Se les perdona lo que han hecho con estos venezolanos, en el marco de la comprensión que implica entender la incapacidad sostenida por las autoridades colombianas, durante años, para hacer justicia a su propia gente…

 

Por / Ramaris Vásquez*

“Señore(a)s” colombiano(a)s: Que cientos de venezolanos amanecieran en la calle, exponiéndose a contagiarse por coronavirus debido a que los echaron de sus habitaciones porque no pudieron con su “pagadiario” en las pocilgas que habitaban en el barrio Santa Fe de Bogotá, se les perdona.

Desde esta orilla, en territorio venezolano, entendemos que la hermandad, para que sea tal, ha de ser siempre un acto de reciprocidad. El afecto, la consideración y el buen trato no se obligan: son parte de la conciencia y el talante humano. El mundo ya sabe quién es quién.

Se les perdona, porque sabemos que el concepto de prójimo –entendido como aquel que resulta recíproco en auxilio, cariño y respeto– es desconocido por quienes se hicieron los desentendidos y encima (deliberadamente y por razones políticas) intentan eximir con matrices de opinión forjadas lo que no tiene excusas: la vulneración a los derechos humanos de los migrantes venezolanos en territorio colombiano.

También se les perdona a esos dueños y operadores de medios de “in”-comunicación que –en Colombia y en Venezuela– se prestan para solapar el recorrido a pie, de más de 500 kilómetros desde Bogotá hasta Cúcuta, bajo un frío inclemente y en plena pandemia por el COVID-19, de cientos de hombres, mujeres, niños y ancianos venezolanos, desvalidos, achacándole la responsabilidad al virus y no a la “malparidez” colombiana que los echó a la calle.

Se les perdona porque nuestra paz interior no se la cedemos a nadie. Pedro y Judas traicionaron a Jesús. Pedro se arrepintió. Judas, no. Aún así, Jesús resucitó tranquilo. Por eso se les perdona… con la paz que genera saber que ningún abuso pasa de largo ante la justicia divina, en la que muchos deberían empezar a creer en este inicio de Semana Santa, ante un coronavirus que no discrimina a nadie. Se les perdona porque somos un pueblo creyente.

Se les perdona porque la vida es un aprendizaje y estos son momentos históricos para reflexionar en qué consiste la reciprocidad afectiva entre pueblos y su “hermandad”. Caín y Abel también eran hermanos y ya sabemos cómo la envidia alentó el primer asesinato de la historia bíblica.

Se les perdona lo que han hecho con estos venezolanos, en el marco de la comprensión que implica entender la incapacidad sostenida por las autoridades colombianas, durante años, para hacer justicia a su propia gente que tiene el récord histórico migratorio más grande y prolongado de la región, del que nadie habla.

El mundo sigue girando. La historia de Venezuela y los venezolanos sigue andando, pese al coronavirus y a las asechanzas hegemónicas, acompañadas de acciones carroñeras de latinoamericanos infames que han visto la ocasión de zafarse de nosotros sin estimar la generosidad que ofrecimos por generaciones, sin mirar a quién. Son lecciones que estamos asimilando como pueblo. Por eso, se les perdona.

No tenemos tiempo para rencores inútiles. Estamos embraguetados ante un asedio internacional que Idriss Jazairy, relator especial de la ONU sobre Derechos Humanos y situaciones internacionales, reconoció en estos términos:

“Las sanciones económicas están agravando la grave crisis que afecta a la economía venezolana, lo que se suma al daño causado por la hiperinflación y la caída de los precios del petróleo. Este es un momento en el que se debe expresar compasión a tanto sufrimiento del pueblo venezolano promoviendo, no recortando, el acceso a alimentos y medicinas”. “La coerción, ya sea militar o económica, nunca debe ser usada para buscar un cambio de gobierno en un estado soberano. El uso de sanciones por parte de poderes externos para derrocar a un gobierno electo viola todas las normas del derecho internacional”. (1).

Por eso, desde Venezuela, en el marco de este proceso reflexivo “se les perdona”. Y asimismo, les compartimos un dicho que de vez en cuando usamos por acá, para quienes ante la generosidad responden con ingratitud: “una sola vez no da hambre”.

*Periodista venezolana. CNP: 10.680.