KEVIN MARÍNLas personas que no tienen un carácter crítico creen que todo lo que se publica es cierto; no olvidemos que estos periódicos no solo se encargan de reproducir imágenes de personas con machetes enterrados en la cabeza.

Por: Kevin Marín

 En Colombia se conocen publicaciones de periódicos desde el siglo XVIII y en el transcurso de doscientos años han ido evolucionando; unos para bien y otros para mal, unos desviados, descarriados, otros pulcros y de belleza significativa.

 Manuel Ancízar fue quien permitió la creación y distribución de grandes masas de periódicos con la imprenta El Neogranadino, debido a su enorme intervención en la importación de máquinas de imprenta y personal calificado, como los litógrafos, quienes posteriormente acumularon cantidades importantes de aprendices y dieron pasó a la conformación de la prensa y la literatura en el país.

Desde allí ocurrió un Boom periodístico, no solo desde una tendencia o un solo ángulo político; por el contrario, el óptimo mantenimiento de ellos se dio porque los periódicos eran de diversos caracteres o ideologías, sino todos. La Bagatela, Diario político de Santafé de Bogotá, Seminario del Nuevo Reino de Granada, La Opinión, El siglo, por nombrar solo algunos diarios y que contaban con la fundación de personajes como Antonio Nariño o Francisco José de Caldas.

Toda persona que quería crear un periódico no tenía las oportunidades fáciles, pues se veía enfrentado al gobierno español, quienes veían en la transmisión de ideales un enemigo acérrimo del régimen, pero la influencia de ideas de la Ilustración desde Europa por parte de algunos próceres de la independencia fue suficiente para derrocar la negativa de la fundación de periódicos libres, sin intervención alguna.

Es así como nace el primer periódico dedicado a la literatura La Estrella Nacional, creado por Juan Francisco Ortiz en 1836, decidido primordialmente a la promoción de libros en casi toda la población, incluso la menos favorecida a acceder a la prensa. Tiempo después vendrían los llamados periódicos contemporáneos como El Tiempo, El Colombiano, El Espectador y El Mundo. También se tiene noticia de que no solo la literatura era tema de suplemento. La música jugó un papel importante; los mejores compositores colombianos de la época publican sus partituras allí, especialmente para piano, de los bellos tiempos en que tener un Steinway & Sons o  Silva en la biblioteca era primordial en un familia.

Y ábrete sésamo: periódicos con titulares como “Murió después de ser macheteado por su esposa en un duelo de celos”, “Le dieron un balazo en toda la cabeza”, “Así quedó el Cojo después de sufrir mil puñaladas” y un color que gusta y asombra, la página llena de rojo color sangre como la bandera, ¡oh, excitación!, se vende como pan caliente. Según cifras, son estos los periódicos que más se venden en todo el país, barriendo en cantidad considerable a periódicos como El Espectador, o incluso el de la casa editorial más grande de todo el país: El Tiempo. La mayoría de lectores de la prensa amarillista pertenecen a clases bajas por su fácil accesibilidad económica.

 Una investigación de la Universidad del Valle plantea que los periódicos de carácter amarillista promueven la violencia debido a que las personas que los leen pertenecen a un entorno demográfico bastante parecido o significativo relacionado con las noticias o mejor, las masacres que allí se publican. Comprendiendo esto último en cifras porcentuales, no generales.

 Las personas que no tienen un carácter crítico creen que todo lo que se publica es cierto; no olvidemos que estos periódicos no sólo se encargan de reproducir imágenes de personas con machetes enterrados en la cabeza, sino que promueve pensamientos mágicos y supersticiosos como la aparición de fantasmas o incluso titulares que aprueban o dan testimonio de ello, por ejemplo: “Los visitantes del más allá”  o “Medium, la comunicación con el más allá

 Es lógico que estas noticias produzcan excitación en la mayoría de personas. Si pusiéramos en una misma mesa un periódico amarillista y en otra El Espectador, no habría lugar a dudas en cuál de los dos escogerían como más asiduidad.

La prensa amarilla sabe bien que está es la única manera de mantener la especie viva, porque los verdaderos periódicos, por lo menos los serios y que se dedican a la investigación, están en vía de extinción. Mi invitación es a preservarlos de los depredadores, nosotros ahora, porque el régimen español hace mucho que no interviene en estos asuntos.