Aleccionados por la realidad de un país en llamas, los estudiantes de ahora parecen valorar de una manera especial el sentido de la paz. Por eso mismo,  antes de iniciar  sus marchas insisten en la desautorización de todo acto violento.

Por Gustavo Colorado

Cansado de escuchar prejuicios de uno y otro lado, me dejé llevar por la marea del movimiento estudiantil un lluvioso día de  octubre. Caminar desde el campus de la Universidad Tecnológica de Pereira y cruzar el viaducto hasta alcanzar el centro de Dosquebradas supuso para mí ingresar a un mundo desconocido en cuanto a forma y fondo.

La primera  gran sorpresa fue la androginia de los participantes. Educado en un mundo bipolar en  el que las etiquetas  de macho y hembra  hacían parte de un decálogo inamovible, me vi de repente arrastrado por una masa proteica y ambigua: los muchachos del siglo XXI.

De entrada me resultó claro que la definición de su sexualidad no constituye para ellos  un asunto vital, lo que en sí mismo es ya una declaración de principios.

Todos nacieron después de la caída del Muro de Berlín, es decir, del último gran intento de edificar la utopía de comunidad planetaria anhelada tanto por los primeros cristianos como por los marxistas del siglo XIX, pasando por los falansterios que recibieron su sentencia de muerte en la alucinada California de los sesentas.

Estos chicos son otra cosa. Las ideas políticas de sus padres les interesan menos  que sus anhelos de incidir en los duros territorios del mundo real desde la volátil red de sus autopistas  digitales.

Por eso no quieren cambiar el mundo: sólo pretenden que se les cumplan las promesas  de educación  consignadas en una constitución política promocionada en su momento como “La brújula para un nuevo país”

A juzgar por lo que vi y escuché, para estos  muchachos la política constituye una  categoría estética.

Y  eso supone  un avance frente a los tiempos en que el ejercicio  político era una variante de la religión, con sus libros y cánticos sagrados, sus mesías y sus inquisiciones.

Un afortunado aforismo definió las luchas estudiantiles de los sesenta y setenta como  La edad de piedra. Tanta era la cantidad de guijarros, ladrillos y pedruscos que los  manifestantes arrojaban contra todo aquel que se les antojara representante del poder: policía, obispo, rector, soldado, ejecutivo, funcionario.

Aleccionados por la realidad de un país en llamas, los estudiantes de ahora parecen valorar de una manera especial el sentido de la paz. Por eso mismo,  antes de iniciar  sus marchas insisten en la desautorización de todo acto violento: confían con creces en la fuerza intrínseca de su propio movimiento y saben que cualquier acción violenta solo servirá para descalificarlos.

Solo en ese  gesto alientan razones de  sobra para la esperanza. Los estudiantes colombianos del siglo XXI- salvo algún alucinado con pretensiones redentoras- están a salvo de la vieja tentación de combinar todas las formas de lucha.

Como buenos estetas,  sostienen con la autoridad un singular pulso: cada vez que pueden siembran las paredes de pinturas alegóricas. Cuando sus contradictores  las borran reemprenden la tarea con esa obstinación sólo posible a los veinte años.

Con ese gesto parecen decirnos que su mundo podría ser un lugar más bello y que una de las claves reside en la educación, ese derecho por el que están decididos a dar todas las batallas.

Incluso frente a aquellos que insisten en desacreditarlos incursionando con insultos y noticias falsas en su universo natural: las redes sociales.

Todos son hijos de Facebook, de Twitter, de Instagram y de todo ese entramado de mensajes en el que ya es imposible separar el trigo de la cizaña.

A través de él fijan los lugares y horas de encuentro. Convocan y disuelven sus marchas.

Un solo ¡click! Y por arte de  magia están reunidos en una plaza.

Allí  reside su fuerza y también su debilidad: la misma señal que los mueve es capaz de  disolverlos en cuestión de segundos.

Ese último concepto, el de disolución, explica los grandes riesgos que deben sortear.

En las redes sociales todo crece a una velocidad carente de límites… a no ser los de la disolución que se extiende como una nada más allá de las imágenes y las palabras.

No se puede crecer tan rápido y en tantas direcciones sin correr el riesgo de perderse para encontrarse un segundo después en el punto de partida.

Y eso, a la larga, desgasta.

Los representantes del gobierno colombiano lo saben y juegan con el tiempo.

Por eso alientan la negociación sin llegar nunca a soluciones concretas. Mientras eso sucede los estudiantes organizan una y otra marcha.

Cada una de ellas con mayor número de asistentes: las redes sociales funcionan a la perfección.

Sólo que los funcionarios son zorros viejos y saben que ya “Llegó  diciembre con su alegría/ mes de parranda y animación”.

Los mensajes  de lucha por la defensa de la educación serán cada vez menores frente a las invitaciones a celebrar el alumbrado, la novena  navideña, las comilonas y las parrandas de año viejo.

Sólo entonces sabremos cómo actúan los jóvenes digitales frente a los problemas reales.

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada