La imaginación, a bordo de la radio, venció geografías abruptas.

 

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea

Colombia en las primeras décadas del siglo XX era un país rural. Las comunidades campesinas estaban dispersas por todo el territorio, aisladas, lejos de los centros urbanos; las montañas, las selvas, las llanuras, todo el territorio se alzaba como una gran muralla que protegía y condenaba a la soledad.

El mundo campesino se fundaba en lo más inmediato, aquello que estaba a la vista, que se podía palpar y cultivar; un mundo cerrado sobre sí mismo. Sin embargo, la radio rompió el aislamiento, permitió conocer y viajar a través de la escucha. Los campesinos pudieron saber de otras historias, escuchar su música y la de otros lugares. La imaginación, a bordo de la radio, venció geografías abruptas.

A su vez el analfabetismo y la ausencia de cultura se constituye como otra forma de aislar a los individuos. Esta situación la vivieron (viven) muchos campesinos sin educación, salud y otros tantos derechos que los elevarían a la categoría de ciudadanos. Radio Sutatenza fue la apuesta delirante de un sacerdote por vencer la ignorancia en los campos de Colombia.

En 1947, en un pueblo del valle de Tenza, Boyacá, se inician las trasmisiones que tendrán por objetivo enseñar a leer y escribir a los campesinos, dar consejos respecto al campo y la sexualidad, en breves palabras, formar a las personas. En poco tiempo, miles de campesinos tendrían en sus fincas los receptores de señal donde escuchaban las transmisiones de radio.

De este proyecto se desprendería el bachillerato por radio. La apuesta de muchos jóvenes por alcanzar la meta de finalizar sus estudios básicos y acceder a un mejor trabajo. Aquí, me es imposible no recordar la imagen difusa de mi padre, del cual solo quedan relatos e imágenes que se confunden en el tiempo.

De aquellos que murieron perduran las historias que guardan su imagen. Así, la imagen de un joven tolimense escuchando la radio y prestando atención, rayando una libreta y revisando unas cartillas, es el símbolo de la lucha por el saber. La historia de aquel joven fue la de muchos. Hoy evoco una historia particular a la que yo solo podré darle forma; no obstante, cada uno puede imaginar a ese campesino que escuchaba la radio y buscaba el saber.

La radio no solo fue formación y entretenimiento musical, fue literatura. Allí las radionovelas fueron el espacio donde las familias se reunían alrededor de esos grandes radios a escuchar a Kalimán. Las aventuras del héroe retenían las palabras de las personas que escuchaban sus historias. La imaginación volaba, los oyentes imaginaban la figura de Kaliman, los lugares donde llegaba, sufría y anhelaban que venciera a algún villano.

De esta manera, puedo imaginar a mis tíos y a mi madre atentos a la radionovela. Ansiosos de poder escuchar al día siguiente si Kaliman podría superar los problemas en los que había quedado. Cada uno tenía una imagen tan particular de aquel héroe; jugaban con la imaginación y salían de aquella casa maltrecha ubicada en la calle del pecado, para estar en algún lugar del mundo con Kaliman.

O cómo olvidar a la HJCK, “la emisora de la inmensa minoría”. La radio albergó a esa inmensa minoría cultural que explotó en los años 50 y alteró el panorama cultural del país. Jorge Gaitán Durán, Jorge Zalamea, León de Greiff y tantos otros se tomaron los micrófonos para acercarnos a esas joyas de la cultura que eran vetadas para la mayoría.

Los intelectuales que pensaban y describían el país, encontraron en la radio una trinchera desde donde compartir sus ideas. Si bien, una minoría era la que disfrutaba de las reflexiones de aquellos artistas, la radio albergaba la posibilidad de que algún oyente desprevenido quedara atado a un verso.

Hoy, el imperio de lo visual termina por ser aburrido y predecible, es recomendable, cerrar los ojos y viajar por los oídos. Permitirse escuchar viejas entrevistas y recordar alguna radionovela para que la imaginación no olvide trabajar con la escucha.

ccgaleano@utp.edu.co