“ellos vinieron a marchitar las flores,

vinieron a marchitar nuestra flor para hacer que su flor floreciera”

De un poema náhuatl

 

Por: Gloria Inés Escobar

La sangre sigue corriendo, a veces, en hilos pequeños y otras, formando ríos. Así fue en el pasado cuando los civilizados españoles enseñaron a sus perros a cazar y matar salvajes y así es ahora cuando las balas de los hermanos blancos los persiguen hasta encontrarlos.

Resguardados en las cimas de las montañas o cercados por monocultivos que amenazan con tragárselos; asechados por el progreso que prometen los empresarios; adoctrinados por la religión y la orgullosa cultura occidental; despreciados por todos aquellos que se asumen superiores; acosados por los grandes capitales, nacionales y extranjeros, para quienes no son más que fastidiosos obstáculos en su próspero camino; sitiados por el hambre, la miseria y la violencia; expulsados de sus tierras, despojados de su cultura, azotados por la cómplice indiferencia de los mestizos… los nativos, los legítimos dueñas de esta tierra, son obligados a huir a lo más profundo de la selva, a lo más alto de la montaña, a lo más recóndito del llano y, cuando no les queda otro camino, al asfalto de las ciudades.

Desesperados ante el peligro real de perder sus vidas en una persecución que no les da tregua, buscan refugio en cualquier rincón, pero no hay sitio seguro para ellos, al final siempre están solos y acorralados porque se nos ha enseñado a verlos con desconfianza, con asco; se nos ha enseñado a repudiarlos por indios, por memes, por brutos, por perezosos, por lo que sea, pero se nos ha enseñado a despreciarlos,

Los más aguerridos, los que se han resistido con todas sus fuerzas a seguir siendo tratados como animales, los que han luchado por su tierra, por su vida y su cultura, los que han resistido hasta el final el embate de los blancos, también han sido acorralados. Su sangre, la antigua y la fresca, sigue fluyendo por el monte, por las carreteras, por los ríos.

El exterminio de la conquista no ha cesado, han cambiado los rostros, los discursos, los acentos, las manos criminales, pero no los motivos que lo impulsan: la apropiación ilegítima de la tierra, es decir, de sus recursos naturales, de sus riquezas.

No, no ha sido suficiente el robo y la expoliación de tantos años, falta más, mucho más. Falta más tierra para el ganado, para la palma africana y la agroindustria, para la minería, para las represas, para los grandes negocios, para… el progreso de los blancos, de unos cuantos, de los más rapaces, de los insaciables, de los adalides del capitalismo voraz.

Por eso la sangre sigue rodando, llenando de dolor al indio y de satisfacción al blanco; de derrota a los pueblos, pero de victoria a los potentados, de desolación a unos y de satisfacción a los otros.

No importa que la Constitución del 91 los hubiera hecho visibles y reconocidos, por fin, como hijos de la patria, su condición de parias, de indeseables, no quedó abolida por la ley, la Constitución no los amparó más que en el papel porque en la práctica su persecución continúa pues el objetivo inicial de esta, su exterminio, no ha concluido, sigue siendo una tarea inconclusa.

Y es que los motivos de su aniquilación no radican en sus costumbres, aunque estas choquen con el gusto de la fina modernidad; no está en el color de su piel pese a que ofenda la pureza de los blancos; tampoco se halla en su idioma, aunque se considere una jerigonza altisonante; menos aún radica en su apariencia, aunque sea una afrenta a la estética imperante. No, nada de eso importa, aunque se rechace, a pesar de que moleste; con todo ello se puede convivir, todo ello sería soportable y hasta aceptado. Lo que hace al pueblo indígena intolerable es la poca tierra que no han logrado arrebatarle, sino fuera por ella, andaría libre y ajeno a la mirada y a la persecución sistemática e implacable de quienes hoy, como ayer, los tienen en la mira.