Pero, lo más grave, es que en los escenarios de esa comunicación “emotiva” y tecnológicamente virtual no se ha desarrollado un periodismo correspondiente, pues si los medios son cosa anacrónica, el periodismo no lo es menos.

 

Ivan Rodrigo GarcíaPor: Iván Rodrigo García

He leído el segundo editorial de TRAS LA COLA DE LA RATA: Autorregulación y responsabilidad y, agregando los motivos mi admiración por el anterior, este me parece admirable por dos motivos. El primero, por lo que dice de las crisis del periodismo y de los medios, que son las mismas que afectan a la sociedad entera y que tan dramáticamente expone. Y, el segundo, por la propuesta sobre autorregulación y responsabilidad.

Sobre lo primero y en brevedad, me parece que esa crisis hace parte de la crisis general que afecta a todo en este mundo, como siempre, cosa nueva y vieja a la vez, pues esa es la dinámica humana, siempre pasando de escenarios más o menos conocidos y regulados a otros desconocidos, de situaciones y circunstancias cómodas a otras nuevas y, en principio, siempre ominosas. Por algo, siempre ha sido el miedo el que determina el comportamiento animal y ha sido la tranquilidad la máxima aspiración, el bien supremo de los humanos. El futuro es para la conciencia humana tanto amenaza como ilusión.

Pues bien, ahora estamos ciertamente inmersos en la infinidad de los escenarios virtuales a los que se ha proyectado la conciencia humana por medio de las extensiones de la tecnología que se han inventado y que se han desarrollado para ser, estar y tener el mundo en una pantalla virtual que se controla por “clics”. Un mundo en el que las líneas y figuras de lo íntimo, lo real, lo imaginario, lo local, lo universal, etc., se diluyen, mezclan, combinan, fluyen y diluyen. Escenarios “líquidos” como dijera Zygmunt Bauman o escenarios de ficción como lo propone Yuval Noah Harari, en su libro De animales a dioses. Hay otras propuestas igual de novedosas y llamativas, pero me parece que estas dos son suficientemente expresivas para lo que quiero decir.

Y es que no más hasta ayer el mundo en el que habitábamos estaba mediado por eso ya anacrónico, me atrevería a decir, que llaman medios de comunicación. Mejor dicho, vuelvo y me atrevo a decir, los medios de comunicación son cosa muerta, como lo es el latín, o en coma irreversible (“Show business” no es periodismo, es entretenimiento, pero no periodismo) y, lo peor, es que apenas se están dando cuenta de que la humanidad ya se está comunicando y habitando en los escenarios de una comunicación que dejó de ser eso que llamaban masiva para convertirse en otra cosa de la que no sé si hay ya nombre conocido y, por si no, me vuelvo a atrever, llamaría “emotiva” (se pudiera decir también “subjetiva”, pero las emociones y sentimientos son algo más humano), por aquello de lo que son y de lo que hacen las emociones y los sentimientos en el ser, estar y tener de los humanos; tal y como lo explican las actuales neurociencias (ver Antonio Damasio: Y el cerebro creó al hombre) y las ciencias correspondientes. Humanos más humanos.

Pero, lo más grave, es que en los escenarios de esa comunicación “emotiva” y tecnológicamente virtual no se ha desarrollado un periodismo correspondiente, pues si los medios son cosa anacrónica, el periodismo no lo es menos. El periodismo que todavía se ejerce y se enseña, es el mismo de los tiempos, de sus ideas e ideales, de la Ilustración y de las revoluciones americana y francesa y todo lo que ello implica en el contexto de la filosofía, la ideología, la teoría y la praxis del periodismo. Periodismo para el humano de aquellos tiempos regido por la razón en lucha contra la emoción, la imaginación y la naturaleza.

Para no extenderme en una explicación engorrosa, me vuelvo a trever a decir, que es en ese caduco escenario en donde los conceptos de autorregulación y responsabilidad parecen tener significado y validez, pero que, en las circunstancias actuales, me parece que al igual que todo lo anterior, carecen de sentido, es decir, no se sabe a qué se refieren, pues parece que dicen algo pero para una realidad que ya no existe. No existe un “pienso luego existo”. Por eso se me hace tan difícil pensar en una teoría o en una práctica periodística autorregulada y responsable por parte de periodistas y medios periodísticos cuando los conceptos y las normas éticas que rigen la vida social e individual ya no se corresponden con las nuevas realidades de las comunidades y de los individuos.

