Agroquímicos, una bomba invisible

América Latina tiene un promedio de aplicación de 106, 9 kg de productos agroquímicos por hectárea, mientras que en Colombia se aplican 499,4 kg de fertilizantes de síntesis química por hectárea de cultivo, provocando exceso de erosión en los suelos y poca productividad.

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Por: Sebastián Aranda Toro – María Daniela Melchor Castrillón

En la mañana del 28 de agosto de 2007 los estudiantes de la escuela de la  vereda Santa Marta, del municipio de Garzón, Huila, van camino a recibir las clases a las que diariamente están acostumbrados. Sin embargo, entre teoría y quejas, once niños comenzaron a vomitar, a tener sudoración excesiva y dificultad para respirar, horas después de haber sido fumigado el cultivo de lulo cercano al colegio. En ambulancias, fueron llevados al hospital San Vicente de Paul ubicado en la zona urbana del municipio, para determinar la razón de su malestar.

Garzón está ubicado al suroriente del departamento del Huila, lo componen 90.000 habitantes, quienes pasan los días por las calles estrechas y las casas antiguas de estilo colonial de la ciudad.

Su parque central lleva como nombre ‘Simón Bolívar’, rodeado de grandes árboles que dan sombra a las bancas donde los ancianos se sientan a tomar tinto o jugo de mandarina, que les compran a las señoras que están allí desde la mañana con sus carros de bebidas y raspados.

La principal actividad económica del municipio es la agricultura, que abarca el 21,5% de la superficie municipal, es decir, ocupa 12.488 Hectáreas de producción. El café es el principal grano que se cultiva en el municipio, el cual aporta el 45% del excedente empresarial agrícola.

Aquel 28 de agosto, en el hospital, los médicos estabilizan a los pacientes recién ingresados, con lavados gástricos e hidratación, por un cuadro de intoxicación con agroquímicos, que les produjo en repetidas ocasiones convulsiones.

Simbaquive y la fiebre del lulo (Audio)

La razón del envenenamiento se presentó por el consumo de agua y alimentos contaminados con productos agroquímicos, además de la inhalación de los mismos, pues el cultivo de lulo cercano al colegio, era fumigado, en grandes cantidades, en horas de clase e inclusive en el momento en el que los alumnos estaban almorzando.

Según el decreto 1843 de 1991, la ubicación de las pistas para aplicación aérea, zonas de tanqueo y cultivos deben estar a una distancia mínima de cien metros y máxima de mil, respecto a centros poblados, edificaciones y cursos de agua.

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Manos desamparadas

El campesinado colombiano ha cultivado bajo la lógica de la cultura tradicional, es decir, actividades agrícolas que dependen de la variabilidad del clima y los conocimientos heredados de generación en generación. Sin embargo, el aumento en las plagas y la migración de otras, a causa del cambio climático, y el hecho de competir con los grandes agricultores, los ha obligado a optar por una cultura de agroquímicos, la cual llega a Colombia en 1962 con la importación de ingredientes activos al país, posicionándose con el transcurso del siglo XX.

Corpoagrocentro es una entidad pública sin ánimo de lucro que articula programas agropecuarios con el objetivo de gestionar recursos y proyectos que le brinden asistencia técnica, formación socioempresarial y capacitación ambiental, en todo lo que se refiere a las buenas prácticas agrícolas, al pequeño agricultor, específicamente.

Según Gustavo Morera, director de la entidad, se realizan mensualmente capacitaciones y talleres obligatorios, además de visitar los cultivos de los campesinos para determinar las condiciones en las que se encuentran las siembras, el almacenamiento de los productos, el estado del equipo de aplicación y así obtener un diagnóstico del cultivo y dar, finalmente, las recomendaciones al campesino.

Gustavo Morera – CorpoAgrocentro (Audio)

Sin embargo, según testimonios de agricultores, Corpoagrocentro no cumple con su función, como lo afirma María Amanda Alarcón, líder campesina y cultivadora de mora y tomate. Ella manifiesta que la entidad no se presenta desde finales del 2014 y que por lo general hacen dichas visitas en época electoral, ofreciendo dinero y elementos de trabajo, como cuartos fríos o productos para el mejoramiento de la producción.

Campesina líder Suaza (Audio)

A pesar que los talleres y capacitaciones se han dictado, pero de manera intermitente, los campesinos no cuentan con recursos económicos para poner en práctica las recomendaciones que allí se hacen, pues como manifiesta Víctor Antonio Gómez, agricultor, “los campesinos trabajamos casi a pérdida y el Estado considera más importante importar que invertir en el campo”.

Para mantener un buen cultivo de una hectárea se necesita, aproximadamente, un millón de pesos, como es el caso de María Amanda, quien por falta de dinero se ve obligada a utilizar jabón de coco y ají como fungicidas para sus tomates.

