Leyendo la columna de Piedad Bonnet, el pasado domingo en El Espectador, titulada “No coman cuento”,  decía: “En un país que no lee es fácil pronosticar que muy pocos leerán las casi 300 páginas de los acuerdos de La Habana, que son importantísimas pero farragosas y fatigantes. Ni siquiera creo que la mayoría lea los útiles resúmenes”. Frente a eso, me arriesgo a que con el título de esta columna, quienes me conocen, asuman que realmente votaré por el “no”.

destacadaPor: Jhonwi Hurtado

Tengo 27 años, de los cuales podría decir que conozco dos países distintos llamados Colombia: uno en guerra y otro en el cual las balas no han alcanzado a llegarme directamente. Así es. He conocido de las tomas guerrilleras a través de libros, de artículos, de videos y de fotos que algunos periodistas han sabido mostrar al país, a ese otro país (el mío) que no imagina cómo puede ser, que si vas caminando, pises una mina “quiebrapata” y te cambie la vida. Ese país que solo conoce el secuestro a través de lo que los medios muestran.

También pertenezco al país que sabe que “Tirofijo” fue un guerrillero que andaba por la selva con una toalla al hombro, y que la televisión mostraba sonriente en ocasiones. Un país en el que pocos conocen que ese hombre se introdujo en la selva, en busca de luchar por algo que consideraba lo justo para él y su comunidad. Pertenezco a ese país al que Álvaro Uribe Vélez en su primera elección presidencial, lanzó la frase “si quieren la paz, prepárense para la guerra”. Y parece que esa consigna no se le ha olvidado. Ni a él, ni a sus acólitos.

Pertenezco al país que durante toda la educación primaria, ningún docente se interesó por decirle que esa oleada de secuestros, de asesinatos y de muertes, tuvo un inicio y que algún día podía tener un final; nunca me dijeron por qué muchas familias hacían hasta lo imposible por evitar que algún miembro de la familia se fuera a pagar (obligatoriamente) servicio militar. Tampoco, en mi infancia, supe por qué muchos de los que se iban, nunca regresaban.

A pesar de eso, de pertenecer a ese país que solo conoció la sangre guerrillera o del ejército a través de la televisión, de esa que a los guerrilleros muertos los llamaba “dados de baja en combate”, pero que a los soldados muertos llamaba “asesinados a manos de la guerrilla”, aún así, apoyo al otro país desangrado, al país de guerrilleros, soldados, campesinos, indígenas y niños colombianos. Sí, todos colombianos.

Por eso votaré por el no. Por el no más muertos en combate, por el no más niños sin infancia, por el no más desplazados en su mismo país, por el no más secuestros; esposas y esposos viudos; hijos e hijas huérfanas; hermanos que se quedan sin hermanas. Votaré por los NO más condecoraciones militares en premio por haber asesinado colombianos. Votaré por ese no, que en el plebiscito aparece como un SÍ. Un sí al fin a esta guerra absurda, que mis abuelos y mis padres conocieron, pero que no quiero que mis hijos conozcan, y si lo hacen, que sea a través de libros o de lo que yo les cuente.

Adenda: hace un par de años entrevisté a Pedro Claver Téllez, periodista conocedor del conflicto armado en Colombia. Me dijo: “Cuando se firme la paz, los periodistas tendremos la oportunidad de ayudar para que se dé voz a esos hombres y mujeres que han vivido en la selva, se conozca la otra parte de la historia, a la parte que se nos ha negado el acceso”. Yo quiero ayudar a contar esa parte.