“La pared y la muralla son el papel del canalla”. Hoy, gracias a las TIC, “la muralla se ha cambiado por el muro de Facebook y la interfaz de otras redes sociales”.

 

Por / Eliécer Santanilla

Empiezo este texto confirmando que he sido objeto de la saña y el ataque artero enorme para demostrar lo maleable que es la opinión pública, lo ligeros que son los juicios del hombre y lo vulnerables que somos en esta descuartizada escena de la posmodernidad y sus medios emergentes…

He sido blanco de una vulgar estrategia de desprestigio, emanada de una oficina pública por un par de contratistas y funcionarios en absoluta desesperación por lo que creen es un ascenso en el poder y el estatus social. Yo soy Eliécer Santanilla, y no el tal Víctor Silampa.

La breve historia que les comparto insinúa mentiras, violencia, amenazas, maldad, sexo, conspiraciones, corrupción, política, sicarios, redes, comunicación; pero, ante todo, pretende hablar de un periodista cualquiera en una ciudad cualquiera, uno llamado Eliécer Santanilla.

Fue en octubre de 2019, en las postrimerías del debate electoral, cuando se dio inicio a una estructurada campaña de difamación, calumnia e injuria mediante un sistémico plan de acoso, a través de las redes sociales, que a la fecha no ha llegado a su fin.

Desde entonces han enlodado no solo mi imagen profesional sino también mi vida personal, inmiscuyéndose incluso con mi pareja, en una actitud miserable que me obliga a actuar frente a los desmanes que les contaré, consciente de lo molesto y riesgoso que podrá ser exponerme a una revictimización, pues aunque confío en el criterio y el rigor periodístico de muchos de mis colegas, nunca he gozado de la gracia de la mayoría.

El contenido que acompañó las publicaciones del 24 de octubre corresponden a un video montaje y fotomontaje, una fotografía donde aparezco con mi compañera, superpuesta en una imagen de un perfil falso en redes, rezando en color rojo, cual temerario panfleto “¡ya sabemos! quienes están detrás de Víctor Silampa”.

Con tan solo un clic, pasábamos a un video de carácter íntimo, donde se presume una relación sexual.

Publicación compartida en una gran variedad de grupos y páginas, algunos falsos, otros preexistentes y otros específicamente instalados para la ocasión. Acompañada, de amenazas y mensajes intimidantes.

Debo explicar que sobreponiéndonos a la vergüenza e intimidación de saber que mis vecinos murmurarían sobre el avejentado periodista y su joven compañera, entregados al hedonismo, y ubicándome a un lado del pueril ataque que buscaba volvernos objeto de inmunda vergüenza en la hipócrita comarca.

Surge el pánico natural de sentirse blanco de amenazas, y el miedo a señalamientos y ser expatriado de la nación de mis afectos, esa habitada por los amigos, clientes y colegas que paulatinamente dejaron de celebrar mis publicaciones periodísticas y logros, para ser parte de una desbandada del afecto y el reconocimiento hacia la desconfianza, el odio, el temor y una lancinante indiferencia.

“Duele sentir cada día el daño que estos ataques novatos generaron… coleriza ver que a pesar de la ausencia de técnica en ellos fueron efectivos porque gozaron de oportunismo y ante la escasez de agudeza mental, sobró rabia, odio, abundó la ira, mezcla suficiente para lastimar.”

Evidente ha sido el propósito flagrante de afectar la dignidad y honra de diferentes personalidades de la vida social y política del departamento, incluyendo exgobernantes y hoy gobernantes, a costas del uso lesivo y fraudulento de mi nombre a favor de una bodega, un cuartel financiado al parecer con recursos públicos, una oficina y su personal, burlando su real naturaleza al destinarse a la publicidad negra.

Sí, he guardado silencio ante los ataques que me señalan como Víctor Silampa, convencido de que esta falaz violencia se iría diluyendo ante el paso de los días y el término del furor electoral, agresión que nunca se redujo y más bien se incrementó aupada por mi tranquila contemplación.

Por tanto, hay que dejar en claro que soy víctima aunque no quiera, y no victimario de una serie de “denuncias” y falsedades que han caído sobre numerosos y reconocidos personajes de la vida política de la región, señalándome como el autor subversivo de esos golpes miserables, muchos de ellos sobre personas honorables que han sido determinantes en mi trasegar profesional y personal, y a las que nunca he pretendido ofender y mucho menos atacar, y si hoy me recibieran con facilidad les miraría a los ojos ofreciendo una disculpa no por ser culpable de nada, si no por ser la herramienta empleada por estos ungidos de falso poder.

Quienes están detrás de Víctor Silampa son un cardumen de mierda y verborrea, ponzoñas que irradian su veneno y su falsedad con la efectividad de una llama en campo seco.

Y qué mejor que ponerle de carne de cañón el espíritu de un periodista que no se ha dejado invisibilizar, y sigue haciendo periodismo con hambre, con hambre de verdad, sin pausa y sin pauta, y sin bendición alguna, tema muy difícil para algunos de los más agudos y visionarios de la escena local.

Reconozco en la creación del tal Silampa una gran habilidad para mimetizarse, aprovechar la oportunidad y saber cuándo y a quién atacar, exalto su capacidad de sintaxis y ausencia de escrúpulos, sumados a una creatividad sicarial… claro, es fácil denostar de los buenos y los malos sin distingo alguno, cuando es otro quien carga las consecuencias.

Pero, más allá de la existencia del tal Silampa, sin alma, sin domicilio, y sin carne, más afrentosos son quienes afirman que yo soy él, en busca del favor gubernamental.

¡No soy Víctor Silampa! No me escondo de nadie, siempre he dado la cara, incluso más para responder por mis errores y desaciertos que por mis triunfos y aciertos.

Ya he interpuesto la respectiva denuncia, con pruebas irrefutables… no me ando con aguas tibias, ni afanes protagónicos, soy un ser que hierve y quema, soy un hombre que he pataleado por el derecho a trabajar, nada me ha sido regalado y debo defender lo ganado.

Dirán que soy víctima de mi propio invento o que me han dado una cucharada de mi propia medicina, pues no, nunca he defendido lo indefendible y menos ataco lo inatacable; tengo el suficiente conocimiento y osadía para asirme de la verdad.

No seré más presa fácil de una estrategia de salón escolar con ínfulas de cuarto de guerra. Yo soy Eliécer Santanilla, no Víctor Silampa.

@Elisantanilla