Es por ello que casi todos los padres hacemos los esfuerzos que sean necesarios para que nuestros hijos tengan la mejor educación y de ser posible, en las mejores universidades.

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Por: Luis García Quiroga

Una vez escuché que la gran diferencia entre la colonización anglosajona de los EE.UU. y la colonización española de América Latina, radicaba en que los “pioners” llegaban a un territorio y lo primero que hacían era una granja y una escuela.  Se daba prioridad a los dos grandes pilares de transformación de la sociedad humana: el trabajo y la educación. Años después, el filósofo y economista escocés Adam Smith, en su obra La Riqueza de las naciones, profundizó al respecto una tesis de enorme trascendencia.

En cambio, los españoles llegaron a estas tierras con la teoría de la espada y la cruz construyendo guarniciones militares e iglesias. Con la primera sometían a los indígenas por la fuerza y con la segunda, les cambiaron su cultura y sometieron sus espíritus. En Los Negroides, de Fernando González, el filósofo de Envigado hace un sesudo análisis de la actitud postrada del indio americano.

De allí que todo el gran rezago social y falta de competitividad de nuestro entorno latino tenga su origen en la ausencia de las anunciadas reformas de la educación, que como bien lo dice el escritor William Ospina, es una de las grandes deudas con el país, de los políticos liberales y conservadores, irónicamente, más de los primeros.

Al inicio de los años 90 la llamada Misión de Sabios, diez intelectuales entre los que estuvieron García Márquez, Rodolfo Llinás y Marco Palacios, hizo un estudio que entre otras cosas propuso “educar el cerebro, la mano y el corazón”. Algunas recomendaciones fueron útiles, pero en verdad, no pasó nada extraordinario.

Hace tres años las protestas estudiantiles por la anunciada reforma a la educación superior defenestraron a la ministra Ocampo, quien ahora presenta al presidente Santos el plan de política pública elaborado por toda la comunidad académica del país para reformar la educación superior en los próximos 20 años. El problema sigue siendo el mismo: la falta de plata para financiar la calidad, la cobertura y la sostenibilidad del plan. Y eso que por primera vez, la Educación tendrá en el presupuesto nacional más plata que la Defensa. Sin educación de calidad no hay prosperidad, ni competitividad, ni sostenibilidad, ni paz, ni nada.

En los años 70 escuché que “a las clases dominantes no les conviene que el pueblo se eduque porque se toman el poder”. Hoy por hoy, en la inevitable curva de aprendizaje, hombre o mujer que no tenga títulos que acrediten su competencia laboral personal, está por fuera del mercado. El conocimiento es poderoso porque reduce brechas.

Es por ello que casi todos los padres hacemos los esfuerzos que sean necesarios para que nuestros hijos tengan la mejor educación y de ser posible, en las mejores universidades. Es la única herencia que vale y pesa, porque el conocimiento no es objeto de expropiación, ni es embargable.

Periodistaluisgarciaquiroga@gmail.com