Puede decirse que nuestro problema no consiste sólo ni principalmente en que no seamos capaces de conquistar lo que nos proponemos, sino en aquello que nos proponemos: que nuestra desgracia no está tanto en la frustración de nuestros deseos, como en la forma misma de desear. Deseamos mal. En lugar de desear una relación humana inquietante, compleja y perdible, que estimule nuestra capacidad de luchar y nos obligue a cambiar, deseamos un idilio sin sombras y sin peligros, un nido de amor y por lo tanto, en última instancia, un retorno al huevo

Estanislao Zuleta. Elogio de la dificultad.  

 

Por: Miguel Ángel Rubio

Que hasta para nuestras lástimas estamos equivocados, no es un exabrupto decirlo. La crudeza y la franqueza al momento de emitir una opinión o un punto de vista, son producto de un escepticismo, ante las creencias y conceptos sociales, que una vez aprendido es imposible dejar de ponerlo en práctica.

Quiero referirme y advertir con el párrafo anterior, que esta columna estará, esta vez, llena de verdades incómodas, que una vez leída podrán generarme todo tipo de ataques y amenazas, incluso pérdida de amigos o de contactos, pero por tener mi conciencia tranquila, estoy dispuesto a pagar dicho precio.

Comenzaré por decir que, aunque puede ser complejo saber que un ser humano pierde su vida por culpa de una bala perdida y que de entrada ese hecho es deplorable y debe ser rechazado tajantemente,  sea también momento de decir que nuestros duelos y nuestros pesares (pesares de iglesia) no pueden seguir siendo selectivos, y que no es justo que  hasta la élite y las mayorías nos obliguen a llorar a unos y guardar un silencio cómplice ante otros.

Es posible que la muerte del joven cantante famoso, asesinado hace pocos días en Colombia, sea lamentable, y lo es, pero ¿por qué  la gente y  los jóvenes, ante todo, quienes deberían ser los más sensibles, no se han volcado con la misma emoción desbordada para siquiera lamentar y rechazar el asesinato sistemático de líderes sociales en todo el país?, ¿dónde están los jóvenes en las aulas de clase tomando postura ante el robo (sí señores, robo, igual que hace algunos años la Drummond lo hizo con el río Ranchería en la Guajira) del río Cauca por parte de EPM, en complicidad con el Estado?

¿Dónde están los ciudadanos del común, la masa que se vanagloria de estar informada por los medios privados, los 10 millones que eligieron este gobierno,  marchando contra la corrupción como nuestro mal mayor?, ¿dónde está la izquierda marchando y rechazando atentados como los del ELN?, y ¿dónde la policía y el Estado marchando y rechazando los desmanes y la inutilidad del Esmad?

No es posible que nuestros duelos sean selectivos, que respondan a estereotipos sociales o a famas de un cuarto de hora, que estén condicionados a un criterio, o a un solo enfoque del conflicto que vive nuestro país. Que el Presidente y el senador de turno nos digan por quiénes sentir pesar y a quiénes ocultar con un silencio indolente.

¿Qué nos pasa?  La respuesta está en nuestras aulas.  Debemos enseñar a los muchachos de los primeros grados de educación secundaria y a los de media vocacional, que en este país las cosas no marchan bien,  que estamos sosteniendo una mentira con optimismos de birlibirloque, que nuestros optimismos enlatados nos timan todos los días.

Me indigna de algún modo escuchar colegas que niegan la realidad nacional por falta de lectura, por miedo a decir y expresar; porque no les importa o atañe lo que afuera de la realidad de las aulas y los colegios sucede; porque sus fuentes de información se reducen a las falacias e intereses de los medios de comunicación privados; o porque simplemente se niegan a abrir las brechas del pensamiento pedagógico y sociológico y pretenden negar que además de Venezuela, en este país se roban los ríos, realizan ecocidios, se roban el presupuesto de la educación, pretenden romper la sociedad entre los de derecha y los de izquierda, justificando por omisión la existencia de las Águilas negras, que en este país la clase política no funciona, que estamos sosteniendo una imagen con colbón, que no somos viables como estamos siendo manejados.

Nuestros profesores, mis colegas de aula, han olvidado que todo acto pedagógico es un acto político, y que sí importa y sí es relevante, saber a qué bando me suscribo, qué tipo de sociedad estoy cultivando.

¿Una sociedad de pesares de iglesia, o una sociedad que ame la dificultad, que se esfuerce por vivir y por sentir, que ame la complejidad y la sustente, que se la juegue cada día por ese difícil camino de la paz, la justicia y la alegría?

Ha llegado la hora de estetizar el mundo, no más reproducciones del modelo social vetusto que estamos construyendo en nuestros chicos. La guerra es el camino fácil, la paz es el elogio de la dificultad que tanto necesitamos aprender en Colombia.

@rubio_miguel