CARLOS VICTORIAEl paro está desnudando la esencia pro rico de las políticas desarrollistas del actual gobierno que incentiva la inversión extranjera a costa de la producción nacional, y en particular de los pequeños y medianos agricultores condenados a la ruina y el despojo.

Por: Carlos Victoria

Los cafeteros han sobrevivido, en general, a todas las crisis desde que el cultivo del grano se expandió y consolidó como el primer renglón de nuestra economía, hace más de 150 años. Hoy se cumplirán 115 años del estallido de la primera. Esta vez el asunto es distinto. El paro de este lunes 25 de febrero es una auténtica encrucijada de vida o muerte para el presente y futuro de más de 560 mil familias, y 4 millones de colombianos que derivan sus ingresos de esta actividad.

Si los cafeteros salen derrotados de esta contienda de un profundo contenido político, ante el gobierno y la Federación Nacional, se habrá sellado la suerte para una actividad económica que hoy por hoy solo es sinónimo de ruina, pobreza y frustración, si se tiene en cuenta los bajos márgenes de utilidad de las cosechas, golpeadas por el cambio climático, las plagas, la recesión mundial, y la revaluación del peso, cuatro cirios, grosso modo, que alumbran el féretro.

La indignación de los miles de caficultores que ocuparan plazas, parajes y vías de las regiones donde históricamente el café ha sido la base sobre la cual se ha edificado una cultura y la propia economía nacional, pasa también por las políticas equivocadas de la Federación Nacional de Cafeteros, un gremio que a comienzos del siglo pasado brotó del seno de la naciente oligarquía cafetera, y que desde entonces se transformó en una entidad con un poder inusitado de la mano del gobierno.

Dichas políticas no han interpretado los cambios en el mercado mundial, ni mucho menos los impactos que en los contextos ambientales se han derivado de la destrucción de los bosques por cuenta de la maximización del uso del suelo, lo cual ha causado no solo la ruptura del equilibrio ecológico, sino una mayor demanda de insumos, encareciendo los costos de producción. A todo lo anterior se suma la inconformidad por la arrogancia y favoritismo de la tecno burocracia que controla la institución.

El paro es el resultado de la incapacidad y ausencia de voluntad gubernamental de redireccionar las políticas cafeteras en favor de una industria desmantelada por la entronización de la globalización económica, y que tiene en la mega minería una de sus principales puntas de lanza con la entrada masiva de dólares que presionan -a la baja- el valor de la moneda norteamericana  y al alza el peso colombiano, lo que hace inviable la rentabilidad de las exportaciones, y por ende la caída dramática de los precios: a menos de $ 50 mil pesos la arroba.

El paro está desnudando la esencia pro rico de las políticas desarrollistas del actual gobierno que incentiva la inversión extranjera a costa de la producción nacional, y en particular de los pequeños y medianos agricultores condenados a la ruina y el despojo.

Esta problemática, según me lo explica el economista Jorge Iván González, tiene dos aristas. La una asociada a la pésima política cafetera liderada por Genaro Muñoz, el actual gerente de Fedecafé, quien insiste en aumentar la producción a 14 millones de sacos, cuando en el mundo persiste una sobreproducción que deprime el precio, y por otro lado una política macro desastrosa en materia de tasa de cambio y absolutización de la minería. Con un peso revaluado se desincentivan las exportaciones, y se privilegia las importaciones. A lo anterior se suma la errática política del Min Hacienda Cárdenas tras colocar el 30 % de las regalías a un interés irrisorio en el City Bank, que bien pudieran auxiliar  a los cafeteros, y de paso darle una mano a la inversión social.

Las consecuencias de esta crisis, en el caso de Risaralda, ya son evidentes como lo demuestra el descenso de nuestras exportaciones, el desempleo y crecimiento desaforado de la informalidad, según datos del DANE, al tiempo que en el campo más y más fincas han sido abandonadas por sus propietarios, lo que se traduce en un mayor éxodo de campesinos hacia las cabeceras municipales y ciudades, engrosando nuevos contingentes de pobreza y miseria. Más y más campesinos acuden a la limosna oficial del programa de Familias en Acción. De ahí que resulte inmoral la criminalización que de la protesta cafetera ha hecho el alto gobierno, la burocracia de la Federación, y algunos mandatarios regionales.

El paro está desnudando la esencia pro rico de las políticas desarrollistas del actual gobierno que incentiva la inversión extranjera a costa de la producción nacional, y en particular de los pequeños y medianos agricultores condenados a la ruina y el despojo. La concentración de la propiedad rural en pocas manos, mediante el desplazamiento violento de campesinos, el avance voraz de la locomotora minera en áreas estratégicas para la producción de alimentos como La Colosa, enCajamarca, y Quinchía, en Risaralda, y las consecuencias ambientales para la sociedad, desmienten la “prosperidad democrática”. Son el resultado de este accionar.

La dimensión ambientalista del paro en su quinto punto es clara: no a la mega minería porque pone en riesgo la seguridad alimentaria, la vitalidad de los ecosistemas, el empleo rural y en general una cultura que afianzó en el pasado los lazos comunitarios, la convivencia social y la redistribución del ingreso. “Si no hay café no hay nada”, advierte Francisco Herrera, dirigente cafetero del occidente de Risaralda. Tiene razón: el café es la savia que nutre el desarrollo local y regional. Quiénes hoy desde el gobierno, el sector privado, medios de comunicación y la academia le dan la espalda a los caficultores pasarán a la historia como victimarios de una modernidad sin justicia social ni democracia.

Y lo peor: ¿ dónde está el liderazgo de la clase dirigente regional y local que en la coyuntura no solo se esconde, sino que pide más pie de fuerza para contrarrestar una situación que no se resuelve con represión sino con profundas reformas de política económica? En lugar de “alerta amarilla” por el paro lo que está surgiendo es una alerta ciudadana.