganarse el AIU legal, le alcanza para repartir por adelantado al gestor del gasto.

Toda esta vagabundería se entronizó en Colombia, pero como somos un pueblo fariseo, decimos que no existe y afirmamos con vehemencia que para evitarla están los organismos de control .Y como a tales ÍAS las acoge la incredulidad ciudadana, le damos la razón al presidente Turbay, cuando pedía que la corrupción tuviese justas  proporciones. De pronto la solución verdadera es por allí.

@eljodario