Para los lenguajes del poder, la palabra“adoctrinamiento” es utilizada para descalificar las posiciones políticas ajenas. Pero cuando se trata de las propias, es simple y justa promoción de los auténticos valores  y principios.

 

Por Gustavo Colorado

“Pelar el cobre” es una vieja expresión coloquial utilizada para  referirse al momento en el que una persona, luego de pasarse la vida entera reprimiendo sus intenciones últimas, muestra su verdadera condición.

Pasa a menudo con el lenguaje de la corrección política: años enteros dedicados a ocultar las más profundas convicciones  tras el ropaje de los eufemismos y al final un desliz- el miedo o una pataleta, por ejemplo-  saca a la luz lo más sórdido y visceral. Es decir, lo más auténtico.

Sucedió al promediar el pasado mes de febrero: Edward Rodríguez, representante a la Cámara por el Centro  Democrático peló el cobre y propuso sancionar a los profesores que “promuevan ideas políticas a sus estudiantes”.

Fue solo una propuesta que bastó para desnudar la visión del mundo de un sector entero de la sociedad colombiana que, curiosamente, se ampara bajo los enunciados de un partido llamado Centro  Democrático.

Acto seguido, su jefe político saltó a corregirlo en las redes sociales, su escenario favorito.

Como siempre,  con sus declaraciones sólo consiguió empeorar las cosas.

“El adoctrinamiento político de algunos profesores hace daño al estudiante, a la democracia  y a la ciencia.  Deberían buscarse soluciones que no sean sanciones legales”, dijo el hombre.

Confieso que sentí pánico ¿A qué llamarán esos personajes  “adoctrinamiento”?

¿A qué se refieren con lo del “daño al estudiante, a la democracia y a la ciencia”?

Peor aún: conociendo los antecedentes del senador ex presidente, ¿cuáles podrían ser esas “soluciones  que no sean sanciones legales”?

Por ahora no quiero imaginarlo. Fui profesor universitario  durante quince años y aprendí sobre el terreno que el debate libre y  abierto en el aula es el camino más fértil para  formar personas  pensantes y por lo tanto capaces de tomar  decisiones autónomas  en las grandes encrucijadas.

En esa medida, si  la educación es de veras agente de transformación personal y social, la libertad de cátedra es una de sus grandes conquistas.

Y el concepto de libertad implica la oportunidad de aproximarse a todas las corrientes de pensamiento, incluidas las izquierdas y derechas  más extremas, así como los centros más tibios y ambiguos.

Aquí empiezan las dificultades.  Por lo menos durante dos siglos la Iglesia Católica Confesional -la del senador ex presidente y sus áulicos- controló la educación pública y privada en la actual Colombia, condenando todas las demás creencias a la condición de herejías y , por lo  tanto, haciéndolas susceptibles de anatema.

Todos sabemos que, a menudo, el destino  de los herejes fue la hoguera. Supongo que  en el Maleus Maleficarum, tenebroso manual redactado  por  el Tribunal de la Inquisición, ese recurso correspondía a las soluciones que “no eran sanciones legales”. Sólo  supongo.

La ciencia, hoy considerada en peligro por el  Centro Democrático, no fue ajena a esa condición herética. Hombres como Francisco José de Caldas tendrían mucho para contarnos al respecto.

En la lucha por la libertad de expresión, una de cuyas  conquistas fue la libertad de cátedra, el Partido Liberal Colombiano -ese que ya no existe- libró  varias decenas de guerras civiles  a lo largo del siglo XIX.

Por lo visto las perdió todas, para utilizar palabras del escritor Antonio Caballero.

Y aquí vuelvo al punto del “adoctrinamiento”.

Para los lenguajes del poder, esa palabra es utilizada para descalificar las posiciones políticas ajenas.

Pero cuando se trata de las propias, es simple y justa promoción de los auténticos valores  y principios.

Como eso de meterse en el útero de las mujeres que defienden su derecho al aborto, o en la urgencia sexual de los muchachos conminándolos a “aplazar el gustico”. Empieza a tambalear.

Todo funciona  muy bien mientras el poder político y económico se siente seguro.

Pero cuando percibe alguna amenaza -real o inventada- no duda en apelar a los viejos métodos: el asesinato, la censura, el secuestro, la desaparición, el despojo, todo en defensa de  “Los valores de la civilización”.

Y esa es una de las muchas maneras de pelar el cobre.

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada