Si tuviera la oportunidad de hablar  y tuviera que decir y escoger tres palabras para este tiempo, tal vez sugeriría las siguientes: amor, silencio y esperanza.
ANDRES CALLE (MAMBRE)Por Andrés Calle Noreña
 La primera es el amor, y tiene que ver con los sentimientos. Martha Nussbaum recomendó atender mucho las pasiones humanas. Estuvo en días pasados en Medellín e indicó que el amor es central en la vida social y en la política. Amar nunca es fácil. Luis Sandoval dice que “se aprende a amar”. La vida toda es afectiva, todo nos afecta y aprendemos el amor y el odio. Para asumir los conflictos también hay que aprender y desaprender, que es lo más exigente. La política es el ejercicio de los afectos en público. Tal vez este sea un principio de la realidad, comenzar con la dificultad. 
Si estableciéramos la diferenciación entre los que actúan y viven dentro de una espiritualidad religiosa y quienes asumen la ciudadanía en un contexto secular, podríamos llegar a la conclusión de que, con todas las distancias que puede haber entre unos y otros, es posible que de todos se pueda esperar que tengan gran capacidad de amar.
Francisco de Roux apuntaba en un artículo reciente, que en la vida, cuando todo pasa, queda lo que se haya amado. Los amores están representados en sistemas de signos. Es posible que detrás de estos significantes estén las claves para desanudar o para enredar de manera diferente los colectivos humanos. Los vínculos de adhesión, de respeto, de autoridad, y también del miedo y del terror están relacionados con los afectos, sentimientos humanos.
Tugendhat propone como sentimientos morales: el resentimiento, la inculpación, la venganza y la indignación. esta puede tener universalidad, llegar a conmovernos aún por las afecciones, por los padecimientos de quienes nos son ajenos y desconocidos. De esta manera también se podría proponer una estética de los sentimientos: como si fueran matices, desde el odio y el resentimiento, se puede avanzar hasta el mayor amor, que, a su vez, estará acompañado por una gran capacidad de indignación.
El silencio podría estar en todo momento. De Roux lo escribía el año pasado. Claro, hay que diferenciar el silencio impuesto, del elegido. El primero es pavoroso y deshumanizante. Pero estamos muy ocupados en la acción y en la declaración, y esto puede esconder unos protagonismos malsanos, o una falta de reflexión o una incapacidad para la espera, para la maduración. Por ahora hablamos del silencio que tiene que ver con la interioridad, tanto religiosa, como secular. Pedimos el silencio respetuoso, para poder escuchar, para dedicarle toda la atención al otro. Y, en circunstancias de tanta violencia, de guerras largas, de rabia y dolor, a veces muchas personas, las mujeres más sabias, solo esperan que las respeten y las dejen sentir en silencio lo que sienten. En una vida querida, deseada, para nosotros y para los que queremos, y que esperamos se extienda hasta para los desconocidos, habrá muchas personas viejas, enfermas, tristes, que se van a sentir bien tratadas en silencio. El perdón y la resiliencia también deberían ser silenciosos. 
Por supuesto, necesitamos del diálogo, y hay mucha gente que no ha sido escuchada, que no ha tenido reconocimiento. Pero tenemos que prepararnos para un post-acuerdo, que es diferente a todo lo que hemos tenido. La guerra se hace con estruendo y, a veces, para evitar matar a los otros, a los gritos. La paz que venga, imperfecta y mejor que todas las guerras, podrá tener expresiones jubilosas y seguramente dejará que estemos callados sin más, sin miedo, qué más quisiéramos. El silencio puede ser tranquilizador y servir para recobrar la confianza.
Vicente Durán Casas escribe: “Tres respuestas a tres preguntas hicieron famoso a Kant: ¿Qué puedo conocer? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me es permitido esperar? La respuesta a la primera se responde desde la diversidad de ciencias que la inteligencia y la experiencia humana han construido durante muchos siglos. A la segunda responden la ética y la moral, tanto en lo público como en lo privado. A la tercera responde la religión, pero no solo la religión. Para Kant, también el derecho, la política y la filosofía de la historia, dependiendo de cómo se las entienda, pueden llegar ser fuente de esperanza para los seres humanos”.
El autor, otro jesuita, nos lleva a preguntar cuáles son las esperanzas que proponen los cristianos y cuáles las de los que tienen una existencia dentro de un marco secular. Así mismo, es esperanzador que la gente pueda tener debates morales, que cuestione las culturas, que resignifique sus representaciones y que tenga protagonismo político.
La esperanza de todos los pueblos es la paz, poder vivir en paz y poder realizar la vida querida. También se dice que la guerra es la continuación de la política por otros medios. En nuestras actuales circunstancias podemos afirmar que la guerra cancela, apaga, anula, todas las esperanzas. Nos queda la tarea de hacer una política en la que la guerra sea una excepcionalidad remota. Para esto también hay que cambiar la mentalidad y la cultura, porque casi todos los referentes de Nación, de identidad, de unidad, se han hecho con signos de fuerza, de armas y de guerra. Por eso caminamos hacia una paz que ni conocemos y esto nos desconcierta. De igual manera, vamos a tener que confrontar las visiones de la realidad, para tratar de otra manera los conflictos antiguos y los que vengan. ¿Qué podemos esperar?, pregunta Kant. Podemos esperar nuevos conflictos, incertidumbre y también paz, y que haya vida en abundancia.