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Suelos y aguas enfermas

La falta de asistencia técnica, que tiene que ser ofrecida a los agricultores para el cumplimiento de las buenas prácticas agrícolas según el artículo 3 del Código Internacional de Conducta para la Distribución y Utilización de Plaguicidas realizado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, FAO, ha provocado un abuso en la aplicación de los agroquímicos, lo que se traduce en daños ambientales, tanto en fuentes hídricas como en el suelo y el aire, y daños a la salud en consumidores y campesinos, principales afectados por las consecuencias de estos productos.

Jorge Augusto Bravo – Aplicación y Abuso (Audio)

Inicialmente, al aplicar cualquier tipo de agroquímicos, se va a ver afectado el suelo, tanto en su composición química como física, aumentando niveles de nitrógeno, potasio y carbono, que pueden llegar a provocar un desplazamiento o mortandad de cualquier tipo de organismos que vivan en el suelo (edafofauna), siendo muchos de estos benéficos para los cultivos, ya que se convierten en humus o abono tras haber realizado un proceso biológico.

Por esto se recomienda el uso de productos orgánicos, pues estos son selectivos con dichos organismos, mientras que los productos químicos matan a los insectos, tanto los que son benéficos como los que no. Desafortunadamente, los agricultores no hacen uso de estos productos por desconocimiento de los beneficios que tienen de los mismos.

A pesar de que el uso de agroquímicos vuelve al suelo más fértil, no es permanente, pues, según el ingeniero ambiental, Jorge Molina, las escorrentías (aguas que caen y corren sobre una superficie) y el nivel freático (nivel superior del agua subterránea) desplazan los productos aplicados a cuencas, como el río Magdalena en el caso del Huila, a aguas subterráneas y a pequeños riachuelos que ayudan a suplir las necesidades hídricas de las veredas.

Estos últimos se contaminan, porque en las fincas de cultivos se utilizan las rondas hídricas o riachuelos y los canales de riego para preparar las ‘bombas’ o mezclas que serán aplicadas y, a su vez, dejan los envases, principales contaminantes, a las orillas de los riachuelos y canales, produciendo la contaminación de los acueductos veredales.

En la actualidad, en el corregimiento de Majo, en Garzón, ubicado en la parte baja del batallón Cacique Pigüanza, se fumiga tomate, tabaco y otros cultivos que se trabajan con canales de riego, provocando la contaminación de la quebrada La Majo, la cual pasa por el costado izquierdo de la vereda San Gerardo y al lado derecho de la vereda Santa Marta, por las estribaciones del páramo de Miraflores.

También, en el año 2013, se encontraron residuos del pesticida Trifloxistrobina en fuentes hídricas por el abuso de agroquímicos en cultivos frutales de Palestina, Timaná y Pitalito, gracias a una investigación que se realizó en conjunto con estudiantes y profesores de la Universidad Surcolombiana, la Universidad de Orebro de Suecia y el Centro de Investigación de Ciencias y Recursos GeoAgroAmbientales (Cenigaa).

La problemática de los envases se presenta, de igual motivo, por la ausencia de entidades que tomen cartas en el asunto. Como lo manifiestan los agricultores, organizaciones como Campo Limpio, que se dedican a la recolección mensual de envases para deshacerse de ellos, no realizan dicha labor, pues muchos de ellos apilan gran cantidad de envases esperando a que funcionarios de este tipo de organizaciones vayan por ellos, arriesgando a que los residuos que quedan en los envases afecten la salud, no solo de quienes aplican el producto, sino de sus familias.

Lista de reproducción: campesino y envases, empresario y envases,ingeniero agrónomo y envases.

Por esto es que los productores no tienen más opción que tirar los envases a las fuentes hídricas o enterrarlos y realizar quemas que contaminan el aire, produciendo enfermedades respiratorias e intoxicaciones.

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Muerte en el aire

El abuso de agroquímicos, no solo afecta a la fauna que habita en el suelo, también a animales, como pájaros, y polinizadores, como las abejas, sufren las consecuencias del envenenamiento del aire.

En mayo de 2012 en el sector de Sartenejo, de Garzón, por la excesiva aplicación de productos agroquímicos en un cultivo de arroz, se produjo la muerte masiva de pájaros silvestres, ya que su alimento se contaminó con el plaguicida utilizado.

También se registró en el municipio de Suaza la muerte y el desplazamiento de las abejas Silocopa por el uso excesivo de Friv Onil del laboratorio Bayern CropScience, las cuales ayudaban a polinizar los cultivos de pasifloras. Estas al llegar a la colmena, impregnadas con el veneno, contaminaron y mataron al resto de abejas.

Pedro Morales, muerte de abejas (Audio)

Por la ausencia de las abejas Silocopa, los agricultores se vieron obligados a polinizar manualmente, comprando los árboles en los que se alojaban las abejas para así lograr atraerlas, actividad que aumenta los costos de producción.

