dedoTener un enemigo es importante no solo para definir nuestra identidad, sino también para procurarnos un obstáculo con respecto al cual medir nuestro sistema de valores y mostrar, al encararlo, nuestro valor. Por lo tanto, cuando el enemigo no existe, es preciso construirlo. Umberto Eco. En: Construir al enemigo, Editorial Lumen, 2012.

 

Por: Juan Carlos Londoño Grueso

En medio de este mundo y de esta sociedad tan proclive a la hipocresía y la falta de carácter, se queda uno sorprendido con la actitud de las mayorías cuando confunden, o ¿se dejan confundir?, por algunos de nuestros egregios dirigentes, al hablar del enemigo. En una reciente lectura que hice a Umberto Eco, me encontré con que se ha vuelto recurrente en los últimos 25 años –a propósito de la “caída de los muros”– en Occidente, generar un discurso contra un enemigo que, hay que decirlo, tenemos que inventarlo. Es algo así como una recuperación de la inocencia perdida, como cuando ya no nos asustaba el coco, porque sabíamos que era una invención de nuestros padres, pues ellos se las arreglaban para construir un nuevo “coco”: las drogas, los amigotes, las enfermedades, la violencia, en fin.

En esa búsqueda de nuevos temores para las mayorías, pues se han hecho guerras fratricidas como la de las Balcanes, donde el enemigo era el vecino de toda la vida; después se creó el enemigo que tumba torres gemelas; luego apareció la cruzada contra dictadores extemporis y el terrorismo internacional; hasta llegar a las pandemias de gripes, fiebres, síndromes y demás plagas, que valga la consideración, ya nos tienen hartos con ese nuevo terrorismo bacteriológico. Uno quisiera pensar que estamos en una edad suficientemente madura, y me refiero a los pueblos del mundo, como para venir a comer cuentos, muchos de los cuales ya no tienen asideros en ninguna parte. Lo único que sí ha quedado claro es que sigue siendo lucrativo construir un agente mortal que nos arrebate la seguridad y lo poco conseguido con nuestro esfuerzo, para que de esta manera tanto los medios de comunicación masiva como la industria farmacéutica, la industria militar, la industria de la prostitución y el narcotráfico, sigan funcionando en una cadena de producción fordista, con resultados cada vez más lucrativos.

Digo esto porque en nuestro país, y en Nuestra América, hemos venido escuchando las trompetas del apocalipsis mediático, sonando contra el proceso de negociación en La Habana, los cambios estructurales en Venezuela, Ecuador, Bolivia y Argentina, la investigación de la masacre de nuestros estudiantes en México, la hambruna en Haití, la desparamilitarización en El Salvador, el humanitarismo de Uruguay en el caso de Guantánamo, los acercamientos entre Cuba y Estados Unidos, entre otras y tantas situaciones que se salen de la lógica que esa clase dirigente quiere recuperar o que pretende fortalecer. Es claro que ahí subyace un discurso terrorista buscando construir un enemigo de nuevo cuño, que sea capaz de devolverle el sueño a las desprestigiadas clases dirigentes de derecha y a los inversionistas extranjeros, quienes no ven con buenos ojos que muchas de esas cosas sigan un rumbo definitivo para el mejoramiento de la vida personal y colectiva de nuestros pueblos.

Pero, ¿quién es el enemigo? Uno tendría que arriesgarse a dar una respuesta, así después sea considerado el enemigo mismo, que son varios y cada uno tiene sus consideraciones en relación con la fuerza y la influencia que tenga en la vida social, política y económica de nuestro país.

Consideremos la pobreza como el enemigo primigenio, fuerte y único. Y la coloco en esos términos, dado que es el factor determinante en los comportamientos y la falta de moral de muchos de nuestros conciudadanos, porque aún no han podido resolver las necesidades básicas, aquellas que tiene que ver con el pleno empleo, la vivienda, la educación y la salud, factores que inciden en la felicidad del hombre moderno. En este sentido y, cuando nos hallamos ad portas de la firma de una agenda de negociación que le ponga fin a la guerra eterna de Colombia, muchos se han venido lanza en ristre contra los supuestos efectos nefasto de la aplicación de la misma, considerándola una entrega del país, por parte del Estado colombiano, al terrorismo internacional (sic).

