Carteles y cartelitos han hecho del fútbol unos de sus juguetes preferidos, como también hicieron con los reinados de belleza, las campañas políticas, festejos populares y en suma todo aquello que les representara estatus y prestigio
Por: Carlos Victoria
El presidente de Millonarios, Felipe Gaitán la sacó del estadio. El escenario no pudo ser mejor: al pie de un templo de un templo del fútbol mundial. Razón tenía el periodista uruguayo que machacó con el tema tras la derrota de su seleccionado en Barranquilla. El rentado colombiano ha sido tan narco como muchos gobiernos que se instalaron en la Casa de Nariño. El crimen organizado asesinó árbitros, compró resultados, fletó periodistas, lavó dineros con la compra-venta de jugadores y, por supuesto, atenazó campeonatos envueltos en sangre, droga y corrupción.
Carteles y cartelitos han hecho del fútbol unos de sus juguetes preferidos, como también hicieron con los reinados de belleza, las campañas políticas, festejos populares y en suma todo aquello que les representara estatus y prestigio, como lo fue después de la colonia: tener tierra y ganado en señal de señorío, y hegemonía entre los parroquianos. Cuando recogí del suelo mortalmente herido al dirigente deportivo Carlos Arturo Mejía, días después que Colombia se coronara campeón del suramericano juvenil en Pereira (1987), no imaginábamos la dimensión del daño.
La iniciativa de arrancar del escudo, y de la historia también las estrellas de los títulos de 1977 y 1978, son apenas una muestra de compromiso con la verdad, la misma que se ha ocultado alrededor de una actividad deportiva emblemática del país y el mundo. Los recientes casos en el fútbol italiano y el ciclista norteamericano, Lance Edward Armstrong, varias veces campeón del tour de Francia, son un ejemplo de la justicia y el respeto que debe imperar por los rivales en cualquier juego. Aún están frescas las imágenes del “Patrón del Mal” haciendo trampa en una carrera de automóviles en las que recurrió a lo imposible por llegar primero a la meta.
Por supuesto que el tema cayó como un baldado de agua fría para la institucionalidad del todo vale. Para la cultura de encubrir, tergiversar e impedir a cualquier costo que Colombia sea un país donde la transparencia sea la regla del juego principal. Los gritos de algunos comentaristas deportivos tras condenar a Gaitán y solicitarle la renuncia, es solo el reflejo del inmenso poder que ha tenido la capacidad corruptora de la ilegalidad en estas y otras actividades que hacen parte del ADN de los colombianos. El problema para estos sectores es que Gaitán no tiene rabo de paja, a no ser que mañana el cartel de testigos se invente una acusación para desprestigiarlo.
Millonarios, como otros clubes deportivos de gran arraigo popular, fue depredado posteriormente por avivatos y carroñeros del fútbol, una vez que los narco dólares de Rodríguez Gacha se entreveraran en la madeja del lavado. La institución estuvo a punto de desaparecer, hasta que miles de seguidores lo rescataran de la olla podrida en la que se encontraba. En menos de dos años financiara y deportivamente Millonarios camina por la legalidad empresarial, y no desde la función destructiva en lo moral y financiero después de la mano negra que lo capturó. Si hay dignidad en Colombia los demás clubes implicados deberían seguir el ejemplo, a ver si algún día podemos valorar la honradez por encima de cualquier resultado económico, deportivo, político, etc.
*Soy hincha de Millonarios por herencia paterna. Mi padre murió sin volver a celebrar una estrella de su amado club por el que dio la vida. En manos de delincuentes no valía la pena. Hoy la historia tiene un nombre sublime: ética. El campeonato que está por jugar.

