Gloria Inés Escobar (Columna)El gobierno, no solo este, sino muchos que le han precedido, afirman que es válido protestar, que es un derecho que se respeta pues eso es parte esencial de la democracia, pero eso sí, por las vías adecuadas, es decir, las del derecho.

Por: Gloria Inés Escobar

Muchas personas de nuestra política al ser preguntadas sobre la justeza o no del paro indefinido de los cafeteros dicen que sí, que claro que los cafeteros, en su mayoría campesinos dueños de empobrecidos minifundios, tienen justificado su paro, que sus reclamos son válidos y su protesta es lícita. Hasta ahí llegan los más progresistas y también, los oportunistas que nunca faltan. Pero cuando se les pregunta directamente que si aprueban las vías de hecho por las que los cafeteros han optado, titubean, evaden la respuesta y buscan cualquier explicación retórica para salir del paso.

Claro, es que no resulta políticamente correcto afirmar con contundencia que efectivamente las vías de hecho en este caso son legítimas. Pues bien, no solo en este sino en todos los casos, las vías de hecho no solo son válidas sino que además son las únicas que movilizan a la clase política. Aunque suene muy civilizado y políticamente correcto eso de que los problemas se resuelven a través del diálogo, la verdad es que la experiencia ha mostrado tanto en lo privado como en lo público, que las vías de hecho son las únicas que funcionan y que el tan socorrido recurso al diálogo lo único que hace es contener, aplacar y diferir los problemas para otra oportunidad con el agravante de que en el futuro estos habrán cobrado una dimensión mayor. Así lo prueban las conciliaciones, los pactos y las promesas que, por lo general, se quedan en eso, mientras los problemas crecen.

En el caso político los llamados a los diálogos no sirven más que para avalar y hacer propaganda a una democracia que no existe, y para llevar a los demandantes a que apelen a un mecanismo que no funciona. Hasta en las más altas esferas y variedad de ámbitos esto se repite sino recordemos lo que pasó hace poco con gran parte del área marítima de Colombia en San Andrés y Providencia. El gobierno se fue por las vías del derecho, el diálogo, y probó de su misma medicina, le quitaron una parte del territorio. Después de esto, quién lo hubiera pensado, voces que promueven esas mismas vías y que además las defienden en sus discursos, se agitaron visiblemente para recomendar hacer caso omiso de las determinaciones tomadas por los altos y respetados jueces internacionales a quienes el gobierno apeló en busca de una solución a su diferendo con Nicaragua. En otras palabras, se conminó al gobierno a tomar vías de hecho para defender la soberanía del país.

Por supuesto el gobierno, no solo este, sino muchos que le han precedido, afirman que es válido protestar, que es un derecho que se respeta pues eso es parte esencial de la democracia, pero eso sí, por las vías adecuadas, es decir, las del derecho. Y tal vez sí tengan la razón si entendemos por democracia el ejercicio real y bruto del poder de una clase una élite rica sobre otra –el pueblo pobre, pero de un poder camuflado –léase disfrazado en un discurso inclusivo, populista e hipócrita. Sí, el pueblo puede protestar y el gobierno escucha, promete y no cumple porque termina haciendo lo que le conviene a la clase que verdaderamente representa.  De este modo la protesta no solo se tolera, aunque aderezada con uno que otro gas, balas de goma y bolillazos, sino que se admite en cierto grado para poder demostrar ante el país y el resto del mundo que efectivamente vivimos en un sano y robusto estado democrático.

Ahora, si bien las vías de hecho como taponar vías, tomarse una institución, decretar una huelga, impedir desalojos, etc., son las únicas que mueven al gobierno y al poder a tomar en consideración lo que se pide, por las consecuencias obvias que tales hechos acarrean, no hay que guardar la ilusión de que a través de estas acciones realmente se consiga la solución a los problemas. Para demostrar la falacia de esto basta preguntar a los indígenas, a los afros, a los campesinos y a las mujeres, para mencionar solo unos de los sectores sociales más vulnerados, lo que han logrado. O indaguemos en la historia o miremos la realidad, la nuestra y la ajena, para que verifiquemos que en la mayoría de los casos lo que se ha obtenido no han sido más que promesas, pactos avalados con firmas, sellos y todo, decretos y normas muy bien escritas y completas, que para variar no se cumplen, pero no soluciones reales a las demandas efectuadas. Las luchas más afortunadas, después de agresiones, heridos y hasta muertos incluidos en no pocos casos, han obtenido migajas, pequeños arañazos a un sistema que desprecia profundamente el olor, las maneras, las necesidades de la gente pobre, gente de la cual sin embargo se alimenta.

No nos hagamos ilusiones, los cafeteros no lograrán arrancar mayor cosa al gobierno pero al menos podrán corroborar que en una democracia madura como la nuestra, según se nos repite, la protesta se permite pero se reprime; se permite pero se estigmatiza a quienes la promueven, dirigen y participan en ella como terroristas, o como peligrosos hijos del eje del mal, ese eje que desde quienes encarnan la otra orilla, el eje del bien, se han empecinado en perseguir y extirpar en cualquier rincón de la tierra donde se halle. Veremos qué pasa.