Unos seres muy raros

Cuando se trata de fútbol, política  y sexo los colombianos somos maníaco depresivos. Una victoria, la posibilidad de una conquista amorosa o el discurso mesiánico de un político nos elevan a la cima del delirio para, acto seguido, arrojarnos a las simas de la depresión.
Por: Gustavo Colorado

El diccionario privado de esa forma suprema de la hipocresía llamada “corrección  política” desterró de sus páginas, entre decenas de conceptos, la  elocuente expresión maníaco depresivo para referirse a las personas asaltadas por repentinos y traumáticos estados de ánimo que las conducen en un santiamén de la euforia extrema a la tristeza  irremediable. En su reemplazo instauró la impersonal y  aséptica noción de trastorno bipolar. Como corresponde a las formas ambiguas de ese discurso uno puede entender cualquier cosa. Por ejemplo, el confuso estado de un individuo indeciso entre irse a vivir al polo norte o al polo sur.  Mi abuela Ana María, dueña de una capacidad sobrenatural para caracterizar al prójimo, lo resumía en  cinco palabras: son unos seres muy raros.

La historia viene a cuento a raíz de la publicación de una más entre las manifestaciones de esa pandemia de las encuestas que se multiplica a la velocidad de las enfermedades de transmisión sexual. ¿De qué habla la gente y cuánto  tiempo le dedica a cada asunto específico? En realidad las respuestas no sorprenden tanto: los humanos hablamos de tres cosas: fútbol, sexo y política. En ese orden. Curiosamente no aparece la  economía, a pesar de lo contundente  y devastador de sus efectos en la vida diaria. A lo mejor se debe -supongo- a nuestro temor congénito a nombrar los peligros. Si no los mencionamos, algo de control podemos ejercer sobre ellos.

En este punto se ligan las dos ideas: cuando se trata de fútbol, política y sexo los colombianos somos maníaco depresivo. Una victoria, la posibilidad de una conquista amorosa o el discurso  mesiánico  de un político nos elevan a la cima del delirio para, acto seguido, arrojarnos a las simas de la depresión. Hace apenas unos meses teníamos la peor selección de fútbol  del mundo. De  la noche a la mañana, como resultado de  tres victorias consecutivas, ya nos sentimos instalados en la ronda de grupos del mundial 2014. “No hay excusa para no ir a Brasil”, me dijo, con la voz quebrada, un conocido después del 1-3 frente a Chile en Santiago. Sus palabras tenían el tono de un designio. Algo terrible le puede pasar a los que no asistan a ese Mundial, sospeché. No quiero ni pensar lo que podría suceder si surge un tropiezo en el camino de aquí al final de la eliminatoria. Temo incluso que puedan desterrar al técnico Pekerman a las islas Malvinas.

En el campo de la política el panorama no cambia  mucho. Cuatro años atrás una amplia masa de  nacionales se postraba ante la imagen de un arriero a caballo y no contenta con   ello lo recompensaba con sus votos ¿La razón? El individuo en cuestión prometía  acabar con el mal,  materializado en este caso en las guerrillas herederas de abortadas utopías. Para aderezar el menú, el hombre utilizaba figuras entre bíblicas y agrícolas como  “Aplastarle la cabeza a la culebra”. Claro, cualquier pecador arrepentido se entusiasma  con eso. A la vuelta de unos meses esos mismos  devotos -salvo los más recalcitrantes- se deslizaban hacia  un discurso  elaborado con imágenes extraídas de la quimera del progreso: locomotoras y prosperidad. Solo falta un  pintor patriotero dispuesto a transformarlas en alegorías comercializables  en  vallas, gorras y camisetas: cosas de las manías depresivas.

El tercero de los puntos es más complejo. Por definición, el sexo es el terreno de lo impredecible. Hoy Romeo se acuesta enamorado y mañana se despierta cornudo y apaleado. Uno puede decir que son gajes del oficio y pasar de largo con una saludable dosis de filosofía. Pero  la cosa no es tan simple. Las encuestas -otra vez las malditas encuestas- nos dicen que en el país el número de suicidios se incrementa de manera exponencial. Y no son precisamente los problemas económicos la causa de la “fatal decisión”, como escriben los cronistas judiciales. Nada de eso, señores. Al parecer no podemos disfrutar de un buen polvo y pasar a la siguiente página de la historia personal sin mayores desgarraduras. Todo lo contrario: si nos el niegan el siguiente nos ponemos al borde de asesinar a la muchacha renuente a repetirlo o de convertirnos en asesinos seriales dignos de una película de Oliver Stone. ¿El resultado? Entre goles, desgobiernos y promesas de amor incumplidas, caminamos al borde de una cornisa llamada, con exceso de grandilocuencia, Historia Patria. Maníaco depresivos que somos.