Sinceramente ver televisión ahora parece un asunto de pobres. Antes era un lujo tener los canales nacionales y los locales funcionando. Ahora, si el vecino se da cuenta que no tienes cable de esos que captan desde MarteTV hasta DiosTV eres el Lázaro de la cuadra.  

                                    

Por: Diego Firmiano

“La mentira es la verdad al revés”

Personal

Uno no sabe a que atenerse cuando ve televisión en Colombia. No es suficiente con llegar a casa hecho ropa de trabajo, dejar que el hijo más amoroso busque las chancletas y las ensamble en esos dos moles de nervios llamados pies, ir al baño a vaciar el intestino y tomar el control del televisor para sentirse que uno manda al menos sobre algo, sino que al prender la caja del diablo hablan de noticias extranjeras que nada tienen que ver con lo que uno ya escuchó en el trabajo: Maduro, Venezuela, guarimbas, Leopoldo, papel higiénico, Uribe, Odebrecht, una niña deambulando sola a las 11 de la noche por Bogotá y una lora capturada por la policía bajo cargos de campanera.

De estos eventos, apoyo que el país vecino se hunda en su dictadura, al final ya se robaron el petróleo y dejaron el mejor país de Sudamérica como la piel de un conejo al revés, donde los políticos son los hampones y los hampones, activistas. Así está todo en el mundo. El reloj de los hechos corre a la inversa y seguimos creyendo en el progreso. Más fácilmente habrá acuerdo entre los filósofos que entre los relojes e ir hacia adelante no significa progresar. Hace tres mil años la gente era más inteligente que nosotros hoy.

¿Pero cuando los noticieros pasaron de hacer periodismo a desinformar la gente que supuestamente informan? Los comerciantes de los medios, asesorados por psicólogos de lentes tipo Harry Porter, calando cigarros electrónicos, han comprendido el poder del camorreo, quizá derivado de ese acondicionamiento sentimental de las novelas de los 90: si hace llorar es bueno; si indigna, vende. Ya no sé para qué sirve el televisor. Es sabido que su función no es educar, ni le interesa en absoluto. Cuando se usa para este fin salen un par de comunicadores sociales, graduados en universidades a distancia, alegando que la libertad de expresión y los transmedia no deben ser doctrinarios.

¿Doctrinarios? Que más doctrinario que ante la falta de guerra en Colombia por un acuerdo que vence, pero no convence, queramos atacar a Venezuela, Ecuador y otros países, pero si vino el Papa Francisco hay que darle cobertura y cuando se vaya seguimos con Uribe y cuando encarcelen a Uribe seguimos con Popeye y cuando maten a Popeye, buscamos otro peye.

Sinceramente ver televisión ahora parece un asunto de pobres. Antes era un lujo tener los canales nacionales y los locales funcionando. Ahora, si el vecino se da cuenta que no tienes cable de esos que captan desde MarteTV hasta DiosTV eres el Lázaro de la cuadra. Tantos canales y tan poca vida. La televisión, decía Groucho, es tan interesante que cuando la encienden subo al segundo piso a leer un libro. No lo culpo. Ya que cuando mi abuela Rubí escuchó predicar a Yiye Ávila salimos tras de ella para que no lanzara el televisor al río Otún. Claro, en ese tiempo todavía emitían el noticiero Criptón, Premier Caracol con esas películas fabulosas de los sábados, y en otro programa todos en casa decíamos en coro “Pacheco dame la eme”.

No es que añore esos tiempos. No. Solo que quedaron interrogantes sueltos como ver en qué pararía la figura de Amparo Grisales, ya que nunca la veíamos cambiar, al punto que el abuelo una vez afirmó que ella era un holograma, pero la abuela fue más humana al decir que Amparo era la reencarnación de Nefertiti. Al final, uno no sabía si era un cumplido o un vaticinio. ¿Será real? Aún sigo con la duda en HD.

Ahora hay televisores curveados como una badea. Seguro para ver el ángulo de las piedras que lanzan en las protestas en Caracas, o mirar a los tres presentadores de la Red en sus cuadros escénicos. ¡Bah¡ Sin duda la televisión sirve para muchas cosas, pero es un error esperar de ella demasiado.