Es así como muchos han preferido el manoseado carácter de defender esto último hasta el punto de utilizar la violencia para tal fin. La lógica de los violentos.

SIMON BLAIR (IZQ)Por: Simón Blair

Se ha especulado que los problemas derivados del terrorismo islámico no pueden confundirse con un problema religioso -dando a entender, quizá, que la religión es morigerada, pacífica-. La analista política de NTN24 Muni Jensen ha dicho que no podemos jugar a las cartas con estos grupos porque las cuestiones religiosas son, antes que nada, imposibles de solucionar. Y que, en consecuencia, sólo se debe contrarrestar el terrorismo desde la política.

El argumento me parece poderoso aunque creo que esconde las verdaderas causas del problema: porque antes que nada los atentados de los radicales están enraizados en creencias religiosas que muchos acuden a llamar extremistas o fundamentalistas.

Pero vale darse una vuelta por la historia de las religiones para enterarse que cada una de ellas tomó rumbos distintos. Nuestras ideas occidentales basadas en los principios de la democracia y libertad llegaron a un punto en que parecemos percibir contradicciones. Por ejemplo, el debate entre libertad de opinión y el respeto a los demás. Es así como muchos han preferido el manoseado carácter de defender esto último hasta el punto de utilizar la violencia para tal fin. La lógica de los violentos.

El debate sobre lo religioso no me parece pueril, al contrario, creo que demuestra las incongruencias de todas las religiones y en especial del islamismo. Bastó ver las noticias que circularon el día diecisiete de enero para comprender que el problema no es sólo de fundamentalistas, sino de toda una religión y una civilización. Es muy simple. ¿Por qué el cristianismo de occidente ha dejado de cometer, como en el pasado, una gran cantidad de crímenes que justifican el asesinato y la hoguera como hoy lo representa el islam? Quiero decir, al menos, delitos que no son directos como el atentado a la revista Charlie Hebdo, pues en cuestiones de libertad de pensamiento y de educación científica siguen siendo igualmente perversos.

El cristianismo no ha continuado siendo así porque el desarrollo de la civilización occidental no lo ha permitido; los influjos de la Ilustración, el gran avance de la ciencia, las universidades, los libros, la libertad, la separación del Estado y la Iglesia han estado presentes para disminuir la influencia de la religión cada vez más en nuestras vidas. Por esta razón muchos autoproclamados católicos se comportan contrario a lo estipulado por sus creencias sin que lleguen a darse cuenta. La separación paulatina de la religión ha permitido que, por ejemplo, muchas personas usen condón y tomen anticonceptivos aunque sean católicos de familia.

También es claro que sólo tendemos a llamar radicales a quien usan la violencia. Pero a mí me resulta igualmente perverso pretender llamar moderados a quienes pretenden limitar las libertades que nuestros países han conseguido a lo largo de su historia. Miles de musulmanes se reunieron en los principales países que profesan esta religión para rechazar la última edición de la revista satírica Charlie Hebdo quemando banderas de Estados Unidos y Francia (recordemos que en estos países no es delito insultar los símbolos patrios) porque, según ellos, irrespeta a su profeta alegando que los dioses y santos tienen derechos.

Basta echar un vistazo a la legislaciones o mejor, a los “reglamentos comportamentales” de ISIS y de Arabia Saudita para notar las nimias diferencias entre ellos. El adulterio, la apostasía, la blasfemia son castigados igualmente por ambas partes: con cien latigazos, con pena de muerte, con el exilio. La religión es la gran culpable. La radicalización religiosa no sólo existe cuando se ataca a un país de occidente, sino también cuando los propios ciudadanos del país están sometidos a vejámenes que atentan contra su dignidad.

Es lo que sucede cuando la religión está tan íntimamente ligada a nuestras vidas, conteniendo cada respiro y juzgando todo lo que obramos y decimos. Es lo que acontece en nuestras ciudades cuando un individuo es criado con un libro que se toma como ley no sólo divina, sino terrenal; y cuando ellos creen, como muchos cristianos, budistas, hinduistas, mormones, chamanes, que la verdad reside en ellos, como ley última y como ley primera.

Esto tal vez pueda llamarnos a reflexionar sobre el papel de la educación religiosa en nuestras vidas, de lo terrible que puede llegar a convertirse el inculcamiento de valores que no admiten la libertad de pensamiento, la defensa de lo que nos hace partícipes de comunidades globales y no fragmentadas, de defender pacíficamente nuestras diferencias y de discutir con total libertad hasta de lo más sagrado.

A pesar de la occidentofobia común de muchos de nuestros semejantes, vemos que los casos de apertura se dan en esta región del mundo y que nos cuesta mucho tratar de encontrar una salida a la radicalización de la vida en los países árabes. Por esto creo, como Jensen, que sólo la política podrá acabar con los fundamentalistas.