Empezaré por remitirme al sabio Luciano de Samosata para buscar amparo en sus palabras: «Escribo, por tanto, acerca de lo que ni vi, ni comprobé, ni supe por otros y, es más, acerca de lo que no existe en absoluto ni tiene fundamento para existir. Por lo tanto, los que me lean no deben creerme en absoluto». De modo que este, al fin de cuentas, termina siendo un ejercicio netamente literario, si acaso.

Por: Ian López

Esta historia empieza una cálida tarde de otoño, cuando el comandante Vulgo Chávez conoció al gallardo campesinito de mejillas rojas Ratálvaro Uribe. Ellos, jóvenes y candorosos, asistían juntos a un taller llamado: «Grandilocuencia y manipulación mediática para nuevos dictadores.» Un encuentro inesperado que habría de unir sus caminos en la más bella historia de amor; un amor secreto que sería motivo de envidias, y odio, sobre todo para Boberto Gerlein, secreto enamorado del ingenuo Uribe.

Durante las semanas que compartieron juntos, ambos se enamoraron en silencio. Compartían pocas horas, ya que el entrenamiento, dictado por un panel de distinguidos estadounidenses, consumía la mayor parte de los días; y entre el trajín de la clases y las reuniones sociales, les quedaba poco tiempo libre.

A pesar del amor que destilaban ambos, Uribe tuvo un desliz con un apuesto israelí de apellido Klein que conoció en una de las fiestas de la academia que reunía a invitados de todas partes. Este incidente, que se mantendría en secreto por el bienestar de las futuras relaciones laborales entre Klein y Uribe, no llegaría a oídos del comandante hasta mucho tiempo después.

Uribe era un hombre serio y callado, de modales recios y con una belleza modesta retraída tras sus anteojos. Tenía poca experiencia en el amor, pero no podía resistirse al encanto de Chávez y a su abigarrada belleza. Además, nunca le habían dedicado las cartas que Simón Bolívar le escribía a Manuelita Saenz. Era simplemente perfecto. Un amor barroco.

Un día cualquiera, cuando salían de clase de «Cómo eludir las preguntas de un periodista y quedar bien para’o», el comandante le regaló a Uribe un casete con canciones que él había grabado la noche anterior con una pequeña grabadora que tenía sintonizada en una emisora de música para planchar. Entre la selección, que Uribe, o ‘sapito’, como Chávez le decía, escuchó esa misma noche mientras comía chocolates y uñas, se encontraban canciones como ‘Hacer el amor con otro’, de Alejandra Guzmán; ‘Mar y arena’, de Ana Gabriel, y ‘Amarte a ti’, de Arjona. Canciones que hicieron suspirar al ‘sapito’, y que le hacían revolcar las mariposas en el estómago, como en sus años más febriles. Él las llevaba a todas partes y las escuchaba en su walkman amarillo siempre que podía, ya que las tonadas lo llevaban a los brazos de su amado comandante.

Cuentan que cuando Uribe ganó las primeras elecciones presidenciales de Robolombia, la relación entre ambos no pasaba por su  mejor momento, pero el comandante lo llamó en la noche a felicitarlo y le tarareó ‘Sin ti’, de Roxana. Ambos, absortos por la nostalgia en la cual los tenía sumidos la distancia, lloraron hondamente hasta el amanecer.

Sus caminos se habían visto truncados por las obligaciones de cada uno. Y a pesar de que Chávez le había pedido a su ‘sapito’ que se casaran y se fuera a vivir con él a Venezuela, y que allí le administrara una petrolera que le estaba quitando a los yanquis, Uribe no quiso verse relegado al papel de sumisión que este matrimonio le traería. Pese al amor, sus intereses personales eran más fuertes.

Cada vez era más difícil de sobrellevar su amor. La vida pública los obligaba a ser cautelosos y a reducir al mínimo las escapadas de fin de semana que hacían los dos en el avión presidencial de Chávez a La Habana, donde tenían una pequeña cabaña para los dos, y donde compartían piñas coladas y daikiris con Rimel Castro, el mejor amigo del comandante.

Días después, un hombre pondría en peligro el romance entre ambos.

Esta historia continuará…