Giussepe RamirezAl igual que las armas, el lenguaje no viene bajo el brazo y tampoco es espontáneo. Existe un proceso social y personal que nos permite apropiarnos de él. Pero no por eso deja de ser necesario…

 

Por: Giussepe Ramírez

No creo que los puños, como dice Alberto Salcedo Ramos en su columna (ver columna), sean la forma de humanizar la pugnacidad innata del hombre, y mucho menos que lo sea porque esté planteada en el terreno menos dañino posible. Él, que es un cronista, un artesano del lenguaje, debería saber lo civilizado de la palabra y lo primitivo de los golpes para resolver problemas. Solo creo en los uppercuts y los rectos de derecha como deporte: con reglas preestablecidas, jueces y preparación atlética (incluso así han muerto algunos y otros han quedado con secuelas nefastas para su salud mental); no como institución para limar asperezas. Generalmente las discusiones entre dos boxeadores son shows mediáticos para vender peleas: primero firman el combate, luego el disgusto.

En un escenario carente de lenguaje (oral, escrito o de señas) los puños serían la manera menos peligrosa de dirimir los conflictos. Pero por un proceso extenso y complejo los humanos empezaron a transmitirse información oralmente. Y después llegó Homero—tras muchos siglos de perfeccionamiento— a poner a andar la literatura occidental. Y no en vano uno de los objetivos primarios de un gobierno es alfabetizar la población. Algo de bueno habrá de tener la posibilidad de comunicarse ante las diferencias, la irritación, el resentimiento, y no precisamente a coñazos.

Al igual que las armas, el lenguaje no viene bajo el brazo y tampoco es espontáneo. Existe un proceso social y personal que nos permite apropiarnos de él. Pero no por eso deja de ser necesario. Algunos inventos son desdeñables, fatales para la humanidad; otros, nos permiten relacionarnos de forma más eficiente, tener mejor calidad de vida, hacer menos dolorosa la existencia.

Como el lenguaje no escapa a los matices, existen también las palabras que hieren y le hacen daño a la gente. Cómo negarlo. Pero así como un puñetazo es menos letal que un disparo, una palabra afecta menos la integridad física del agredido, y no deja ojos morados. Prefiero a Fernando Vallejo despanzurrando embarazadas en las páginas de un libro, no al hombre que golpea al amante de su esposa.  

Tampoco creo en poner la otra mejilla. Hay situaciones donde la retirada es lo más sensato, y otras donde, si la vida está en peligro, no queda otra opción que defenderse con los puños. Tal vez, y me cuesta reconocerlo, la violencia física sí tenga un contexto que la legitime. Pero como última instancia, cuando el instinto de supervivencia no tenga otra salida. No para retar al otro porque me miró mal, porque sacó la basura el día que no era, porque tiene la música muy alta, porque me debe plata o porque me lanzó insultos racistas.

Por el camino de Salcedo Ramos también se puede llegar a legitimar la violencia contra los niños: “porque los padres quieren educarlos”. Que me tilden de romántico, de maximalista, pero me niego a creer en ese tipo de violencia física para hacer las paces, para corregir al niño, mantener la armonía o zanjar disputas triviales o importantes. Con buenas maneras también se logran cosas, se reivindican derechos, se hacen proezas.