Pareciera, dentro de las paradojas que trae consigo la vida, que Facebook cumpliera la labor de un gran voyerista, que observa a cada una de las personas desnudas. Pero los desnudos que le apetecen son aquellos cargados de trivialidad y tontería…

 

Por: Christian Camilo Galeano B.

En el campo internacional un periodista es desaparecido y al parecer descuartizado en un consulado; en la esfera local, La Cola de Rata es censurada por una crónica donde se narra la cotidianidad de una comunidad nudista donde lo obvio es ver fotografías de hombres y mujeres desnudos. Preocupa que ambos hechos, guardando las proporciones, develan los riesgos que corre el ejercicio periodístico serio.

Vamos por partes. El escándalo ante una fotografía de un grupo nudista donde aparecen penes y cuerpos desnudos causa gracia. Más si se tiene en cuenta que “la persona” ofendida con esa fotografía es una red social que desnuda a los ciudadanos a diario. Doble moral y mojigatería es lo que se revela, sumado a que confirma un precepto de los tiempos modernos: prima la imagen y el pre-juicio, sobre el saber.

Porque si el censor que bloqueó la crónica nudista se hubiera permitido leerla, además de ampliar sus horizontes de experiencia e incomodarse con tanta prenda de vestir que a veces se lleva puesta, es posible que hubiera dejado la publicación en la red social. Y de esta manera, acercar a los lectores a un mundo, para muchos, desconocido e inquietante, donde se puede ser libre sin ropa y la desnudez es una excusa para encontrarse y conversar.

Facebook se ha convertido en una de los nuevos dioses modernos, allí cada uno de nosotros configura y construye una imagen, la mayoría de veces falsa. Se crean historias, se opina de cuanto tema existe, al tiempo que se revela cada uno de los detalles de nuestras vidas. El filósofo posmoderno Baudrillard alertó en alguno de sus libros sobre cómo la realidad desaparece no por su ausencia, sino por una sobrecarga de realidad.

Los ejemplos son claros, todos se desnudan ante Facebook, comparten los simulacros de vidas aparentes; cada uno es lo que quiere mostrar, lo más conveniente. La alegría de los viajes, las comidas, la nueva mascota, el novio, el ex…todo debe aparecer allí.

Pareciera, dentro de las paradojas que trae consigo la vida, que Facebook cumpliera la labor de un gran voyerista, que observa a cada una de las personas desnudas. Pero los desnudos que le apetecen son aquellos cargados de trivialidad y tontería; los otros, las fotografías de crónicas, los ensayos, los reportajes que cuestionan y desnudan la estupidez del hombre, no encienden su deseo, a esos es preciso vestirlos, ocultarlos.

Por otra parte, la desaparición de Jamal Khashoggi es un hecho lamentable en tiempos de tiranías y populismo. La historia de aquel periodista resulta particular, venido del poder saudí y exiliado debido a sus discrepancias con el nuevo heredero del trono, se le prohibió escribir acerca de su país. Sin embargo, esto no fue impedimento para mostrar sus discrepancias desde el otro lado del mundo en algún periódico occidental.

Las paradojas del poder radican en que pese a su dominio se puede mostrar con cierta fragilidad ante algunas personas que lo incomodan, tales como: artistas, poetas, periodistas, humoristas… y la lista continúa, ya que estos pueden poner en duda y cuestionar ciertas acciones del poder.

El asunto es que Khashoggi cuestionó las acciones del príncipe heredero que, con un discurso en apariencia juvenil y renovador, se permitió tomar medidas represivas en su país. Se valió de una imagen fresca para afianzar ciertas estructuras del poder político tradicional.

La desaparición y posible tortura, nos colocan ante el retorno de ciertas prácticas medievales con las cuales se ejercía el poder. Ya Foucault, en su tan citado y poco leído Vigilar y castigar, mostraba los rituales que se ejercen sobre el cuerpo del “delincuente” que se atrevía a ofender al príncipe.

Aquel bandido que ha infringido la ley está ofendiendo al príncipe y este debe escarmentar a los que alteran el orden. De ahí que la pena deba ser directa y desproporcional sobre el cuerpo del malhechor, causar dolor y padecimientos para que impere el terror y el orden se mantenga.

La desaparición de Khashoggi tiene como fin generar pánico, no sólo en Arabia Saudita, sino en el resto del mundo. Ante la irrupción de gobiernos totalitarios y populistas, aquellos que cuestionen, duden y escriban están en el punto de mira.

Colombia y Latinoamérica no escapan a este peligro, cientos de periodistas de apartadas zonas son amenazados o asesinados por intentar informar a sus comunidades y al mundo. ¿Qué hacer ante estos hechos? Reafirmar el poder de la palabra y rodear a las personas que le apuestan a un periodismo crítico.

¿Y dónde queda la lucha con la censura de las redes y el poder totalitario?  Hölderlin, el gran poeta alemán, dijo: “allí donde crece el peligro, crece también la salvación”; esta sentencia poética ofrece una clave. No es posible desprenderse de las redes del poder ni de las virtuales, es preciso desde allí ejercer espacios de resistencia que minen la influencia que los poderosos ejercen sobre los individuos.

Incomodar con una reflexión, una crónica de dolor, un pene y unos senos al aire libre, para que despierten el deseo de pensar y cuestionar.