JUAN ESTEBAN JARAMILLO (DER)No estaría mal dejar de ver el conflicto como negocio, como arte cruel, como forma de ser, y pensar en una nación más optimista y próspera; no faltará quién lo agradezca después.

Por: Juan Esteban Jaramillo Osorio

Como de telenovela son los acontecimientos a los que como espectadores asistimos dentro de nuestra realidad colombiana. Y es que de alguna forma todo se juntó y llegó al mismo tiempo, todo, con la capacidad de dejarnos en las mismas o peor.

Por dónde empezar, en realidad han sido muchas cosas; por un lado la rodilla del Tigre ha tenido a más de uno haciéndole promesas a cuanto santo existe para que se recupere, pueda jugar el mundial y en la final anotar tres goles contra Brasil. Por otro lado, los increíbles casos de violencia en todos sus matices y algunos de ellos generados a partir de algo tan bajo como la intolerancia. ¿Es que los colombianos no aprenderán a respetar y a vivir entre sus diferencias?

Y si a eso le sumamos los recientes escándalos que han sacudido el país, se pensaría que en realidad esta es la nación más fresca y relajada del mundo, Buena razón tuvo Garzón al decir eso de que si uno no cambiaba las cosas, nadie lo haría. Y es que resulta completamente decepcionante descubrir que los altos mandos militares sean iguales o peor de corruptos que muchos legisladores de “buenas” costumbres e impecable comportamiento. Qué doloroso es darse cuenta que muchos de ellos, los cuales han acumulado dinero, armas e influencia en las tropas, puedan venderse al mejor postor y en un remedo de dictadura o de golpe de Estado se aseguren el país de una forma tan macabra y despiadada como ya lo vimos en Chile, Argentina y otras naciones con su misma suerte. Indignante por completo la salida y casi defensa piadosa del Presidente justificando el retiro de los militares involucrados, cuando en un país decente hasta él mismo tendría que salir de la casa de gobierno. Pero ya había dicho antes que la renuncia de Carlos Urrutia por el escándalo de los baldíos era un acto de la más honorable valentía.

Dicen los que cuentan que dicha actuación es por supuesto para no alterar los planes de reelección y más aun los diálogos de La Habana, que dizque porque se pueden romper, y tal vez sea cierto, un bando de los que conversan juega sucio al espiar y demás, y que en el caso de que Santos pierda entonces se acaba todo, pero surge la pregunta: ¿si hay un compromiso “real” de uno de los actores armados, no sería compromiso también de  que quién ocupe la presidencia sea el que fomente el hecho de continuar y hacer prosperar los mismos? Si lo que todos buscan es la “paz” entonces por qué estropear lo poco que se lleva, Colombia lleva tantas víctimas en su conflicto como cualquier guerra o conflicto internacional destacable, sea por su brutalidad o carnicería. No estaría mal dejar de ver el conflicto como negocio, como arte cruel, como forma de ser, y pensar en una nación más optimista y prospera, no faltará quién lo agradezca después.

Pero por si fuera poco, llegan las elecciones legislativas; y aquellos seres despreciables por su lagartería, su poca eficiencia laboral, y sus pésimas salidas en público, se muestran ahora como los mejores amigos, como los héroes del estado “social de derecho” y aliados de la paz y del cambio. Es cierto que es repugnante lucrarse con la fe, pero hacer campaña a costa de algo como la reconciliación de todo un país no tiene presentación, nos están diciendo que ahora sí pueden gestionar eso que durante años ni se han inmutado en buscar, se vuelven tan desgraciados como aquellos que con el discurso de las armas no buscaron estar del lado del pueblo sino que lograron violentar y destruir, es más, son peores porque fuese por interés o por cualquier razón, permitieron todo lo que hasta ahora le ha pasado al país en materia de debacle social, económica, política y de orden público.

Extrañamente, el voto es esa curiosa herramienta que puede de alguna forma cambiar los destinos de una nación, poco a poco por supuesto, pero es contundente en el sentido de que mediante ese ejercicio se pueden retirar a aquellos personajes que no cumplen con su función de servidor público, si lo anterior parece idealista, puede funcionar mejor a la idea romántica y simbólica del voto en blanco, que para desgracia nuestra no sirve en la práctica electoral. Así que en vez de tener a los mismos Sotos, Burgos, Bedoyas, Amariles, Merhegs, Carmonas, Arangos (Vásquez y Londoños son los mismos Sotos), Gerleíns, Barreras, Gavirias, Cristos, Peñalosas, Uribes, Pastranas, Samperes, Serpas, Zuccardis, Romeros, Yepistas y demás; se puede optar por ideas nuevas, justas, modernas, progresistas, incluyentes y tolerantes, que sean coherentes con las realidades, necesidades y expectativas de un país que cambia de generación. En Chile, votar NO significó para ellos el cambio en su realidad cuando más llevados estaban; en Sudáfrica, votaron por un hombre que en vez de provocar un baño de sangre logró una reconciliación entre sus compatriotas, que salvó al país de la hecatombe. Sea como sea, Vote, no deje de hacerlo.

Tener la oportunidad de empezar a lograr cambios mediante un ejercicio, fácil, libre, sincero y voluntario, puede brindar la satisfacción de haber hecho en realidad algo y que pueda tener más trascendencia que un post en cualesquier red social. Ojalá el país virtual que se jacta de ser la gran promesa de cambio y demás se manifieste madura y seriamente en las urnas, así como lo anterior, resulta harta la posición esnobista y pseudo izquierdista de muchos que con un “me gusta” o con un madrazo creen que ya tumbaron los cimientos del país; de no hacer nada, quedarían al mismo nivel de quien vende su voto por un tamal. Ojalá que toda esa chispa de “Wind of Change” no quede en caracteres gastados.

Son muchas cosas entonces las que suceden en el país del sagrado corazón, imposible que ninguna convoque o mueva, hagamos bien las cosas, para que podamos ver más tranquilos el mundial. Seguramente la mejor cortina de humo que tendremos este año.

Reflexiones provincianas en tierras capitalinas: Que aburridor resulta ver pasar las caravanas de camionetas blindadas y escoltadas que llevan funcionarios del Estado, es idéntico a ver pasar a un traqueto, qué mal gusto el de esa gente, qué ordinarios.