Las leyes no pueden impedir que se realicen los deseos de estos proto-traquetos, así que no es necesario ni respetar las normas de tránsito, ni mucho menos las normas mínimas de convivencia.

 

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea

Que Colombia sea una sociedad atravesada hasta la raíz por el narcotráfico es una verdad, como pocas, inapelable. Los años de lucha frontal contra el narcotráfico y sus figuras míticas, aquellos bandoleros que ponían bombas y construían barrios, marcó esta sociedad.

Delincuentes que encarnaban al mismo tiempo la figura de salvadores y verdugos, que con una mano ofrecían bienestar y con la otra explotaban bombas o descuartizaban personas.

No es posible superar un pasado cuando este todavía habita el presente, como lo hace el narcotráfico hoy por hoy. Es claro que ya los narcos, en su mayoría, no son aquellos personajes que ostentan el poder a la vista de todos. Sin embargo, el narcotráfico persiste con todo: negocio, drogas, excesos, poder y muerte.

Solo basta mirar la actualidad política y social del país para reconocer una verdad que muchos prefieren ignorar. De esta lucha contra el narcotráfico no solo han quedado muertos y kilos de droga exportada o consumida en el país, también ha permitido que resida un ethos (modo de ser) en muchos colombianos.

Y así, al caminar por las calles de cualquier barrio, no sorprende ver calcomanías de Pablo Escobar o camisetas con su rostro. O qué decir del auge como youtuber, hasta su recaptura, de Popeye, uno de los sicarios del cartel de Medellín. Cada uno de estos fenómenos son muestra latente en la sociedad colombiana de un modo de ser que, inconsciente o conscientemente, se vive a diario.

Si Weber analiza la sociedad capitalista a partir de la ética protestante, nosotros podemos intentar comprender la sociedad colombiana a partir de un modo de ser del traqueto. Un primer escalón para tener en cuenta es la lógica del trabajo; Jorge Orlando Melo en su Historia mínima de Colombia ofrece claves para esta ética de la sociedad colombiana.

“El sueño del enriquecimiento personal, fuerte en Antioquia y otros sitios en el siglo XIX, estuvo enmarcado por una ética social que valoraba la austeridad, al lado del orgullo familiar y la exhibición del poder que atribuía la riqueza al trabajo esforzado. El narcotráfico ofreció oportunidades de dinero fácil y esto transformó radicalmente la cultura de los medios urbanos, en los que se admira la riqueza sin preguntar su origen, sea el narcotráfico, la especulación o el engaño masivo e ingenioso de los ahorradores”.

¡Qué viva el dinero fácil! Es el primer postulado de este ethos. El narcotráfico supo insertar con su abundancia de capital y la falta de oportunidades esta idea en la sociedad. Ya no importan el esfuerzo, la lucha por construir un futuro, lo que vale es el hecho de conseguir dinero y todo lo demás de manera rápida.

Este mandamiento es patente en muchas esferas de la sociedad colombiana, más cuando se une a la ley del menor esfuerzo. Todo hay que conseguirlo de manera rápida sin la dificultad que muchas empresas tienen.

Hay que observar cómo muchos estudiantes no quieren esforzarse para alcanzar sus metas porque lo importante es conseguir plata y rápido. O de los negocios fraudulentos que se ingenian para explotar al otro y obtener ganancias lo más pronto posible, como lo es el gota gota, un negocio de exportación.  

Ahora bien, no hay que olvidar que la sociedad colombiana crea las condiciones para que estos postulados éticos se inserten fácilmente en las personas. Porque las ofertas laborales de calidad no abundan, y mucho menos las condiciones para consolidar trabajos que permitan desarrollar y alcanzar unas metas; la mayoría de empleos apenas permiten a las personas sobrevivir.

Otro postulado de este ethos traqueto es ¡la ley del más fuerte!, aquí prima la fuerza sobre la norma y los demás. Las leyes, además de servir a los abogados para sacar réditos económicos, en muchos casos terminan por ser un saludo a la bandera.

La palabra no importa, lo que importa es la posibilidad hacer lo que se quiere con los medios que se tienen; si es necesario sobornar, intimidar e, incluso, asesinar, para obtener lo que se quiere, se hace y punto.

Ejemplos de lo anterior sobran. Los casos de corrupción en la justicia donde muchos funcionarios prevarican, es decir, se hacen los de la vista gorda con las leyes y toman decisiones a favor de uno de los implicados que, casualmente, son los de mayor poder económico. Días después, estos funcionarios mágicamente aparecen con abultadas cuentas o coches o apartamentos nuevos; milagros de la providencia que algunos llaman.

A su vez, la autoridad no importa, esta es una simple ilusión que puede ser apartada con algo de dinero o, si es el caso, con un poco de fuerza. Las leyes no pueden impedir que se realicen los deseos de estos proto-traquetos, así que no es necesario ni respetar las normas de tránsito, ni mucho menos las normas mínimas de convivencia. Y eso que somos el país de las mil leyes y códigos.

Podemos decir que un último postulado de estas reflexiones es poder llegar a ¡ser el patrón! A toda costa. No importa en qué se trabaje o qué función cumpla, la idea es ser el mandamás, aquel que organiza y dirige las situaciones a su gusto, pasando por encima de los otros. Este principio pareciera una veta inconsciente de nuestra cultura, porque los individuos anhelan poder dominar a los otros a su gusto y antojo.

A veces uno de los ejercicios más difíciles que podemos hacer es mirar realmente lo que somos; como individuos o sociedad nos cuesta vernos al espejo y construimos resistencias, ocultamos el espejo. Preferimos mirar al otro y proyectar las falencias antes que ver lo que realmente somos.