Con el mundo convertido en un gran mapa donde se hablan los lenguajes del mercadeo y la publicidad, y donde los prejuicios son lo único que sobrevive de la vieja idea de nación, la selección de fútbol es lo último capaz de devolvernos la antigua noción de pertenencia  a un territorio.

 

Por Gustavo Colorado Grisales

 “¡Coooññooo, compadde! Ejoj chicoj ya no quieden jer hinchaj del Unión Maddalena, ni del yuniod, ni del Cadtagena ¡Si te digo que tienen laj paredej de suj cuadtoj empapeladaj con cartelej del Badcelona, el Mónaco, el Bayer, el Real Maddid y hasta del ejpadtak de Mojcú!

“Mejod dicho: ya noj pejdimos en el mapa.”

Ya se me volvió costumbre. Cada vez que regresa de uno de sus viajes a su Santa Marta natal mi vecino, el poeta Aranguren, trae a cuestas un alijo de preocupaciones nuevas para resolver.

Y lo peor: piensa que tengo las respuestas y me niego a revelarlas.

Como bien lo advirtieron ustedes, en esta ocasión las preocupaciones tenían tono futbolero. A sus nietos Miguel y Manuel les importa un carajo el Unión Magdalena de los ancestros.

El de los brasileños en los sesentas.

El de los hermanos Arango en los setentas.

El  de la familia Valderrama en los ochentas.

Nada.

En asuntos de fútbol estos muchachos viven con un pie en Madrid y otro en Turín.

Es la globalización, compadre, le digo por salir del apuro.

“¡Qué globalijajión  ni qúe coñoj! ¡ Ejtos zánganoj no tienen patria chica!”

Le digo que tranquilo, que se beba su buen trago de ron Tres Esquinas para calmar los nervios.

Está comprobado: el ron tiene efectos prodigiosos sobre la adrenalina.

Ya  verás como todo se  aclara.

Y en efecto, las cosas se aclaran. El viejo y querido Albert Camus acude en mi ayuda: “La patria es la selección de fútbol”, dicen que dijo el gran escritor francés nacido en Argelia.

Con el mundo convertido en un gran mapa donde se hablan los lenguajes del mercadeo y la publicidad, y donde los prejuicios son lo único que sobrevive de la vieja idea de nación, la selección de fútbol es lo último capaz de devolvernos la antigua noción de pertenencia  a un territorio.

Había que ver a la presidenta de Croacia paseando su xenofobia a cuadros  rojos y blancos durante el Mundial de Rusia.

Las selecciones de fútbol como lo único capaz de  reunir los fragmentos de sociedades partidas, esquizoides, prefabricadas  bajo un  solo molde: el del consumo exacerbado por las grandes corporaciones.

Los mismos centros comerciales, idéntica vestimenta, el mismo estribillo de las canciones que suenan de Valparaíso a Delhi, de Edimburgo a  Sidney.

Aranguren me escucha como quien trata de descifrar la jerga de un marciano.

¿Qué  relación tiene mi perorata con la sublevación de sus nietos?

Acorralado,  insisto en la defensa de los chicos.

¿Cómo podrían amar a un equipo de fútbol que, para completar, decidió quedarse a vivir en la Segunda División, como un rebaño de viejas vacas cansadas?

Y el pobre abuelo les habla de raíces, en un mundo cuya única impronta es el desarraigo.

Intento explicárselo en términos geopolíticos.

Si te fijas bien- le digo- la estructura de poder en el fútbol mundial se corresponde paso a paso con las herencias coloniales.

Inglaterra, España, Francia, Alemania, Italia son  las sedes de los clubes más poderosos del planeta.

Por su lado,  América Latina y África suministran la materia prima. Es decir, los futbolistas.

Seguimos siendo proveedores  de  productos básicos.

Es  más: al promediar el siglo XX  los Estados Unidos advirtieron la magnitud del negocio.

Fue así como fundaron un equipo cuyo nombre era en sí mismo una fantasía hiperbólica: El Cosmos de Nueva York.

Para ponerlo en marcha contrataron a Pelé, Beckenbauer y Chinaglia, grandes figuras en  México 70.

Solo tuvieron que pasar  veinte años para que los Estados Unidos realizaran su propio mundial en 1994.

Ya estaban metidos de lleno en el negocio.

Pero, siguiendo  su destino manifiesto, querían todo el negocio.

Invocando grandes principios morales, la pandilla de Infantino le dio el golpe de gracia a los forajidos de Joseph Blatter y se hizo con el control de la Fifa, un cartel más poderoso que las Naciones Unidas.

¿El primer resultado? Un mundial de fútbol en 2026, organizado por Estados Unidos, México y Canadá.

Supongo que, para ser políticamente correctos, podrán  participar las reservas indígenas de este último país.

Brasil contra los algonquinos, podría ser un buen plato.

Justo  en este punto, Aranguren apura el último trago de su botella.

Su mirada homicida me dice  que será mejor callar o cambiar  de tema.

No sé si hablarle del nuevo gobierno de Colombia pueda ser un buen salvavidas.

PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada