Se fueron a Anserma y se consiguieron a uno de esos hombres verracos y malos que quedaban de la guerra entre liberales y conservadores. Un tal “Costal”. 

Óleo sobre lienzo, de Ignacio Monje Cardozo.

Por: Ignacio Escobar

Dos hermanos heredaron del divorcio de sus padres una finca que quedaba entre los municipios de Anserma y Risaralda. En la finca decidieron cultivar plátano y café pero necesitaban a alguien que los sembrara, así que recogieron a tres hermanos que vivían en el pueblo, en condiciones de indigencia y les dijeron “bueno, vénganse para esta finca y trabajen la tierra. Trabájenla y nosotros les pagamos”.

Se fueron los tres hermanos para la finca y comenzaron a sembrarla y los dueños al ver que eran tan buenos trabajadores y que las cosas estaban saliendo tan bien, les enseñaron a leer y a escribir, en recompensa por ser tan buenos empleados. Pasado el tiempo los tres hermanos les dijeron a los dueños de la finca ·se tienen que ir, esta finca es de nosotros. Nosotros la estamos trabajando. Ustedes no pueden seguir aquí, así que se deben de ir tal día·.

Los dueños de la finca al ver esta situación pidieron ayuda a la policía en el pueblo y los oficiales les dijeron que no podían hacer nada. Que solucionaran ellos ese problema, que la policía no se metía. Uno de los dos hermanos al ver esta situación, dijo: “no nos vamos a ir, espere y verá. Vamos a conseguir a un tipo que nos haga esta vuelta, nosotros le pagamos”.

Óleo sobre lienzo, de Ricardo Raúl Bossié.

Se fueron a Anserma y se consiguieron a uno de esos hombres verracos y malos que quedaban de la guerra entre liberales y conservadores. Un tal “Costal”. Fueron donde “Costal” y él les dijo que listo, no había ningún problema. Eso lo arreglamos. Entonces se fueron los dos hermanos con “Costal” para la finca y no ingresaron a la casa, sino que se hicieron en un sembrado de café.  Desde ahí esperaron a los tres hermanos, que llegaron acompañados por otras ocho personas, gente del hampa que había  en el pueblo. Los bandidos prenden a bala la casa, matan a las gallinas. Dañan las ventanas, las puertas y cuando se iban a ir, los dueños de la finca y “Costal” les salen al paso y los encañonan.

Encañonados, los amarran a los once y se los llevan a la ribera del río Risaralda. Ahí les van disparando en la cabeza de uno en uno, ¡pum!, ¡pum!, ¡pum!, y los van tirando al río.

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Una historia de autodefensa, de supervivencia. ¡Pobre Colombia! Por último, uno de los dos hermanos es ahora un prestante abogado de la ciudad de Pereira.