295379_4823479339876_793367887_n¿Estamos regalando la mano de obra, para que el capital extranjero reviente las entrañas de nuestros vecinos, que han preferido ostentar menos?

Por: Jáiber Ladino Guapacha

Empecemos por una anécdota que solo parece implicar a los interesados.

B tiene un novio al que llamaremos 8. El año pasado, B llegó a mi casa aburrida porque 8, al parecer, tenía otra en Jericó, Antioquia. En ese momento tenía una pregunta provisional qué hacer y una respuesta para almacenar: ¿Por qué 8 trabaja allá? Porque la minera necesita de él, allá.

Lejos de preguntarnos por el chisme melodramático de B y 8, me pregunto por la actitud de los jericoanos frente a la minería. El lunes 25 de marzo, de Quinchía –donde viven B y 8,  fuimos un grupo de peregrinos bastante grande a impregnarnos un poco más de la Madre Laura, pronta su canonización en la tradición cristiana romana.

Me llamaron mucho la atención, desde que nos bajamos del bus, las banderas. Al principio pensé que se trataba de un ecologista aislado. Al avanzar me di cuenta que las banderas se iban sucediendo una a una, incluso había casas en las que se izaban dos o más, dependiendo de los balcones que tuvieran esas arquitecturas que consolidan lo que conocemos como colonización antioqueña. Las banderas son blancas y en letras rojas dicen NO A LA MINERÍA.

MINERIA

¿Por cuánto tiempo estarán allí? Me encantaría verlas aún, cuando venga a la fiesta por Laura Montoya. Más que el homenaje de los caballos y la limusina que planean en Medellín, siento que esta protesta identifica el querer de su corazón, pues en la oración y la contemplación de la vida indígena, Laura resignificó la relación del hombre occidental con la naturaleza. Por algo su comunidad ya ha regado nuestra tierra con la sangre de sus mártires. Por algo, han denunciado el avance devastador de las selvas, en el acompañamiento de aquellos a quienes Laura les encomendó.

No sé qué tan segura esté B de que 8 le es fiel. No sé si con los regalos que se desprenden del sueldo de él, tiren con más ganas. Lo que ahora parece que comprendo es, por qué 8 está trabajando en Jericó. Nosotros, en Quinchía, empeñamos nuestra alma y no colocamos las banderas. Allá, en cambio, parece que unos cuantos –mayoría, dado el número de banderas– ha vencido la tentación. ¿Estamos regalando la mano de obra, para que el capital extranjero, reviente las entrañas de nuestros vecinos, que han preferido ostentar menos?

Cuando se tiene hambre y pocas posibilidades, es difícil hablar de dignidad y de virtud. Y si un juicio resulta complicado, el compromiso aún más. Pero, qué valiosa ha sido la visita a Jericó. A muchos las prácticas piadosas y los artículos religiosos, quizá, no les dejaron ver las banderas. Otros pidiendo el favor a sus necesidades, quizá, solo vieron las letras al revés. Y otros nos incomodamos: o porque nuestros familiares y amantes trabajan para las mineras, y viendo las casas, sentimos que son rechazados.

O bien porque el mundo nos exige un compromiso que supera nuestras fuerzas. No obstante, no estamos solos. Hay que encontrar los hilos de solidaridad. Quizá hacer eco de su gesto, del de los pobladores de Jericó, en este medio, nos brinde luces sobre una forma cotidiana de hacer la resistencia.