GUSTAVO COLORADO IZQNada   hacía  presagiar entonces que  al llegar a su segundo centenario en 1998, esos caminos de agua se convertirían en senderos de fuego transitados por la muerte y el miedo.

 

Por: Gustavo Colorado

Dos imágenes convocan la atención del viajero que va de Medellín a Sonsón, un municipio levantado al pie del cerro El Capiro y visitado en las noches por el viento helado que  baja del Páramo de la Paloma: familias enteras de campesinos ordeñando sus vacas  pintadas de blanco y negro y cientos de quebradas  que serpentean en busca de los cauces  de los ríos Arma y Aures. Esas  quebradas ostentan nombres caros a la imaginería católica reinante en estas tierras: Las ánimas, Las brujas, La Virgen, San Gregorio, San Martín. De hecho, Sonsón  parece una isla en tierra firme, rodeada de agua por todas partes.

Gobernado  a lo largo de sus doscientos   años de historia por la vieja y conocida dupla de  iglesia y Partido Conservador, el pueblo cantado por Gregorio Gutiérrez González y  moldeado en barro por el ceramista Pablo Jaramillo,  fue en principio el punto de partida  de los colonizadores que fundaron el rosario de poblaciones que se extienden desde  Aguadas  hasta Santa Rosa de Cabal.  Bendecido por  una envidiable  variedad de pisos térmicos- su territorio se extiende desde  los fríos límites con La Unión, Rionegro y  La Ceja, hasta la tierra  caliente del Magdalena Medio- Sonsón pudo brindarles a sus habitantes unas condiciones de vida  signadas por la prosperidad : la ganadería, así como los cultivos de papa, higos, zanahorias, café y caña de azúcar, generaron un dinamismo económico en el área urbana que permitía  hacerse a una vivienda,  educar a la familia y, de vez en cuando , darse una vuelta por algún lugar turístico. Nada  hacía  presagiar entonces que  al llegar a su segundo centenario en 1998, esos caminos de agua se convertirían en senderos de fuego transitados por la muerte y el miedo.

Seducidos por tanta riqueza junta, a mediados  de  la última década del siglo pasado empezaron a llegar los  ejércitos  que marcaron con sangre la historia reciente de Colombia:  los reductos del Epl después de  su desmovilización en Urabá,  el frente  47  de las  Farc, en cuyas filas llegó Karina, una mujer que se encargó , no de sembrar la vida sino el horror en estos parajes que supieron de sus degollinas, masacres, secuestros, desapariciones. También arribaron, cómo no, el Eln, las Autodefensas de Córdoba y Urabá, creadas por los hermanos Castaño, así como las Autodefensas del Magdalena Medio, afincadas en los corregimientos de  La Danta y San Miguel, comandadas por Ramón Isaza, el mismo hombre que perdió la memoria de sus crímenes, y por su tristemente célebre yerno, conocido bajo el alias de  McGiver.

Hace poco menos de un mes visité Sonsón y pude hablar con una decena de víctimas de la  barbarie. Escuché a quienes tuvieron que abandonar sus fincas. A quienes perdieron a sus padres, hijos, esposos, hermanos, vecinos. En la  sede de la Casa de la Cultura vi los retratos de muchachos -casi niños- torturados, despedazados y desaparecidos. Contemplé  las elementales obras de arte, tejidas con hilo y cabuya o con pequeños pedazos de tela al modo de las viejas colchas de retazos. A través de ellas los sobrevivientes consiguieron restañar sus propias heridas como condición indispensable para seguir  adelante. En ese tejido se  lee el relato de comunidades que, como las de los municipios vecinos de Argelia y Nariño, clamaban por hostias y sal que les permitieran  sobrevivir  en medio del asedio de la guerrilla.

De labios del alcalde Dioselio me enteré de su secuestro y de los atentados de que fue víctima, así como tantos habitantes de su pueblo. Después de escuchar todas esas cosas, todavía me pregunto de qué están hechas las entrañas de quienes claman por más guerra en Colombia. Claro: del horror solo se enteran por la televisión, como si fuera otro reality más y luego pasan a otra cosa. Bien atrincherados en sus centros comerciales y en  sus conjuntos cerrados pocas opciones tienen de enterarse de los avatares de este país hecho de senderos de sangre y fuego por los que les resultaría saludable darse una buena pasada de vez en cuando.