El aparato institucional se ha adecuado para favorecer la opción conocida (derecha) y garantizar el triunfo de la misma. Y el aparato armado y de presión (o de opresión) ha mostrado de nuevo la cara para cuidar el proyecto.

 

Por: Carlos Mario Marín Ossa

Las actuales elecciones presidenciales se desarrollan en medio de una disputa de intereses y poderes que se contraponen. Los unos para mantener a la nación en el pasado, en el atraso, la injusticia, la inequidad y la violencia; otros, que buscan avanzar hacia estadios más modernos y progresistas que permitan atisbar la equidad, la justicia y la inserción en una era de avance económico, social, político.

Los acontecimientos, de forma más contemporánea, se vienen ajustando desde un año antes de la firma definitiva de los acuerdos logrados entre el gobierno y la insurgencia armada de las FARC-EP, hoy partido político legal. Ya entonces, se atacaba con furia la posibilidad que antiguos guerrilleros de dicha agrupación pudieran participar en política y, de forma concreta, en el Congreso de la República. Los sectores que se han opuesto a ello, son los que representan los intereses de los terratenientes y acaparadores de tierras, que las obtuvieron por diversos medios.

En paralelo, se han dado estos sectores a la tarea de negar acontecimientos históricos varios con el argumento de que “hacen parte de la narrativa mentirosa de la izquierda”, como en el caso de la masacre de las bananeras o con los crímenes de Estado conocidos como falsos positivos durante el gobierno Uribe. Es decir, se quiere imponer la visión histórica desde la óptica de los vencedores, sin considerar los medios utilizados para vencer a los más débiles.

La elección de un registrador nacional afín al conservatismo, en especial al ex -procurador Ordoñez, como se dice en el medio político tradicional, es tener un registrador amigo. Y más si los padrinos del registrador apadrinan la campaña de mi interés.

Las encuestas que construyen y difunden las empresas dedicadas en Colombia a ello, y que son de propiedad de personas afines al régimen tradicional, dejan bastante que desear en su estructuración técnica.

En ocasiones, como se ha hecho evidente, las prisas de los medios contratantes por difundir los resultados han mostrado más de un Frankenstein matemático en los resultados divulgados para favorecer a los candidatos que defienden los intereses de las castas terratenientes, industriales y financieras.

Los resultados que nos enseñan a través de sus mass media son un tobogán semanal que suben y bajan candidatos e inflan de forma inesperada a otros. Es otro elemento del discurso desde el poder y los vencedores, que avanza en el camino del determinismo político del país: lo lógico es que ganen los representantes de la élite.

Sumadas la titularidad de la Registraduría y los resultados de las encuestas, se “legitima” ante la opinión general el resultado de las elecciones parlamentarias de marzo 11, en especial de las consultas presidenciales que fueron votadas en muchos lugares con fotocopias por autorización de la Registraduría, en medio de un caos que no había visto hasta ahora durante mi vida política de ciudadano.

En la previa, la Registraduría del señor Juan Carlos Galindo Vachá había cambiado a una parte importante de los jurados de mesa con experiencia, reemplazándolos por otros que no tenían la menor idea de lo que hacían, como pudimos constatar quienes fuimos testigos electorales o quienes trabajaron en los escrutinios. Observé contadas excepciones. Pero los reportes nacionales indicaban que la situación se multiplicaba por todo el país.

Los medios de comunicación, en especial radiales y de televisión –que tienen mayor impacto y presencia en los sectores sociales populares y medios– mientras invisibilizaban las evidencias de fraude, a la par amplificaban los mensajes de propaganda política de la élite con los conceptos reduccionistas y de manipulación a través del miedo, como castrochavismo, seremos como Venezuela, la dictadura venezolana, la muerte por hambre en Venezuela, el desplazamiento en Venezuela, la violencia contra la oposición en Venezuela, todo sintetizado en el castrochavismo.

Y, por supuesto, se dedicaban a enseñar el avance del candidato de derecha y el retroceso de los alternativos y de izquierda. Algunos como Darío Arizmendi o Vicky Dávila, no se tomaron el trabajo de disimular su odio hacia Gustavo Petro, por ejemplo, y su disposición incondicional con Iván Duque. Pero puede ocurrir que de un momento a otro repunte Vargas Lleras, también ficha de la élite.

En su espacio, los parlamentarios en su mayoría se dedicaron a impedir la reforma política y electoral, como también algunos compromisos fundamentales de los acuerdos de paz, en tanto que el país veía la exposición más vulgar de la corrupción como nunca antes nuestras generaciones habían presenciado. Sin embargo, con sus métodos, se hicieron reelegir muchos de los de siempre. El desmadre de la Registraduría es ya asunto olvidado.

Para terminar el cuadro del momento, la violencia sistemática hacia los líderes sociales y campesinos, su persecución y asesinato, ajustó el censo electoral en muchas regiones por ausencia física de materia o por intimidación.

Y esa violencia se trasladó a la plaza pública con el atentado contra la persona del candidato presidencial Gustavo Petro –terror de la clase política tradicional– en su visita a Cúcuta.

La violencia no se quedó en la plaza pública, se trasladó y multiplicó al mundo virtual, pero con consecuencias en el mundo real, como lo demuestran las amenazas de muerte en Risaralda al caricaturista Matador y a líderes sociales, políticos y sindicales. Todos críticos del modelo tradicional.

Entonces, podemos ver como se ha implantado una matriz comunicativa que se soporta en el miedo al castrochavismo (que nadie sabe qué es, pero al que se le teme de forma letal) y que va dirigido a las vísceras, se implanta una matriz comunicativa que dice que lo desconocido (izquierda) es inconveniente para el país y lo conocido (derecha), aunque perverso, es lo que sirve.

El aparato institucional se ha adecuado para favorecer la opción conocida (derecha) y garantizar el triunfo de la misma. Y el aparato armado y de presión (o de opresión) ha mostrado de nuevo la cara para cuidar el proyecto.

Pase lo que pase en las jornadas de votación presidencial, en el conteo de votos y en los escrutinios, ya está avanzada la legitimación de otro evento similar al de 1970.

Y si se da un fraude electoral, ¿qué vamos a hacer?

@MarioossaM