Mateo Ortiz GiraldoEste hombre es, pues, la viva imagen de la felicidad, del colombiano mamagallista, sonriente y que, sobre todo, explica con ejemplo porqué Colombia es uno de los países más felices del mundo.

Por: Mateo Ortiz Giraldo

La vida de Memorioso resulta ser una sucesión infinita de problemas y abatimientos: recuerda su primer cumpleaños; el color del vestido de su tía al caarse; qué candidato presidencial fue de su escogencia la primera vez que fue un adulto jurídicamente constituido; recuerda qué cenó hace dos días y hasta la fecha de su matrimonio.

El pobre Memorioso recorre las calles, triste, con la mirada clavada en los baches del camino, observando el paisaje y comparándole con el de hace algunos meses; hay cambios por todas partes: quitaron un árbol en la avenida primera, sembraron un supermercado en una reserva natural; aumentaron la tarifa del servicio público de transporte. Angustiado muerde sus uñas, algunas las traga y hieren su estómago; este pobre ciudadano condenado con el don de recordar eventos lejanos, está al punto del colapso absoluto, el estrés crónico le tensa los músculos, le pone rígido el corazón, le causa calambres en la mano izquierda y, inevitablemente, cae fulminado sobre el andén justo en el momento exacto en que el último remache de metal se incrusta en una valla de publicidad política que exhibe un candidato presidencial el cual expone su gran orgullo patrio.

Pero, a pocos metros de distancia, va pasando Olvidón. Olvidón es un nativo de pura cepa colombiana: disfruta de los partidos de fútbol programados para fechas de elecciones políticas; discute enardecidamente cuando un reinado de belleza es emitido y la candidata de su región no es coronada como soberana nacional; adora al primer político que le regale una teja y tres cajas de cartón en la cuales meter la cabeza; no merca cada cuatro años de Enero a Mayo; usa el periódico para envolver pocillos y tasas de porcelana; en fin, todos estos elementos que son tan propios de esta bella idiosincrasia colombiana.

Don Olvidón, al contrario del señor Memorioso, es un hombre feliz, con una calurosa sonrisa que ofrece todos los días a sus compañeros de trabajo; él no recuerda qué desayunó en la mañana o cómo se llama el senador o congresista por el cual votó, mucho menos su mente alberga el recuerdo del partido político al cuál éste pertenecía (Por cierto –dice con una cómica mueca de desinterés– ¿qué es un partido político?); tampoco rememora la fecha de cumpleaños de ninguno de sus seis hijos o  sus respectivas edades. Este hombre es, pues, la viva imagen de la felicidad, del colombiano mamagallista, sonriente y que, sobre todo, explica con ejemplo porqué Colombia es uno de los países más felices del mundo.

El señor Olvidón roza con la bota de su pantalón el rostro muerto de Memorioso, él, usando la costumbre como hábito, ignoró su caída y por tanto el cadáver de su vecino le pareció parte del paisaje. Olvidón, además de ser despistado, va con un apuro terrible, pues en pocos minutos se cerrarán los puestos de votación y está tratando de correr, sonreír y recodar por quién la pantalla de su amado televisor le encomendó votar; todo al mismo tiempo. Don Olvidón llega, después de una larga fila y de una ardua espera, a la mesa donde le entregarán el tarjetón electoral. La dama jurado de ese lugar estira su mano para suministrarle el papelito con cuatro caras alegres, además de un cuadrito en blanco impreso él, mientras que don Olvidón proporciona su documento de identidad acompañando la entrega de una de sus felices sonrisas.