Cada uno, antes de buscar de qué hablar, criticar o reír en las redes sociales o con los amigos, debería definir su posición, y ser congruente con la misma. El amor nacional y el júbilo patrio no se resume en la verborrea de lo nuestro porque es nuestro, ni en colgar la bandera del balcón por la independencia nacional. De hecho, es algo que no se puede resumir, pero sí vivir.

Por: Ian López

Me desperté asustadísimo con el revuelo de que Nicaragua estaba tras uno de nuestros emblemas nacionales, que venía a reclamar soberanía sobre uno de nuestros viejos tesoros. Yo, aterrado, pensé que se trataba de Pacheco, o de los huesos de la difunta Teresita Gutiérrez, pero después me explicaron bien y quedé más tranquilo, al fin que yo no pensaba ir a vacacionar a esas playas prontamente.

Ese revuelo inmediato que tiene a todos atacados, no se debe, obviamente, al amor que podamos tenerle a esas islas y cayos, es gracias a la temporada; porque para los colombianos, San Andrés, Providencia y Santa Catalina, sí existen, pero en vacaciones; cuando la mayoría tiene presente estas zonas tropicales y costeras para ir a espernancarse bajo una sombrilla. Si el asunto, del cual se hablaba hace ya unos meses, hubiese tenido fecha de definición en, digamos, agosto, no nos hubiéramos enterado de nada por andar pendientes de la telenovela, o le habríamos restado importancia. Quiero pensar que el Tribunal de La Haya dijo: esperemos hasta la temporada vacacional para que la gente sepa qué está pasando.

Colombia, si de algo está enferma, es de ese falso patriotismo que sube por las ñatas y sale con moquillo por la boca. De esas ganas de aparentar, que será lo único verdaderamente nacional, que nos une en un solo fervor.

Nos educan con el himno, la bandera, los colores patrios y el chocorramo, pero nunca nos enseñan cuál es el verdadero valor de ser colombianos, o si al menos existe, porque no conozco a nadie que lo tenga claro.

Muchos despotrican y se rasgan las ropas cuando Fernando Vallejo expresa su odio hacia Colombia, y dice tan francamente que no le gusta. Al menos él, ‘apátrida’ como le califican, no se anda con falsas expresiones de orgullo y cariño hacia algo que no le importa.

El Gobierno también entra en esta colada, porque se nutre de sus ingresos turísticos, pero parecería que allá fuera animales de carga y trabajo que ni educación merecen; si reaccionó ante el ataque de Nicaragua fue quizá porque no era Estados Unidos quien reclamaba.

Cada uno, antes de buscar de qué hablar, criticar o reír en las redes sociales o con los amigos, debería definir su posición, y ser congruente con la misma. El amor nacional y el júbilo patrio no se resume en la verborrea de lo nuestro porque es nuestro, ni en colgar la bandera del balcón por la independencia nacional. De hecho, es algo que no se puede resumir, pero sí vivir.

No los regaño más, para que puedan ir a hablar mal de Nicaragua, y a inflarse el pecho, henchidos del orgullo que proporciona la supuesta victoria. Pero para terminar, véanlo con alegría, si Nicaragua hubiera ganado los cayos, muchos podrían decir que perdieron la virginidad en el extranjero.