Por: Fabio López de la Roche* /Razón Pública

El Presidente Santos en entrevista con el Director de Caracol Noticias.

Los medios sí han medido su lenguaje

Entrevistado hace unos días por Claudia Gurisatti, el presidente Santos llamó la atención sobre la necesidad de “des-escalar”, no solo las acciones militares, sino el lenguaje para designar al enemigo.

En medio de la polarización alrededor del proceso de paz, conviene abrir y profundizar el debate -no apenas acerca del desarme del lenguaje- sino también acerca del sistema de medios de comunicación y del régimen comunicacional que hoy imperan en Colombia.

Un contexto de conflicto armado no construye precisamente atmósferas proclives a tratar de modo ecuánime a los actores y asuntos principales que involucra la confrontación. Mucho menos en las condiciones colombianas, con un conflicto armado tan extendido, complejo y degradado.

Tuvimos momentos recientes cuando en virtud de la abundancia de masacres y de hechos de terror que afectaron a decenas de víctimas -en muchas salas de redacción se adoptó como criterio informal que una masacre era noticia solamente si conllevaba más de tres muertos-. Por esos mismos días, miles de colombianos dejaron de ver noticieros, como una medida comprensible de salud mental, pues no soportaban la cuota diaria de sangre y muerte en las pantallas.

El periodismo tuvo que hacer serias reflexiones sobre su desempeño en el terreno, y por un tiempo los informativos decidieron emitir la información sobre hechos violentos en blanco y negro, dejando además de hacer paneos de filas de cadáveres de guerrilleros que se mostraban como botín de guerra.

Régimen comunicacional para la guerra

Efectivos del Ejército Nacional.
Efectivos del Ejército Nacional. Foto: Globovisión

Toda confrontación bélica promueve la propaganda como género y como herramienta preferencial de comunicación de los bandos en conflicto.

Los actores militares, tanto los oficiales como los ilegales, tienden a favorecer modalidades instrumentales y propagandísticas de la comunicación, concebida no como un intercambio recíproco de mensajes y significaciones donde cada quien aprende, compara, concede y obtiene un conocimiento nuevo, sino como un modo unidireccional y vertical de persuasión del otro alrededor de un mensaje, un sentimiento o una idea.

En estos contextos de confrontación militar y degradación del conflicto, los periodistas y los medios de comunicación hegemónicos acaban tomando partido, con muy  pocas excepciones, a favor de las tesis y los discursos de los actores estatales.

Las Fuerzas Militares, presas de su visión instrumental de la guerra, acaban por dar prioridad a la propaganda y a las lógicas de persuasión de los guerrilleros o de las poblaciones mediante “operaciones psicológicas”. Y por su parte la comunicación institucional del Estado y la del sistema de medios públicos y privados han acabado estando atravesadas por las lógicas instrumentales de persuadir a la población a favor del Estado.

A lo largo de gobiernos tanto liberales como conservadores, la antigua Comisión Nacional de Televisión (CNTV), como la más reciente Autoridad Nacional de Televisión (ANTV), así como varios medios públicos y privados, han promovido las propagandas institucionales de los militares como héroes.

Aunque los colombianos deben valorar con justeza el esfuerzo de los oficiales y de los miles de militares rasos que juegan diariamente un papel clave en el cuidado de la infraestructura y en la seguridad de las vías, ese régimen comunicativo de los héroes imperante en Colombia que funciona como una especie de respaldo simbólico de la acción contrainsurgente, resulta problemático, en la medida en que desfavorece los procesos de fiscalización ciudadana y de la justicia frente a graves abusos y delitos cometidos por miembros de la Fuerza Pública, como los “falsos positivos” y las alianzas indebidas con grupos paramilitares o de delincuencia común.

Ese régimen propagandístico tendrá seguramente que ser replanteado una vez que el acuerdo con las FARC haga innecesaria esa propaganda de los héroes y se reduzcan los delitos cometidos por miembros de la Fuerza Pública derivados de la degradación de la guerra.

Las comunicaciones de las FARC

La guerrilla, por su parte, ha tenido una enorme dificultad para superar su visión instrumental de la comunicación y descubrir la opinión pública. Durante los años del Caguán, en conversaciones informales con periodistas y académicos, algunos de los comandantes de las FARC expresaban que “la comunicación era la única guerra que no habían podido ganar”.

Es obvio que para incorporarse a la vida civil y para poder ganarse un lugar en la vida política y social después del acuerdo, los miembros de las FARC y la organización política que resulte de su proceso de paz tendrán que replantear esa concepción instrumental de la comunicación a favor de una multidireccional que les permita comprender la complejidad de la sociedad colombiana y la de sus habitantes y zonas urbanas.

