Comparado con el año de la encuesta de Mito, nuestro ambiente cultural produce arcadas: muerto Gaitán Durán y decapitada con el sable de la burocracia su generación, nos queda una tropa de escribanos complacientes hasta la ridiculez con los caprichos de Daniel Samper Ospina. Si no me cree, pregúntele a Alfredo Molano.

Por: Ángel Castaño Guzmán

denarioEn junio de 1959 la revista Mito convocó un debate sobre el papel de los intelectuales frente a la violencia partidista. Ya entonces Bernardo Ramírez y Fernando Charry Lara, cada uno por su lado, formularon un par de preguntas inquietantes: ¿hay auténticos intelectuales en Colombia? ¿O se trata de simples periodistas políticos?

¿En virtud de qué alguien es digno de llevar en la solapa la flor?, inquiero cinco decenios después. La respuesta parcial al último punto la trae el pasado: intelectual es aquel que, como lo hicieran Sartre y Camus en Francia, Russell en Inglaterra, Ortega y Gasset en España, Gaitán Durán en Colombia, y Paz y Monsiváis en México, participa con libertad en los debates públicos, elevando el nivel de la opinión. En consecuencia, así sean pocos, aquí sí los hay. No se les debe confundir con el académico ni con el literato ni, mucho menos, con la enciclopedia ambulante. Su hábitat son las páginas de los periódicos y, gracias al avance de las tecnologías, los blogs. También se les puede encontrar en la presidencia de una editorial. Ahora, no todos los columnistas lo son. En la prensa colombiana abunda el profesional de la carreta –apelativo inventado por Alejandro Gaviria–, cuya tarea consiste es hacerse pasar por liebre siendo gato y usufructuar sus dividendos sociales: conferencias, simposios, encuentros, en fin.

¿A quién le importa si hay o no intelectuales en ejercicio? A muy pocos, la verdad sea dicha. Las ideas dejaron de ser el motor de la vida y la cultura de los pueblos. Hoy importan las imágenes, los conceptos inofensivos y de rápido consumo. Quizá alguien a esta altura respingue la nariz, se lleve la mano a la frente, mueva con indulgencia la cabeza y, entre dientes, diga: “ya viene con el cuento de la sociedad del espectáculo”. Bingo. Con al menos tres generaciones de Homo videns, para usar la categoría propuesta por Sartori, las dinámicas sociales de la contemporaneidad responden a la publicidad y sus adláteres y no a la adhesión consciente y voluntaria. Lo dicho aplica casi por igual a la venta de pantalones, la carrera electoral de un individuo o a la lista de los libros más vendidos.

Hemos llegado a un punto de quiebre: el fútbol moviliza a la gente con mayor eficacia que las plataformas políticas, las revistas de chismes duran menos tiempo en los quioscos, la internet, la herramienta soñada por Johnson y Borges, no se emplea en la apertura de los horizontes mentales sino en suplantar el contacto humano. Sí, lo sé: además de cómodo, el lamento ante la banalidad del mundo granjea palmaditas en la espalda y sonrisas de afecto. Y sí, durante la historia siempre han sido minoría los letrados. No obstante, no deja de ser molesto comprobar que la vieja consigna romana del pan y el circo, a pesar del cristianismo, del renacimiento, de la revolución francesa y el positivismo, de la física cuántica y otros hitos, conserve pasmosa vigencia.

El cronista Alberto Salcedo hace poco censuró la grosera ignorancia de los gacetilleros y, peor, de los pontífices de los asuntos culturales de la nación. Antes, Jorge Child ridiculizó, con maestría comparable a la de Klim, la prepotencia de los potentados de las artes. El simulacro, los cocteles, las cenas regadas con whiskies en presencia de fotógrafos y en compañía de presentadoras recién llegadas de las pasarelas de Cartagena, son hoy el pasaporte a la celebridad intelectual. Si se tiene un bronceado cool, un arsenal de citas ingeniosas y se cuenta con el guiño del pontífice de turno, no falta nada. Comparado con el año de la encuesta de Mito, nuestro ambiente cultural produce arcadas: muerto Gaitán Durán y decapitada con el sable de la burocracia su generación, nos queda una tropa de escribanos complacientes hasta la ridiculez con los caprichos de Daniel Samper Ospina. Si no me cree, pregúntele a Alfredo Molano.