…El ciudadano promedio, sin importar su clase social, sabe muy poco de política, y lo poco que sabe, lo sabe tan mal que sería mejor que no supiera nada…

 Por: Diego Noreña

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Más de cincuenta años de confrontación armada, cientos de militares que han caído en ataques indiscriminados de todo tipo, sin incluir a los civiles ¿Por qué resulta tan mediático el reciente y cobarde ataque de las FARC? La razón es política. Cada parte tiene su versión de los hechos: unos dicen que fueron atacados a traición mientras dormían, otros dicen que preparaban una operación y otros que se encontraban en hostilidades contra la guerrilla. La realidad es diversa; curiosamente, lo único cierto en toda guerra son los muertos, pues sin importar qué diga uno o qué diga otro, once familias hoy lloran los cuerpos de sus hijos. Las FARC siempre han sabido aprovechar la frágil institucionalidad de nuestro país. Sin embargo, resulta un espectáculo bochornoso y hasta grotesco la manera como los críticos de proceso de la Habana hacen campaña haciendo de las fuerzas armadas una causa política en sí misma. Es imposible no indignarse ante la muerte de los soldados; sobre todo, cuando son nuestros amigos, nuestros vecinos, muchachos del barrio, por lo que resulta fácil encauzar estas reacciones naturales hacia determinadas posturas políticas. El uribismo siempre ha utilizado esta estrategia para incrementar su caudal electoral, y lo sigue haciendo porque le da muy buenos resultados. El ciudadano promedio, sin importar su clase social, sabe muy poco de política, y lo poco que sabe, lo sabe tan mal que sería mejor que no supiera nada. Esta poca cultura política hace que las elecciones de los altos cargos del gobierno sean determinadas por acontecimientos coyunturales; y esto lo saben al dedillo quienes se dedican a ese oficio. Pero más allá de esto, la politización de las fuerzas armadas le hace un enorme daño al Estado. Estas cumplen una tarea constitucional: garantizar la seguridad mediante el ejercicio legítimo de la violencia; su jefe natural es el gobierno de turno. Ponerlas contra ese gobierno, bajo la bandera política del Centro Democrático, es desestabilizar las instituciones y preparar el terreno para un golpe de Estado. Esta estrategia sucia va en contravía de los mismos principios democráticos que dicen defender los seguidores del hoy senador Uribe. Profieren discursos a favor de la democracia pero actúan como saboteadores del Estado. Es una bajeza y una absurdez pensar que el gobierno está en contra de las fuerzas armadas, pues, como ya hemos dicho, son un brazo indispensable para el ejercicio del poder. Y lo verdaderamente deplorable es que estos discursos han calado en buena parte de los militares y casi que se ha creado una ideologización en torno a ello. Las fuerzas armadas se tienen que ver en su conjunto: como una institución cuyos propósitos están definidos por la ley, y no como un peón más en el ajedrez de la política. Sabotear estas definiciones es propio de una tiranía ¿querrán en el Centro Democrático instaurar una dictadura militar en el país? Deberían, entonces, empezar por cambiar el nombre de su partido. Poner a las fuerzas armadas en contra de los deseos o anhelos propios de la sociedad es una abierta muestra de desprecio hacia el sistema democrático.