SANTIAGO RAMIREZ (OFICIAL)Claro, al paso que vamos, y en poco tiempo, nadie va a querer hacerse cargo de este pueblecito de personas enfermizas que se entregan más a lo que pasa en una cancha de fútbol que a lo que sucede con sus vidas; vidas de mucha fe, y solo eso, fe.

 

Por: Santiago Ramírez

Ese rancho ubicado en las más olvidadas esquinas de Risaralda, en un polvoriento sitio vecino de Cartago, al que le dieron el nombre de Puerto Caldas; ese olvidado despacho, es solo un terreno baldío en el que sus gentes, en sus continuas quimeras, proyectan sobre una falsa creencia de desarrollo, una riqueza intangible, inexistente.

En este sitio, sus habitantes, como en gran parte de la población colombiana, y como lo había promulgado Jaime Garzón en uno de sus ya famosísimos discursos, entienden la riqueza como sinónimo de cemento; progreso, para ellos, es tener las calles pavimentadas. Todo esto mientras la ignorancia, esa hijita del capitalismo, utilizada a favor de todas esas personas pertenecientes a esa minoría social llamada “clase alta”, que irónicamente se ha quedado sin clase, carcome la mente de los míseros hombres de labranza.

Por otro lado, es posible que sus habitantes no tengan la menor idea de lo que es progreso y pasen por alto todo lo que les conviene a cambio de una ilusión, un oasis que realmente oculta un pantano de aguas enfermizas. Luego, la fuerza pública oprime con su autoridad, de esa autoridad que se ganaron bruscamente engañando a la clase trabajadora; ese pueblecito de los soñadores, a todos aquellos que aspiran una vida bien sedimentada. Una vida en donde puedan convivir de manera tranquila  con su familia. O posiblemente se trata de la falta de líderes. Quizás el término progreso sea un asunto de las personas que habitan el corregimiento de Puerto Caldas, pero es un lema que se estrella de lleno con el trote vertiginoso del tiempo, con esa muerte que solo ha dejado olvido y olor a plomo por todo el aire.

Es imposible que puedan coexistir el Progreso y la sumisión. Todos los individuos de estos sitios deben poseer la capacidad de liderazgo, salir a defender lo que se ha construido y no dejarse eludir por falsas promesas políticas, falsas promesas que solo nos alivian temporalmente, para caer de nuevo en ese infierno al que nos quieren acostumbrar.

¿Cómo se puede subsistir en una zona tan marginada socialmente con la ilusión de que pronto las familias serán los engranajes que promuevan el desarrollo, si estas, solo se esmeran por cubrir de asfalto las calles manchadas por las que transitan? ¿Cómo se puede pensar siquiera en adelantos en un corregimiento en el que, en resumidas cuentas, solo se esmeran en tomar la decisión de si este populacho pertenece a Cartago o a Pereira? Claro, al paso que vamos, y en poco tiempo, nadie va a querer hacerse cargo de este pueblecito de personas enfermizas que se entregan más a lo que pasa en una cancha de fútbol que a lo que sucede con sus vidas; vidas de mucha fe, y solo eso, fe. Hombres que no actúan, que dejan perder la humanidad por entre los alcantarillados políticos, que se cobijan bajo una manta que poco a poco  deja de pertenecerles hasta verse despojados por completo. Y es ahí cuando actúan, cuando las chusmas los ha terminado de robar; esas chusmas que se disfrazan de payasos, esos payasos que van vestidos con corbata y esmoquin.

Para que el progreso camine con la cabeza en alto por este pueblito, es necesario que Puerto Caldas empiece a tomar autonomía, a no ser dependiente de manos externas, a ser intrínsecamente autárquico, es decir, a valerse por él mismo.

Finalmente, la población deberá girar en torno a la infancia, pues los sueños de la niñez son los sedimentos para que el pueblo pueda alzar su vuelo hacia el avance. El progreso está más cerca cuando los niños lo quieren, ellos se educan, luego, son adultos que piensan.Hacer una campaña más educativa que constructiva” fueron las palabras del defensor del pueblo Jaime Garzón en la apología citada por el entonces alcalde de Bogotá Antanas Mockus.