Una filosofía terrible

Digo noreñaDe nuevo el mundo académico y cultural vuelve los ojos sobre el filósofo alemán Martin Heidegger, y no precisamente a sus ideas, sino a un acontecimiento particular de la equivocada Historia humana

Por: Diego Noreña

Se trata de un artículo publicado por la revista Semana en el cual se habla sobre unas notas escritas por el filósofo y que serán publicadas por una de esas innobles editoriales que, dicho sea de paso, sólo buscan incrementar sus ventas a cuenta de las discusiones bizantinas de los cafés; tituladas, además, morbosamente como “cuadernos negros”. Sorprende a primera vista que el artículo tenga como título: “Heidegger, un terrible filósofo”, y lo digo porque siempre he creído que el filósofo es un individuo terrible; de hecho, toda filosofía debería ser terrible, así la he comprendido desde el primer momento; sea cual fuera su materia de estudio, su misión es la de controvertir; la filosofía en esencia es contestataria, rebelde, insumisa y peligrosa.

El asunto toma relevancia en el momento en que descubren que el antisemitismo de este gordito del campo es más radical de lo que imaginaban sus alumnos. Al parecer, sus ideas y su activismo político comulgaban con la revolución nacionalsocialista que se empezaba a gestar en la Alemania de entreguerras y que asimismo colaboró con la fundamentación de su base teórica; todo esto aparece escrito, según el reportaje, de manera explícita en estos cuadernos póstumos. Si bien esto causa revuelo en algunos despistados lectores o estudiosos del filósofo, o llena de argucias a sus encarnizados detractores y críticos, lo cierto es que después de su amistad con Ernst Röhm, comandante de los camisas pardas; de su rectorado en la universidad de Friburgo; de su discurso sobre la universidad alemana; de su versión de “Dios ha muerto”; nada puede ya sorprendernos de esta polémica.

Heidegger fue un nacionalsocialista, todos los que nos hemos acercado a su obra lo hemos sabido desde siempre; que él mismo haya tratado de desviar la atención sobre este asunto, una vez se conocieron los crímenes del holocausto, es una muestra más de la humillante derrota alemana; porque, por demás, Alemania pierde cuando triunfa sobre el judío. Occidente puso sus pálidos ojos sobre un crimen, sí, despiadado, pero seis millones de cadáveres es una cifra con pocos ceros comparada con los infames números de las ocupaciones norteamericanas, números que según Hobsbawn en su Historia del siglo XX, nada más contando con aquella cinematográfica Vietnam -la misma de Rambo, y de los valientes soldados de Misión del Deber, ambientados por esa chillona guitarra de Jimi Hendrix y ganadores del Emmy-; muertes que rondan los dos millones; y eso que, sin contar, claro está, sus intervenciones militares contra los gobiernos de Mozambique y Angola, cuyas muertes son un dato aún sin calcular pero que se estiman en un millón y medio. Y si hablamos ya no de cantidad sino de crueldad: las desmesuras militares y políticas del estado de Israel al mando del recién fallecido Ariel Sharon, o su complicidad con las masacres de Sabra y Shatila durante la guerra de El Líbano, superan por mucho cualquier punto de comparación.

"Es natural que Heidegger haya sido antisemita, si comprendemos que su pensamiento es una beligerante crítica a la modernidad, ya que las sociedades bajo las formas de producción modernas son la expresión del espíritu judaico de la acumulación, de la necesidad, del intercambio y del egoísmo".
“Es natural que Heidegger haya sido antisemita, si comprendemos que su pensamiento es una beligerante crítica a la modernidad, ya que las sociedades bajo las formas de producción modernas son la expresión del espíritu judaico de la acumulación, de la necesidad, del intercambio y del egoísmo”.

Pero ¿de qué se trata este abierto desprecio hacia el judío? ¿En qué consiste en esencia el antisemitismo de Heidegger y tantos otros, entre los que podríamos hacer una enorme lista, además, de censura y de violento olvido? Podríamos mencionar, como ejemplo, entre los más injustos juicios, el silencio que se ha impuesto sobre la obra del escritor noruego Knut Hamsun; obra literaria de gran valor y de enorme estilística, profundidad y estética, quizá la más importante y representativa de ese país, y que ahora hace parte del canon occidental, que le mereció incluso el premio Nobel, pero que hoy por hoy, y por culpa de su conflictiva simpatía con el Nazismo y el Führer, no es más que una sombra entre los lectores especializados. Y es que el antisemitismo le ha dado a estos individuos una mala reputación, pues pocos lectores se han tomado la molestia de comprender el origen y la variedad de formas del antisemitismo. Sartre incluso dedica un extenso ensayo al asunto, pero su enfoque determinado por las formas más vulgares y comunes de este prejuicio, hace del antisemitismo una idea equívoca y ordinaria, como cualquier otra idea, como aquella según la cual los negros huelen mal, son de mal gusto y tienen un pene, que como diría Nicholson, podría satisfacer una ballena azul. No estamos diciendo con ello que Sartre no haya dilucidado algo importante frente al asunto, sino que su carencia de profundidad, incluso comparada con la que hace Marcel Proust cuando menciona el caso Dreyfus en En busca del tiempo perdido, dejó de lado el origen mismo del complejo proceso histórico que llevó a estos individuos a sostener estas ideas, que hoy son cuestionables, pero que poseen una insospechada actualidad dentro del análisis puramente formal de los hechos fantasmagóricos de la historia humana.

