Lo grave del asunto es que para las personas despojadas del tiempo solo quedan los ansiolíticos y la cocaína, esa droga inventada para sintonizar a la gente con el vértigo de sus propios afanes.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

“Todo pasa tan rápido”, me dice la joven estudiante de periodismo, mientras sus dedos pulgares se exigen a fondo para responder y enviar mensajes a todos los  rincones del planeta.

Poco importa si, en últimas, nadie o casi nadie los lee.

Como todos sus congéneres, ella se siente parte de un proyecto universal que millones de terrícolas forjan con sus dedos.

Igual que Dios.

Ustedes saben: el buen Dios tomó el barro primordial, lo amasó con sus dedos, sopló y…

Pero en el relato bíblico Dios disponía de todo el tiempo del mundo. Sí: todo el tiempo del mundo.

Por eso  pudo crear el universo en siete días para, acto seguido, echarse  a dormir a pierna suelta por toda la eternidad.

Nosotros, pobres mortales del siglo XXI,  ya no tenemos tiempo.

O mejor dicho: el tiempo nos dejó atrás y por eso nos afanamos en alcanzarlo, como esta chica cuyos pulgares podrían ganar el campeonato mundial de velocidad digital.

Si. Sospecho que a la vuelta de unos meses oiremos hablar del primer campeonato mundial de velocidad en Twitter.

El problema es que ignoramos adonde vayan a parar los atletas. En esa autopista suele suceder que los dedos corran más rápido que las ideas.

Como los mensajes deben escribirse a toda prisa para no quedarse atrás, las palabras salen atropelladas, confusas, sin aliento.

Disnea llaman a eso los médicos.

Se trata de ver quién opina primero, no quien lo hace mejor.

Además, salvo uno que otro genio del aforismo extraviado por allí, es difícil que alguien pueda escribir algo sensato en ciento cuarenta caracteres.

Eso explica que twitter no tardara en convertirse en el reino del caos, del atropello, de la confusión.

Lo más parecido a un galpón de pollos dotado de amplificación propia.

Los usuarios ponen me  gusta y reenvían mensajes sin fijarse en el contenido y menos en las implicaciones.

Podrían incendiar el mundo sin darse por enterados.

“Todo pasa tan rápido”, repite con aire autista la joven estudiante de periodismo.

Hace un par de meses escribía sobre la inminente tragedia de Hidroituango.

Cuatro semanas atrás se ocupaba de las minucias del Mundial de Fútbol en Rusia y de lo organizados que fueron los anfitriones.

¿Se detendría a pensar en las atrocidades que pudo haber escondido el régimen de Putin con tal de mostrarle al mundo sólo la cara amable?

No importa. La muchacha ahora se ocupa de “El caso Uribe”. Porque los hechos más aberrantes cambiaron de nombre y ahora se llaman  “Casos”.

Sobre esto último la  joven estudiante ha investigado poco, como correspondería al oficio que pretende desempeñar.

Pero opina, ateniéndose a otro engendro del mundo virtual: las tendencias.

Unos aseguran que el protagonista del caso es un villano. Otros que es un héroe perseguido.

Pero nadie aporta pruebas: todo pasa tan rápido.

Porque todo pasa tan rápido, los niños, los jóvenes, los adultos y los ancianos se consagran al ritual de tomarse selfies.

En  la cocina, en el comedor, en  el centro comercial, en el restaurante, en el retrete, en la playa, en el motel.

Es la única manera de probar la propia existencia.

Por eso mismo hacen público lo más íntimo: si el mundo no se entera es como si jamás hubiera sucedido.

Todo pasa tan rápido.

He visto  peatones  atropellados por cruzar la calle tres segundos antes de que el semáforo cambiara a su favor.

Algo o alguien los empujó.

Quién iba a ser sino los dedos del tiempo.

Lo grave del asunto es que para las personas despojadas del tiempo solo quedan los ansiolíticos y la cocaína, esa droga inventada para sintonizar a la gente con el vértigo de sus propios afanes.

Los del trabajo, los del descanso y los de la diversión.

Todos están inscritos en los códigos de la producción y el consumo, porque incluso los instantes de goce y reposo tienen su propio tiempo y lugar en las agendas.

Todo pasa tan rápido.

En el reloj ha transcurrido una hora y la joven estudiante no ha desviado la mirada un solo instante de la pantalla de su teléfono.

Afuera pasa el mundo, pero ella no se puede permitir el lujo de echarle una ojeada. Por si acaso.

Si lo hace podría perder algo que se le antoja irrecuperable.

Los hombres de otras épocas creían  tener todo el tiempo del mundo.

Para jugar, pensar, caminar, batallar, ganar, perder, amar, odiar, fornicar, trabajar.

Y, sobre todo,  tiempo para derrochar a manos llenas.

Todo el tiempo del mundo. Es decir, la eternidad.

Quizás era solo una ilusión. Pero era una ilusión gozosa.

No este reino de ansiedades de quienes solo atinan a repetir que todo pasa muy rápido.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada