Un mundo feliz

En un país que, aunque es el más feliz del mundo, posee unos de los mayores índices de desigualdad del planeta: donde los niños mueren de desnutrición, donde el año pasado se registraron 225.842 desplazados, convirtiendo a Colombia en el territorio con más desplazados en el mundo…

 

DIANA CAROLINA GOMEZPor: Diana Carolina Gómez Aguilar

Que el vivo vive del bobo y el bobo de su bobada. Que tenga malicia indígena. Esas informales normas de comportamiento que empieza a lanzarle a uno el mundo a temprana edad; esas que siempre me quedaron grandes. Y es que no es fácil darse cuenta que si uno no pasa por encima del otro, le van a pasar por encima a uno. Aun peor, es enterarse que no tienen por qué funcionar así las relaciones humanas, pero así son, dentro de un salvaje sistema económico que se nos ha impuesto.

¿Cómo es que nos acostumbramos a educarnos en la trampa? ¿En qué momento se convirtió en triunfo dejar al otro atrás? ¿Por qué la malicia indígena y no los saberes ancestrales? ¿Por qué a la sociedad la enorgullecen los comportamientos violentos? ¿Cómo es que nos acostumbramos a ver niños viviendo y trabajando en la calle? Así podría seguir, lanzando un sinfín de preguntas al aire, preguntas que nadie va a responder.

Interrogantes que surgen en un entorno violento. En un país que, aunque es el más feliz del mundo, posee unos de los mayores índices de desigualdad del planeta: donde los niños mueren de desnutrición, donde el año pasado se registraron 225.842 desplazados, convirtiendo a Colombia en el territorio con más desplazados en el mundo, según Codhes (Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento). En un mundo donde el 1 por ciento de la población posee el mayor porcentaje del capital. Todo esto, perpetuado por la cultura de la trampa, de esa competencia que se nos ha ido inculcando para ser el mejor, el primero, ser más.

En esa medida, quitarle al otro, concentrar más bienes y riqueza, tener el poder. Convirtiéndose ese en el propósito de nuestra existencia, porque, claro, el vivo vive del bobo ¡avíspese!

Es que nos cuesta entender que somos humanos y que la mayor responsabilidad de los humanos es frente a la vida. Que el hecho, por poner solo un ejemplo, de alterar genéticamente los alimentos no resulta únicamente en riqueza para quienes lo realizan, sino que además afecta la salud de todos. Atenta contra los sistemas productivos de los campesinos, la soberanía alimentaria de los pueblos y toda la base cultural de quienes han dedicado su vida a cultivar alimentos sanos.

Eso que parecía tan natural, tan nuestro, tan humano y que ahora es un absurdo para quienes ven el mundo como una vacía y superficial productora de billetes que poco a poco va destruyéndose. El sistema no solo afecta a los campesinos y pobres, atenta además contra la vida sobre la tierra.

Pero es un mundo feliz. Vivimos en un país feliz. Y cada uno va caminando con sus individualidades pegadas al cuerpo y a la mente; sus propias alegrías y ese egoísmo que se ha ido naturalizando. Porque ya las luchas son propias, el amor es propio, el crecimiento es personal y el mundo no es un lugar para cultivar y disfrutar, sino una fuente de riquezas que hay que explotar. Ya verán los otros qué hacen con el desastre.