EDGAR EDUARDO PULIDO (COL)De tal tamaño es la división de Uribe y Santos. Sin embargo, ese hecho de las divisiones internas dentro de los sectores hegemónicos responde a un factor sencillo: no hay otros actores que pongan en peligro sus intereses comunes: los de clase.

 

Por: Edgar Eduardo Pulido García

El acuerdo en justicia transicional entre las Farc y el Gobierno ha demostrado que es mucha y turbia el agua que separa actualmente al Presidente Santos y a su antecesor Álvaro Uribe, como en las guerras coloniales entre naciones del siglo XIX en Europa, cada uno ha ubicado sus soldados al frente, esperando el sonido estridente que llama a la confrontación… al menos eso parece.

Ningún trino puede negar que el uno fue la estrella de la administración del otro y, más aún, no se puede dejar pasar de soslayo que los dos son representantes de sectores diferentes de la misma clase, sectores que por décadas han cohabitado en una simbiosis; uno hijo del grupo industrial y financiero que guarda con escozor así como con recelo los dineros llevados en jeep y arrumados en sacos de café de la contraparte (narco) terrateniente de la que el otro proviene.

Una unión secular, el uno arraigado en los medios de comunicación, las instituciones del orden nacional y la incipiente economía industrial y el otro incrustado en el militarismo legal e ilegal, empoderado de la política local y el narcotráfico. Un perfecto matrimonio económico, al que solo le faltaba que uno de los hijos del uno se casara con una de las hijas del otro para sellar esta alianza tejida por la “evolución productiva” del país en una bella canción de vallenato.

Sin embargo, la guerra que tanto convenía a uno y que al otro directamente beneficiaba dejó de ser rentable. EE UU, importante en esta unión, asumió la crisis disminuyendo los fondos para el plan Colombia, el grueso de los dineros de la guerra lo asume ahora el país y el interés que queda en los bancos del lavado del narcotráfico ya no es suficiente como para justificar el gasto que genera el conflicto. Y más importante, el TLC por fin firmado, está limitado por el golpe más estratégico que han propinado las guerrillas: tener sus combatientes parados en donde se concentran las mayores reservas de minerales, hidrocarburos y materias primas; la tesis de Uribe de confrontar la insurgencia militarmente y desplazar (muy literal por cierto) su base social, hasta reducirla a zonas marginadas pero sin eliminarla del todo para justificar la guerra, demostró no ser práctica a mediano y largo plazo, es como tratar de secar un río a punta de golpes de espada, de pronto el agua de momento disminuye, pero cuando la espada se cansa el río vuelve a crecer, los mismos daños constantes que sufren multinacionales como Pacific Rubiales por cuenta de los atentados, las extorsiones y el gasto en esquemas de seguridad para sus directivos, no deben ser vistos con buenos ojos desde afuera. Sin contar con los temitas incómodos de las violaciones de DD HH, falsos positivos, estigmatización del movimiento social, desapariciones forzadas, presos políticos…

En ese sentido la fórmula de Santos parece ser más factible: negociar, conseguir algunas dádivas y ceder en una que otra cosilla con tal de sacar del barro y la manigua a esos hombres y mujeres con AK-47 que impiden la llegada de las dragas y la maquinaria, es más fácil contenerlos con gases en el asfalto de Bogotá durante una marcha por la séptima o dejarlos hablar por horas durante los infértiles debates en el congreso. El tema es que esa salida no conviene mucho al sector de Uribe, el militarismo es toda una industria, pero además es una excelente cortina de humo para ocultar el narcotráfico y un medio ideal para conseguir las mejores tierras a precio de bala. Hablando en plata blanca esos ricos que vienen del campo nunca han sido muy bien recibidos en el Country y si ese mismo dinero que traen ellos sucio y en sacos se pudiera cambiar por dólares recién salidos mejor, con eso se evitan de una vez la incomodidad de hacer sociedad con gente menos refinada que el petróleo que sacan del Meta y el Vichada. A toda máquina le están apostando para cambiar las drogas por las dragas.

De tal tamaño es la división de Uribe y Santos. Sin embargo, ese hecho de las divisiones internas dentro de los sectores hegemónicos responde a un factor sencillo: no hay otros actores que pongan en peligro sus intereses comunes: los de clase. Para ello basta con recordar cómo para aplastar a la Comuna de París, el ejército de Prusia liberó a los soldados franceses que se encontraban como prisioneros de guerra para que fueran a combatir por la defensa del régimen. No extrañaría que estos hoy consabidos rivales, se vuelvan nuevamente aliados ante un resurgimiento del movimiento social y popular en el marco de la lucha por la paz, esa misma cárcel que hoy persigue al uribismo, puede ser abierta en caso de ser necesario. Finalmente, Uribe y Santos son hijos de padres diferentes, pero paridos por la misma madre.