Otra consecuencia del mal manejo de este tipo de productos, es cuando las plagas o los hongos, que enferman a las plantaciones, crean resistencia por el aumento excesivo en las dosis de los agroquímicos, lo que produce un suelo inadecuado para la siembra, pues no se pueden controlar las plagas que allí se presentan.

Esto se traduce en la migración de cultivos a tierras que, en ocasiones, no son aptas para la siembra de determinados cultivos, ocasionando el daño de más porciones de tierra y así  creando un círculo vicioso.

Cuerpos intoxicados

Una razón más para evidenciar la falta de asistencia técnica por parte de las entidades estatales, es la poca importancia que le da el pequeño agricultor a las medidas de protección que se deben tomar en el momento de la aplicación y la escasez de programas para la prevención de intoxicaciones.

Como está reglamentado en el artículo 181, parágrafo 4, del decreto 1843 de 1991, es necesario evitar el ingreso al área de trabajo sin el Equipo de Protección Personal (EPP), que impida el contacto o la inhalación de los productos.

Como propone el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentario (Senasa) de Argentina, en su Manual para la Aplicación de Fitosanitarios, los aplicadores deben estar dotados de un pantalón fabricado con material impermeable o con un overol, piezas que le brinden protección a la cabeza, gafas para evitar salpicaduras, máscaras que protejan la nariz y la boca, guantes y botas.

Sin embargo, en los cultivos de Garzón, Pitalito, Neiva, Campoalegre y San Agustín, se suele encontrar a campesinos aplicando los agroquímicos con ropa que no cumple ninguna de las funciones de protección, un trapo en el rostro que hace las veces de máscara, sin guantes y sin gafas que protejan sus ojos, además fumigan caminando hacia adelante, pasando entre la nube de veneno que deja el producto o revuelven las mezclas con la mano, como es el caso de los cultivadores de granadilla, quienes al siguiente día tiene problemas respiratorios.

A diferencia del gran agricultor que tiene la capacidad de comprar Equipo de Protección Personal (EPP) para sus aplicadores, el pequeño productor, que depende de los recursos que le brinda el Estado, no tiene la capacidad económica para comprar un kit completo de protección, cuyo precio está entre los 168 mil y los 200 mil pesos.

Tras haber realizado la aplicación, el agricultor debe asearse y lavar bien el cabello, las axilas y la zona genital, antes de comer, beber o fumar, pero; en el caso del Huila, los campesinos se tocan los ojos, fuman o comen, no solo después de la fumigación, sino durante la misma.

Los agricultores, al exponerse permanentemente a los agroquímicos y al no tener en cuenta las medidas de seguridad, pueden llegar a sufrir una intoxicación crónica, que trae consigo problemas intestinales, renales y hepáticos, razón por la cual en la E.S.E, Manuel Castro Tovar de Pitalito, se atiende gran cantidad de cultivadores de lulo con problemas de infección urinaria y, en el caso de los hombres, de próstata asociado con impotencia.

Igualmente, no tienen en cuenta los efectos a largo plazo de la intoxicación, pues en el organismo de los agricultores, a pesar de que los síntomas hayan desaparecido, quedan residuos o trazas de metales pesados o de tizonato de oxígeno, que posteriormente pueden generar cáncer, problemas pulmonares o intestinales.

Existen programas de prevención para la intoxicación creados por la Federación Colombiana de Cafeteros, por fruticultores y horticultores que hacen mediciones de acetilcolinesterasa cada tres o seis meses.

Sin embargo, estos programas solo se ven en el ámbito privado, la existencia de programas en la salud pública y los hospitales de baja complejidad son muy pocos y a nivel departamental, solo se llega a realizar un seguimiento si se trata de pacientes con intoxicación intencionada, creando las Redes de Atención Integral para Suicidas.

El fácil acceso a los agroquímicos en las tiendas del Huila ha incidido de manera determinante en este último aspecto, pues no se pide la fórmula de un ingeniero agrónomo al momento de querer adquirir uno de estos productos, a diferencia de Argentina, Brasil y Estados Unidos.

A pesar de que los programas de intoxicación por agroquímicos estén en el Plan Decenal de Salud, específicamente, en la dimensión de salud ambiental y en la de salud laboral, las Secretarías de Salud departamentales dan prioridad a otros aspectos como son  vacunación, salud sexual y reproductiva, estilos de vida saludable, entre otros, puesto que los recursos económicos son finitos y deben invertirse en los casos de salud pública que tienen mayor porcentaje en el Sistema de Vigilancia en Salud Pública, Sivigila, al que todas las instituciones de salud deben, por obligación, informar semanalmente de los casos más frecuentes de salud pública.

Buscando un suelo fértil, la tierra ha sido herida desde sus profundidades, provocando cicatrices imborrables que son visibles en los caminos del departamento huilense. Un campesinado cada vez más enfermo y abandonado y generaciones de hombres menos conscientes del daño de la explotación desmedida de la tierra y la necesidad de actuar por un mundo sostenible.