La ley del deporte ya está escrita y sanciona a quienes se portan mal en los espectáculos deportivos. Pero Colombia, como buen país de muchas leyes, no las pone en práctica.

Por: Juan Manuel Toro Monsalve

Nadie se salva; periodistas, gente del común e hinchas (los verdaderos), convirtieron en tortuosa travesía su desplazamiento hacia el estadio Hernán Ramírez Villegas. Y no precisamente por trancones, tumultos u otras incomodidades. Lo anterior es debido a unos personajes que se tomaron las esquinas, los semáforos y los caminos que conducen al escenario deportivo. Como limosneros reclaman una moneda para “comprar” la entrada a fútbol y que Dios guarde a quienes se nieguen. Insultos, amenazas y en ocasiones atracos contra la gente que de a poco se aleja del fútbol en vivo y en directo por evitar a aquellos delincuentes que se esconden bajo los colores de un equipo de fútbol.

El caso de Pereira se une a Io incómodo en que se convirtió visitar un estadio en Colombia. Atrás quedaron los días del mundial sub 20 con una organización impecable. La familia había vuelto al estadio recordando viejos aires de los 90, la gente de bien abarrotó las tribunas, la paz y la tranquilidad rondó por las ocho sedes. Otro ambiente se respiró. Pero retornó el rentado local y hoy la degradación de un país, sirve de excusa paraaquellos que con cuentos demagógicos de amor por una divisa, transformaron los estadios en sus nichos para consumir droga o alcohol y provocar desmanes.

Pero no solo en el estadio los ciudadanos deben soportar a esa gente que, en últimas, ni conocimiento alguno debe tener sobre el color que se ufana de alentar. Como mendigos ubicados en plena Plaza de Bolívar, toca aguantarlos desde tempranas horas del día cerca de los expendios. Preocupa, eso sí, que quienes lo hacen son en buen número menores de edad que a la hora de hacer sus fechorías la ley es laxa con ellos.

Por lo anterior, es cuestionable la incapacidad y el desconocimiento de las autoridades locales para actuar de manera firme sobre esos vándalos. El famoso registro de hinchas realizado a principio de año nunca fue puesto en práctica. Y ahora, la Secretaría de Desarrollo Social de Pereira se paró a las puertas del escenario para vigilar y controlar el ingreso de los menores consiguiendo que esa medida fuera obsoleta y estorbosa en las entradas al público en general.

De otro lado, el asunto de las barras hasta cierto punto es para admirar y resaltar. El colorido y la manera como apoyan a un determinado equipo hacen que el fútbol se ponga la vestimenta como un gran espectáculo. La cuestión se centra en la idea errónea de lo que es ir a un partido de fútbol, sobre todo en aquellos niños que van a una popular y de uno que otro mayor de edad. En su ideal, el fútbol está resumido en una disputa a muerte; una guerra; una confrontación. El equipo nada importa, vale más el trapo, el confeti, quien insulta más o quien corrió a quien; lo que llaman ellos, el aguante. El día que una bandera o el mejor madrazo otorguen un título, ese día el deporte rey por excelencia terminará extinguido.

Por ahora, las medidas que han tomado no apaciguan. La ley del deporte ya está escrita y sanciona a quienes se portan mal en los espectáculos deportivos. Pero Colombia, como buen país de muchas leyes no las pone en práctica. No más tratamiento dócil, la sociedad del fútbol está siendo derrotada por aquellos que se adjudicaron una tribuna como suya.

La violencia en los estadios se volvió un cáncer que hace metástasis de a poco. Pero los hinchas de bien, los verdaderos aficionados, todavía están a tiempo de no dejarse correr del asiento que por muchos años ocuparon en los estadios. Y lo anterior, porque de repente un balón de fútbol se volvió la fiel imagen de lo que sucede en el país.