En estas nuevas realidades, que por paradójico que lo parezca, se corresponden más con las de la cultura y de la sociedad de los grupos de Homo sapiens del paleolítico, pues como aquellos humanos de hace 45.000 años, los de ahora, con “smartphone” en mano, apenas están experimentando y dándole sentido a sus realidades, apenas están inventándose a sí mismos y a los mitos comunes que les permitan convivir y relacionarse en este ámbito de comunidad virtual, tan virtual como lo es la propia conciencia.

Voy a ser simplista. ¿Qué autorregulación y responsabilidad periodística se puede ejercer y ejercitar ante asuntos tan viejos pero tan vigentes como la igualdad, la solidaridad y la fraternidad, aquellos ideales de la Revolución francesa que, junto con la declaración de los derechos humanos, todavía continúan sin ser implementados en la vida social e individual, salvo para los machos de raza blanca? ¿Cómo se aplicarían y operarían para tratar periodísticamente los asuntos sociales e individuales de las mujeres y de aquellos que optan por un sexo diferente o que son parte de razas no blancas caucásicas? ¿Qué clase de personas y que identidad ética y jurídica tienen aquellos que integran las hordas de emigrantes que actualmente se desplazan en todos los continentes huyendo de la guerra y en búsqueda de una tierra mejor para vivir, igual que lo han hecho los homo sapiens que desde hace 70.000 años han venido poblando -o ¿invadiendo?- el planeta? ¿Cómo hacer periodismo frente a un sistema político obsoleto y manejado por personas corruptas en connivencia y complicidad con personas de los sistemas financieros y económicos, quienes, en última instancia, son quienes dictan las leyes y aplican la justicia?

Tal y como lo estoy considerando, y en eso parece que estoy en la misma opinión de otros pensadores con mayores autoridades intelectuales, es que pensamos que el cuento que insistimos en contarnos y con el que vivimos en el mundo, ya no tiene sentido: ni la política, ni la economía, ni las religiones, ni muchos otros conceptos culturales, funcionan ya en estas realidades. Para poner un ejemplo simple, es algo así como lo que sucedió hace unos 12.000 años cuando las comunidades de cazadores-recolectores se enfrentaron a las realidades de seguir como hasta entonces o evolucionar hacia las civilizaciones agropecuarias. Fue aquel momento en la historia de la humanidad cuando unas mitologías cósmicas y matriciales -de hijos de La Gran Madre Naturaleza y habitantes del universo- fueron sustituida por las mitologías patriarcales teocráticas y urbanas -los dioses machos creadores del universo y de los hombres- las que todavía rigen el imaginario y la visión que tenemos del mundo, de los otros y de nosotros mismos… hasta ahora.

Se hace necesario otro cambio tan radical como aquel de nuestros antepasados paleolíticos. Quizás ni sea tan radical. Las nuevas generaciones de Homo sapiens ya no sienten ni piensan en el mundo ni en los otros ni en sí mismos como lo hacen sus padres. Me parece que, como en la antigüedad, el cuento que están empezando a contarse se me parece más a aquellas mitologías cósmicas, tal y como, poco a poco, empiezan a emerger, así sean apenas todavía como cuentos fantásticos pero que, al fin y al cabo, son los precursores de las nuevas realidades. Solo que en aquellos tiempos era mucho menor “el ruido tecnológico”. Serían asombrosos los ejemplos que podrían tomarse del Arte. Siempre ha sido el Arte el primero en ver en lo desconocido y en el futuro.

Mejor dicho, como todo lo que me propongo, esto es algo más que una respuesta a un asunto específico e inmediato y más una visión más profunda y expandida de lo que significa ser y hacer humano que es como habría que pensar en tiempos de crisis.

He escrito todo lo anterior porque estoy de acuerdo y plenamente identificado con los propósitos, más que por toda la argumentación, que he criticado con la más amistosa de las amistades, y más bien porque también quiero expresar aquello con lo que al final del escrito se identifica a los humanos:

“[…]¿pero acaso no estamos construidos de sueños?”.

Y porque, como dice allí, sueño con un periodismo y unos periodistas de su tiempo y de su cultura.