Es natural que Heidegger haya sido antisemita, si comprendemos que su pensamiento es una beligerante crítica a la modernidad, ya que las sociedades bajo las formas de producción modernas son la expresión del espíritu judaico de la acumulación, de la necesidad, del intercambio y del egoísmo. El judío, confinado por toda Europa debido a las constantes ocupaciones de la tierra palestina, y desde aquellas primeras diásporas originadas por el pueblo babilonio y cuanta nación poderosa ha existido que ha querido ocupar esta tierra que es estratégica -económica, política y militarmente hablando-; ese judío del que hablamos, se enriqueció precisamente en el seno de las sociedades capitalistas y cristianas; hasta el punto de que podríamos afirmar, junto con Marx en su Cuestión judía, de que el dinero es el celoso Dios de Israel, ante el que no puede legítimamente prevalecer ningún otro Dios. La cuestión, entonces,  pasa a otro plano; no ya religioso, ni político o  racial (de ahí que Peter Trawny, el encargado de la edición del texto ya mencionado, haya señalado que Heidegger no compartió nunca el concepto racista del nazismo), sino que se volcó sobre las consecuencias del pragmatismo judío que se disgregó sobre la cultura occidental, y que amenazaba con llevar a la humanidad, como efectivamente sucedió, hacia el nihilismo.

"...el dinero es el celoso Dios de Israel, ante el que no puede legítimamente prevalecer ningún otro Dios".
“…el dinero es el celoso Dios de Israel, ante el que no puede legítimamente prevalecer ningún otro Dios”.

Heidegger consideraba que el pueblo alemán era la continuación de la grandeza que una vez tuvo la cultura occidental cuyo origen se dio en Grecia antes de la llegada del cristianismo. Afirmaba  que Alemania era algo así como la encargada de reformar e impulsar una revolución cultural -si tenemos en cuenta que Alemania, durante este período decisivo de la historia, se encontraba disputando el dominio sobre el orden mundial entre Rusia y Norteamérica, dos superpotencias culturales y económicas que encarnaban el proceso metafísico que culminaría en ese nihilismo, y en lo que él mismo dio a conocer como “el olvido del ser”-. El mercantilismo, el logos que determinaría las formas de la economía política, representaría para nosotros una sistemática muerte de todo lo sagrado. Heidegger lo veía como una amenaza proveniente de ese mismo pragmatismo judío. Este logos inauténtico, mal llamado por los filósofos como la Razón, llevaría, no sólo a la cosificación del yo, sino a la imposibilidad de volver a acceder a una reflexión sobre lo sagrado; en cambio, lo sagrado sería sometido a sus burdos intereses: el lenguaje, el arte, la cultura, todo caería en esta maquinaria de la nada. Shakespeare predijo en su obra que los hombres pagaríamos con nuestra carne a un mercader judío por nuestras vehementes esperanzas; tan sólo basta para salir a la calle en cualquier ciudad del mundo para ver con espanto cómo los hombres desgarran sus vidas en ofrenda a un mundo que gira en torno al sin sentido.

De esta manera, el origen del antisemitismo filosófico en Heidegger es mistérico, es decir, proviene de una idealización del judío, y sus ideas  provienen de una focalización de la filosofía política de Hegel. Ya que es la filosofía de éste último, y no Heidegger expresamente, el origen de la concepción totalitaria y expansionista del Estado alemán. Pero es evidente que al tema no se le ha dado la profundidad que merece, en cambio, las discusiones siguen girando en torno a un hecho detrás del cual se esconde un sistema sobre el que la civilización moderna se ha edificado, y que ante el vomitivo mundo que ha producido no puedo más que decir, que ha sido ése sistema, y no el antisemitismo de Heidegger, la verdadera filosofía terrible, en tanto que ha producido la más inhumana miseria.