No es seguro el club ni el aeropuerto ni la calle en una fecha nacional, ni un bar donde suenan guitarras desgarradas, ni el templo donde se hincan miles de rodillas a rogar que el miedo cese, que dejemos de matarnos, que empecemos a entendernos en medio de tantas diferencias. Dios no escucha. Alá tampoco.

 

Giussepe Ramirez (col)Por Giussepe Ramírez

Lo cruel, lo angustioso del terror es su silencio, su carácter soterrado, la sorpresa del acto imprevisible, la incapacidad de los servicios de inteligencia para detener a lobos solitarios. Está suspendido en el aire como el miasma de un botadero que no vemos. La gente recorre la ciudad con temor a un auto abandonado, a un viandante con atuendo diferente, a una bolsa de basura dejada en un lugar inadecuado. Todos los objetos se cargan de peligro. El miedo apoderándose tácitamente de las calles y los andenes, volando como un ave rapaz en busca de su próxima presa. Es invisible, pero en un segundo puede pasar por encima de nosotros y volarnos la cabeza, apagar el alma de los seres queridos.

No habría que atravesar el Atlántico para sentirlo. Colombia ha vivido los estruendos asesinos a horas intempestivas, o los vidrios rotos de un edificio con la tarde despuntando. Solo sería necesario hojear una revista de los ochenta, noventa o un periódico de los primeros años del siglo, y oler el aire enrarecido, el miedo de la gente caminando con premura para no ser alcanzada por la onda y las esquirlas, protegiendo la cabeza con las manos, y la nariz plagada de pólvora y el olor dulce de la sangre.

No es seguro el club ni el aeropuerto ni la calle en una fecha nacional, ni un bar donde suenan guitarras desgarradas, ni el templo donde se hincan miles de rodillas a rogar que el miedo cese, que dejemos de matarnos, que empecemos a entendernos en medio de tantas diferencias. Dios no escucha. Alá tampoco. Están trabados en una discusión por saber quién es el verdadero. Afuera sigue el estrépito de bombas y disparos, de sirenas y de gritos.

El pánico dobla con tranquilidad por las esquinas en una ciudad fantasma donde la orden es resguardarse en las casas. Se regodea pateando una lata por los sardineles. Sabe que es el dueño del espacio, que ha tomado control de las personas que se esconden.

Entonces, informarse se convierte en masoquismo. Hay un bombardeo de fotos, videos, llamadas pidiendo auxilio, el último mensaje despidiéndose; la imagen pixelada de la frialdad en el rostro de un hombre próximo a asesinar a decenas de personas, el arsenal que escondía en casa, el desorden de la policía buscando pistas, los testimonios de los vecinos cayendo en cuenta de la amenaza que tenían cerca, la minibiografía del autor del atentado. El miedo se ríe en el banco de un parque desolado porque se está reproduciendo desaforadamente. Sigue andando y reconoce el efecto amplificador de un solo acto.

Más que los rifles o los artefactos explosivos, el miedo es el arma preferida para tener a una ciudad en continuo estado de intranquilidad y sospecha. Con el miedo han gobernado, educado, convencido a la población de guerras inventadas, atizado el odio contra un grupo de personas. Algunos tan solo se valen del discurso para afianzarlo, otros acuden a las armas, a un camión transitando casi dos kilómetros con la única intención de arrollar peatones. El terror parece estar ganando la batalla.