De Uribe a Santos

En Colombia hemos tenido períodos de intensa confrontación armada y ciclos importantes de diálogo y búsqueda de soluciones negociadas a la guerra:

  • Durante las fases de auge de la confrontación, el lenguaje de los presidentes y el de los medios masivos se endurece y tiende a convertir al enemigo político-militar en un monstruo inaceptable con el cual no hay nada que negociar.
  • Durante las conversaciones o procesos de paz, el enemigo tiende a verse como menos monstruoso, y se produce una cierta humanización del mismo.

El gobierno de Uribe fue especialmente consciente del valor del uso instrumental del lenguaje para alinear ideológica y afectivamente a la población, con su política de contención militar de las FARC. Ese gobierno adoptó una política lingüística explícita y  sistemática al prohibir el uso de la expresión “conflicto armado” en los documentos y discursos oficiales e instalar en su lugar  la noción de “amenaza terrorista”. Fue un intento decidido de transformar los significados a través de operaciones lingüísticas, donde la realidad era redefinida y subordinada a las necesidades de la ideología.

El presidente Santos reconoció la existencia del conflicto armado, y ahora hace un llamado a des-escalar el lenguaje para referirse al enemigo.

Algunos columnistas han protestado de manera vehemente frente a lo que consideran una intervención indebida del mandatario en el fuero de los periodistas, e incluso han sugerido que Santos estaría pidiendo que los delitos y abusos de las FARC se nombren de una manera más indulgente.

Pero el presidente en efecto está haciendo  una sugerencia plenamente pertinente para el momento que vive el proceso de La Habana. Por el contrario, el presidente Uribe sí intentó alinear ideológicamente al periodismo alrededor de un Manual de Estilo oficialista y tendencioso que hizo llegar a las redacciones de distintos medios de comunicación.

¿Dejación o entrega?, ¿desmovilización o reincorporación?

El replanteamiento y renovación del lenguaje se hacen necesarios también entre los grandes medios masivos de comunicación, para disminuir el odio de la sociedad hacia las FARC.

La incorporación de un grupo armado a la vida civil es un proceso largo que no culmina sino que apenas empieza con la “dejación de armas”, otro término que ha suscitado molestias entre los opositores al proceso de paz, particularmente entre los militares en retiro, quienes preferirían que se usara “entrega de armas” en vez de “dejación de armas”, y “desmovilización” en lugar de “reincorporación a la vida civil”.

La expresión “dejación de armas” se utilizó durante los procesos de paz con el M-19, el EPL, el PRT, el “Quintín Lame” y la Corriente de Renovación Socialista (CRS), con el propósito de construir una relación respetuosa con los dirigentes y los miembros de las organizaciones armadas que se reincorporan a la civilidad mediante un proceso de negociación y no de una entrega incondicional, resultante de una derrota militar.

En estos casos –y en todas partes del mundo– las armas no se entregan al enemigo, sino a alguna organización internacional,  o se funden para hacer una escultura que simbolice la paz. En estos procesos, el lenguaje es por lo tanto fundamental en su dimensión de respeto al otro. Y hay que respetar a ese interlocutor guerrillero que está tomando una decisión difícil y costosa en términos personales y  en términos de grupo (la desintegración de la organización armada y su conversión en algo nuevo, desconocido e incierto), que además tiene unos márgenes de incertidumbre enormes.

Cambiar el lenguaje para abrir las mentes

El Presidente Santos y la Cúpula Militar en el Desfile Militar el pasado 20 de julio.
El Presidente Santos y la Cúpula Militar en el Desfile Militar el pasado 20 de julio.
Foto: Presidencia de la República

La sociedad colombiana, sus medios de comunicación, sus instituciones, sus grupos dirigentes, sus líderes políticos, gremiales y empresariales, los jefes guerrilleros y los combatientes rasos de la insurgencia incorporados a la vida civil, el ciudadano del común y las universidades van a tener que abrir sus mentes y hacer serios replanteamientos para dar cabida a nuevas ideas.

Necesitamos mecanismos imaginativos para ejercer la tan difícil justicia transicional y para la no menos difícil construcción social, periodística y mediática de la verdad y la reparación a las víctimas, para crear espacios y actitudes de reconciliación, para que sean visibles todos los victimarios – no solamente las FARC-.

Requerimos que se creen agendas públicas para el post-acuerdo que vayan más allá de una paz negativa (la mera supresión de la guerrilla como un factor del conflicto armado) y que permitan proyectar un país con desarrollo y justicia social, con menos desequilibrios regionales y con una sociedad más pluralista, más tolerante y más consciente de sus deberes y derechos ciudadanos.

 

* Historiador, analista de medios, Ph.D en Literatura y Estudios Culturales de la Universidad de Pittsburgh (Pennsylvania), director del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (IEPRI) de la Universidad Nacional, autor del libro Las ficciones del poder. Patriotismo, medios de comunicación y reorientación afectiva de los colombianos bajo Uribe Vélez (2002-2010).