Los colombianos hemos sido educados en el odiar, en el confrontar; los colegios enseñan a competir, las profesiones se imponen unas sobre otras, las ideas no se debaten en ambientes de tolerancia, esta paz no solo implica la entrega de las armas, también, y eso es lo más difícil, el desarme de las almas.

 

MIGUEL ÁNGEL RUBIOPor: Miguel Ángel Rubio Ospina

El plebiscito próximo a darse en Colombia, el cual consultará a los ciudadanos sobre la refrendación e implementación de los acuerdos de La Habana entre el gobierno y las FARC, está generando más divisiones ideológicas que la misma dicotomía Comunismo vs Capitalismo, tan de moda en los 60, y que Trump y otros líderes mundiales, entre ellos las élites colombianas, quieren revivir.

Y es que todo coincide, nunca en los últimos años desde que empezaron los diálogos se habían recrudecido tanto las posiciones del Centro Democrático en contra de los acuerdos, y fue precisamente la necesidad de oponerse a ellos, lo que los llevó a tener una amplia bancada en el Congreso y a poner en aprietos la reelección  de Juan Manuel Santos, llevándolo a segunda vuelta electoral.

Digo todo coincide, porque contra todos los pronósticos Donald Trump se quedó con la candidatura única del partido republicano en los Estados Unidos y como Zuluaga en Colombia, puede poner a temblar a los demócratas representados por Hillary, que no logra aumentar en las encuestas. Esto último tiene mucho que ver con lo que pasa en estos momentos de polarización en Colombia, entender por qué el senador Uribe y su bancada se oponen con firmas, resistencia civil y marchas tiene que ver con las fuertes coincidencias ideológicas del candidato norteamericano y el expresidente. El primero con opciones serias de ser el presidente de la potencia mundial y el segundo con la nostalgia de recuperar el poder.

Para ambos la paz solo puede ser la PAX romana, esa que exhiben los obispos en sus iglesias y que se impone por la fuerza de las armas y la extirpación de toda voluntad contraria a la que los grandes imperios imponen.

Sin embargo esa PAX, que no paz, tampoco hemos sido capaz de alcanzarla; no vino en los ocho años del gobierno anterior el cual incrementó ostensiblemente el gasto militar, ni vendrá de ese modo si la guerra sigue siendo el medio por el cual quiera llegarse a la misma.

Aquí es donde la paz se vuelve guerra. Una cosa son las aspiraciones pacifistas de una sociedad cansada del odio, de la exclusión, la pobreza, el engaño, la desigualdad social; que busca maneras de resolver sus problemáticas cotidianas, y que busca salidas, algunas razonables mientras el estado lo permita y otras no tanto, y acuden a la violencia como forma de protesta llegando incluso a convertirla en su modus vivendi. Nadie puede negar que a los muchachos de la 13 en Medellín no les quedo más opción que ser sicarios en una sociedad profundamente elitista como la antioqueña.

Y otra cosa es pacificar el país, eliminando no solo cuanta manifestación de violencia e inseguridad se presente en el territorio, sino llevando miedo e imponiendo sectarismos y preceptos ideológicos y morales como en la augusta PAX romana, donde el vencido se sometía de lleno al vencedor.

Trump, Putin, Dominique de Villepin, Uribe, Hillary, representan esa tendencia de la PAX romana. Los conflictos orquestados en oriente medio, por el petróleo y la supremacía territorial, no se diferencian en nada a las conquistas romanas de la antigüedad clásica.  Y las torpezas de los líderes que se oponen a los imperios, como el estado islámico, o las desafortunadas actuaciones  ideológicas del vecino Maduro, siguen justificando la supremacía de esas ideologías, pues ninguna aspira a una paz social.

Hoy, tenemos un ordenamiento jurídico para la paz, unos acuerdos generales, una agenda y metodología de negociación, una voluntad de ambas partes para resolver sus diferencias. Y aunque nadie niega que en la mesa están sentados dos Cosa nostra, esta también busca otros caminos distintos al militarismo y la confrontación bélica.

El miedo, precisamente, tiene que ver con cambiar el chip. Los colombianos hemos sido educados en el odiar, en el confrontar; los colegios enseñan a competir, las profesiones se imponen unas sobre otras, las ideas no se debaten en ambientes de tolerancia, esta paz no solo implica la entrega de las armas, también, y eso es lo más difícil, el desarme de las almas.

Y así, se hace necesario escuchar a quienes hoy anhelan la guerra, a quienes se oponen a la resolución pacífica de nuestras diferencias, la paz no puede ser una polaridad ideológica en la que por redes sociales, unos atacan a los otros y ninguno ha escuchado ni estudiado al contrario. Los belicistas no han estudiado los acuerdos, los pacifistas no han escuchado ni invitado de manera abierta y tolerante a los belicistas a dar sus argumentos. La paz ha dejado las balas por las PABALAS, son palabras que hacen tanto daño como las balas.

Paz o PAX, esa es la cuestión, diría un Hamlet contemporáneo.