Uno no puede explicarse cómo persiste ese tipo de discursos, de aquellos que prefieren continuar con el baño de sangre generación tras generación, como si fuera algo natural en la vida nacional, a que podamos vivir en paz y poder garantizarle un nuevo país y una nueva sociedad a las nuevas generaciones que, dicho sea de paso, no merecen la suerte que nos tocó. Es lógico que haya resistencias y que haya reticencias, pero eso no tiene sentido al pretender que la reconciliación sea un error.

A muchos de ellos se les olvida que en los países que lograron desarrollar esos acuerdos, el proceso mismo ha sido bastante complejo, con ires y venires, con descontentos y con esperanzas. Con tensiones y distensiones, pero fundamentalmente con acercamientos. De eso se trata la democracia y sobre todo, la vida.

Para todos es claro que en esos asuntos de lo político siempre habrá que perder, pero mucho que ganar. Y sigo con mi idea de una propuesta de nuevo país para todos nosotros. Quizás haya algo de ingenuidad en lo que planteo, pero es más una actitud de cansancio, frente a lo que me ha tocado vivir. Reconozco que hay muchos intereses de por medio, por ejemplo, los de las transnacionales que ven con buenos ojos sacar a la guerrilla de sus zonas de influencia, que son la que están cargadas de recursos naturales no renovables, esperando para ser explotadas. También están en juego los intereses de algunos empresarios, industriales y comerciantes, que pierden sus negocios con las fuerzas militares, pues llevan mucho tiempo aprovisionándolos para el combate. Y por último, están los militares que tienen sus más jugosos negocios con mercenarios y narcotraficantes, con quienes obtienen ganancias exorbitantes, que el sueldo que reciben por sus servicios a la patria no compensa.

Claro, eso es una aproximación, la realidad puede ser otra. Lo que me queda pendiente es una pregunta: después que dejen las armas las Farc y el ELN, ¿a qué enemigo habrá que endilgarle los males de la nación?

De otra parte, nos hemos vuelto tan tolerantes que se nos ha vuelto normal ver como los más grandes delincuentes del país se  asilan (sic) en Estados Unidos, Canadá o Italia, dizque porque no tienen garantías para defenderse. Inclusive salen del país con el pretexto de asistir a la coronación de Miss Universo y con ello se burlan de nuestro sistema judicial, que sólo sirve para aplicar la ley a los más pobres, ¿o los más bobos?

Todavía más, escuchamos a los agentes de los grandes canales y medios de comunicación que, hablando de defender la democracia, atacan a Venezuela y su régimen democrático, dizque porque tienen en la cárcel a uno de los conspiradores más relevantes, como si fuera un defensor de la justicia social, aduciendo que se le violan los derechos humanos. Pienso que, si fueran honestos, estarían pidiendo cárcel no sólo para los responsables del carrusel de las contrataciones que son muchos más que los Nule, sino que deberían estar rasgándose las vestiduras porque todos los socios de Interbolsa, los desfalcadores del erario, los Andrés Felipe, las Sandra, las María del Pilar, los Luis Carlos, los Álvaro y demás cárteles, fueran a la cárcel por abuso de autoridad, por robo, por hechos de lesa humanidad, entre otras perlas, en lugar de estar instigando a esa clase política derrotada en nuestra hermana Venezuela, que durante 180 años de historia política hicieron lo mismo que estos de acá, que aún se pavonean controlando los hilos del poder.

Me pregunto: ¿será que los colombianos vamos a seguir  la filosofía del victimario, aquella que expresaban Hitler y Mussolini, para justificar que el enemigo era interno y que las clases reaccionarias eran las víctimas de los abusos del Estado y las fuerzas externas?

Queda abierta la discusión.

Pereira, enero de 2015