CARLOS VICTORIAMedio país permaneció bloqueado, ciudades importantes sitiadas, puertos paralizados, y al gobierno solo le quedó responder con lo mejor que sabe hacer desde que la represión ha sido el “lenguaje” para responder ante los reclamos del pueblo.

Por: Carlos Victoria

Después del histórico paro cafetero el balance de poder al interior de este gremio que reúne a no menos de 500 mil familias deja un saldo favorable a sus promotores, y por tanto en crisis a la rancia burocracia que por décadas -desde  1927- ha hecho y deshecho con uno de los principales renglones de nuestra economía, a pesar que muchos ya la daban por extinguida. Las renuncias de figuras emblemáticas no se hicieron esperar. Es parte del  “soqueo” institucional, al que le debe apostar la resistencia y dignidad de los caficultores si en realidad pretenden reencauzar las políticas del sector, afectado hoy por la enfermedad holandesala recesión mundial y la desprotección gubernamental.

El paro demolió la vieja estructura de la Federación, arrasando con su mítica presencia allí justo donde su gestión se habían convertido en una especie de religión, pero también en un purgatorio del que han escapado gracias a romper con los hilos políticos e ideológicos que sirvieron de soporte a un modelo fracasado ante la triste contundencia de las cifras, y en particular de aquellas con las que hoy el gobierno se hace un mea culpa para encubrir la equivocada gestión de quienes dirigen a su vieja aliada en las montañas donde el café sacó la cara por nuestra economía

Este fin de semana en muchos municipios se celebraron reuniones desde las cuales se comenzaron a recolectar firmas para exigir la renuncia de sus representantes ante los comités municipales y departamentales. Si no logran reestructurar y democratizar la Federación, están dispuestos a construir una nueva, mientras las mesas técnicas surgidas del acuerdo ya comenzaron a tambalear porque el gobierno “nos comenzó a mamar gallo”, dijo ayer en Apía Francisco Herrera, uno de los líderes del movimiento. Los cafeteros están exigiendo, además, auditorías externas al Fondo Nacional y las cooperativas, muchas de las cuales experimentan millonarias pérdidas. En resumidas cuentas el problema no solo es de precios sino de democracia y transparencia.

La lucha de los caficultores también constató que en este país, como en otros de América Latina, hay más movimiento social que partidos y organizaciones políticas con la suficiente legitimidad para orientar y enfrentar la torpeza de gobiernos amarrados al neoliberalismo. Un hecho destacado del  paro es que jamás los caficultores cedieron un centímetro del espacio conquistado en las carreteras. Allí se hicieron presentes las voces ausentes de sus antepasados que a lo largo de 150 años vivieron junto al café. Su organización demostró hasta la saciedad que este cultivo los ha hecho fuertes, valientes y decididos. Una muralla humana se levantó y logró que el gobierno se sentara en Pereira, y no en Bogotá, a negociar el pliego.

Medio país permaneció bloqueado, ciudades importantes sitiadas, puertos paralizados, y al gobierno solo le quedó responder con lo mejor que sabe hacer desde que la represión ha sido el “lenguaje” para responder ante los reclamos del pueblo. Esta vez ni los gases ni las balas de goma funcionaron. Imágenes de campesinos mutilados, heridos y encarcelados  le dieron la vuelta al mundo. Las redes sociales se agigantaron y denunciaron la brutal agresión contra los cosecheros. El país urbano dirigió su mirada hacia esa Colombia rural negada, invisibilizada y  violentada. La pobreza en el campo por cuenta del credo globalizador mostró su verdadero rostro, tantas veces maquillado por la propaganda oficial.

El paro se levantó el 8 de marzo en medio de la desconfianza social; la manipulación mediática y la debilidad de un gobierno arrogante. La negociación es un pause en el camino a recorrer por todos los agricultores del país en vías de extinción tras la entronización de los tratados de libre de comercio que, poco a poco, vienen desmantelando sectores vitales de la economía, a cambio de privilegiar las inversiones en actividades extractivas derivadas de la minería a gran escala, las plantaciones para sustitutos energéticos, y las importaciones de bienes, con las que se golpea duramente la pequeña y mediana industria. Ahora, seguramente, caficultores, arroceros, cacaoteros, entre otros, vendrán por más, poniendo en aprietos a ese Estado que, con nuestros impuestos, ha sido destruido y saqueado por la corrupción y el mercado.

Otro lenguaje se tomó las conversaciones. En los campos universitarios, por ejemplo, no solo brotó la solidaridad con los caficultores, sino también la confusión sobre unidades, medidas, pesos y precios. El cafetal regresó a los salones de clase y su lugar natural: las cafe-terías. Escuché diatribas entre lo que es un carga de café y un arroba del mismo. Pero también millones de colombianos se percataron que el discurso de la prosperidad es un espejismo en el que solo cabe la imagen de quienes atesoran riqueza, legal e ilegal. Colombia no será la misma después del paro cafetero. No porque el gobierno de la prosperidad mostró el talante que lo ha unido a los regímenes anteriores: mentir y reprimir. Y para eso usa dos instrumentos: el Esmad y los medios adeptos.

Por instantes recordé las lecciones de Hobsbawm, sobre la vuelta de la tuerca a 1848,  desde la crisis de 2008 que ha hecho del mundo una marejada de indignados a punta de escupitajos y consignas, tomándose plazas, parajes y hasta los propios predios de los centros de poder mundial, como Wall Street, para desfogar su ira ante el fracaso del progreso, el desarrollo y lo que se parezca, en medio del desempleo, las carencias y el precio de la desigualdad (Stiglitz, 2011). La vertiginosa globalización capitalista destruye las viejas formas de vida y las relaciones humanas sin ofrecer alternativa alguna, dijo el historiador británico antes de partir el año pasado.

Los indignados de allá, son los embejucados de acá. Cité también a Gramsci: “Cuando los subalternos luchan políticamente para crear sus propias organizaciones cada vez más autónomas, lo hacen en diálogo con y en lucha contra las formas políticas dominantes”. Así fue y será.  “Ya sabemos cómo se hace un paro. Antes no sabíamos…”, le escuché decir a uno de los líderes cafeteros en La Marina, Risaralda. Comprendí, entonces, que sin lugar a dudas se había escrito una nueva página de la historia de los movimientos sociales en la Colombia que no se resigna a sufrir sin antes luchar por sus derechos; en esa Colombia agobiada pero resistente. Esa frase, también, me hizo recordar lo dicho por Immanuel Wallerstein: …el sistema no llega a “hacer sistema”, porque va de crisis en crisis y no logra reanudar con equilibrio.

Justo lo que vendrá: paros y más paros, por aquí y por allá. Mañana, por ejemplo, en las calles no estarán ni los cafeteros ni los estudiantes. Estarán los pensionados reclamando sus mesadas que no llegan por cuenta de otro engendro más: Colpensiones. Se están muriendo de hambre y solo tienen su voz para gritar y sus pies para marchar.